domingo, 1 de diciembre de 2013

Rincones de una isla

El sonido de las olas al mecerse, acariciando levemente el muro del muelle, el rumor de los llaudes amarrados, acunados por las olas, y el tintineo de los cabos atados a los mástiles, que vibraban con la brisa que la noche traía desde la bocana del puerto, eran silenciados por los acordes de la guitarra de Curro "Manitas de Plata" y la voz de Biel.

Juan estaba sentado en la terraza del Es Cau, con una copa de ron y cocacola en la mano, murmurando sus labios la letra de la habanera, moviendo la cabeza levemente al ritmo de la música. Tenía los dedos mojados del agua que se condensaba en el cristal del vaso y la mirada perdida en las manos de Curro, los ojos brillantes, absorto, transportado a otro tiempo por la letra de la Balada d'en Lucas. 

Mamen lo observaba desde la mesa de al lado. Le había llamado la atención aquel hombre solitario que sonreía sugestionado por la música. No parecía un turista, pero tampoco del lugar. Estaba moreno, llevaba el pelo largo y barba de 4 días. Vestía pantalón corto, camiseta de algodón y abarcas marrones. Se había dirigido a Bruno en catalán, cuando le pidió la copa. Le miraba divertida. ¡Parecía disfrutar tanto con la música! Tan concentrado que parecía ausente.


Ja no em queda ni sa vela
de sa barca marinera
ni sa cala que era es meu món. 




Terminó la canción. Juan dio un sorbo mientras sonaban tímidos aplausos. Mamen no pudo reprimir el impulso. Sin pensar en lo que hacía,  agarró el gintonic que tenía sobre la mesa, echó atrás la silla de un salto, y salvó los cuatro pasos que la separaban de él.

-Hola-, sonrió. -¿Estás solo? ¿Te importa que me siente contigo?

Juan levantó la vista y se dio de bruces con unos ojos abiertos de par en par, enormes y marrones, enmarcados en un pelo moreno, corto por los hombros. Llevaba un top blanco, de encaje. La mesa no le permitió ver  más que la cintura de la falda larga con volantes, de algodón blanco transparente, pero sí un ombligo dorado por el sol, que las cuñas de las sandalias situaban a la altura de sus ojos.

La observó un momento que a Mamen se le hizo eterno. Si consiguió contener su azoro fue porque, tras esa mirada penetrante que Juan le clavó, se dibujó una sonrisa inmensa y amable que le iluminó cara. Juan se puso en pie, con gesto caballeroso le tendió la mano. 

-Por supuesto. Me llamo Juan. ¿Y tú?

-Mamen.- Se le entrecortó la voz. Toda la seguridad que había tenido en el momento del impulso se fue por los suelos y el rubor afloró en sus mejillas. Juan se dio cuenta.

-Siéntate, por favor. Me alegro de que te hayas acercado. Es mejor disfrutar de este lugar en compañía. ¿Habías estado antes?

-Sí, muchas veces. Yo nací aquí, en Menorca. Ahora vivo en Barcelona, pero mis padres viven aquí y he venido a pasar unos días con ellos. Me he pasado muchas noches en este bar cuando era más joven. Es fantástico, mágico y divertido. ¿Y tú?

-Yo estoy enamorado.- Dijo Juan, dándose un aire de misterio. Hizo una pausa.

-Durante algunos años veraneé en la isla. Hacía mucho que no volvía. He aprovechado unos días que tenía libres. Estoy enamorado de Menorca, y este lugar me fascina. 

-¿Estás enamorado de la isla?- dijo Mamen con tono socarrón, recuperando el control de sí misma.

-Pues sí. De la isla y de sus rincones.

-¿Cuántos rincones conoces?

-Bueno, algunos. Pero seguramente me falten muchos por descubrir. Quizás los más interesantes… 

-Quizás yo pueda enseñarte algunos…

-No lo dudo.

La risa se apoderó de ambos tras el lance de coqueteo dialéctico, y se relajaron.

-¿Dónde vives?- preguntó ella.

-En Madrid.

-¿Y un madrileño habla catalán? Me pareció que te dirigías a Bruno en catalán y que tarareabas una canción…

-Es una larga historia.

-No tengo prisa.- Apostilló con un guiño.

Los hielos se habían derretido en las copas. Bruno y Biel se colocaron delante de las mesas mientras Curro rompía de nuevo el murmullo de la terraza con los acordes, ahora con ritmo, de Lola la tavernera. Padre e hijo cantaban bailando al son de la guitarra, brazos en jarras, mirándose divertidos, escenificando la letra de la canción.

I la bella Lola llença el davantal,
mans a la cintura, balla amb soltura pel seu amant.

Y Bruno se deshacía del mandil con una muy ensayada y lograda media verónica, lanzándolo a su derecha.

A Juan le brillaban los ojos.

-Me encantan estos dos. Son geniales. 

Mamen le miraba interesada y divertida.

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Despertó sobre la toalla. El sol de media tarde le bañaba el cuerpo. Giró la cabeza y vio a Juan sentado bajo la sombrilla con un libro en las manos. A ratos leía. A ratos levantaba la vista hacia el mar. 

Se sentía viva. De nuevo esa sensación. Algo no previsto estaba ocurriendo y era agradable, curioso, interesante y divertido. Recogió a Juan por la mañana. Se alojaba en un apart-hotel en Binibeca. La noche anterior se levantaron de la terraza de Es Cau cuando estaban ya recogiendo las mesas. Se ofreció a llevarle al hotel, segura de que le invitaría a pasar. Le atraía mucho ese hombre y fue sintiéndose invadida por el deseo, según hablaban y reían y cantaban. Su intuición le decía que era recíproco. Por eso se sintió desconcertada cuando, al despedirse, tras fijar los ojos en los suyos, acercó su cara y fintó el gesto en el último instante, para besarla en la mejilla. Desconcertada, sí. Y sorprendida también. No pudo disimular una mirada de desencanto que Juan desarmó con una sonrisa.

-Me parece estupenda tu propuesta, Mamen. Recógeme mañana y me enseñas los rincones de tu isla. ¿A las diez está bien?

-¿Será jilipollas?- Pensó Mamen. -¡No eran esos los rincones que quería yo enseñarle!

-A las diez está bien. Sí, es buena hora. Así nos dará tiempo a ver más cosas- respondió tratando de ocultar su contrariedad, sin estar muy segura de haberlo logrado.

-Hasta mañana entonces. Me lo he pasado muy bien. Muchas gracias por traerme. Que descanses.

-Hasta mañana. Buenas noches.


Los días anteriores había soplado tramontana. Aquella mañana el viento roló a llebeig. Se dirigieron primero a Son Bou, en el sur, la playa preferida de Mamen. Demasiadas olas, demasiado viento. Dieron un paseo y volvieron al coche. Cruzaron la isla hacia el noreste, buscando Cala Presili. Con la humedad espesando el aire y un cielo radiante reflejado sobre un mar azul, la recta final en el camino hacia Favaritx, desierta, tenía un aura casi fantasmagorica...

Mamen se puso en pie. Gotitas de sudor se condensaban como rocío en su piel morena. 

-Me voy al agua. ¿Te vienes?

Juan levantó la vista del libro y giró la cabeza hacia ella. 

-¡Buena idea!

Mamen echó a trotar hacia el agua y Juan la miró alejarse. Le gustó el contoneo de sus caderas menudas bajo el bikini negro. Dejó el libro a un lado, se puso en pie y la siguió. 

La luz dibujaba caracoles de plata en el agua del mar. Juan observaba la espalda de la mujer que se adentraba en el agua delante de él. 

-Alfonsina- pensó, recordando la canción. Y llegó a la orilla siguiendo sus pasos.

Ella se paró a esperarle cuando el agua le llegó por el ombligo, más allá de la rompiente, en aquella playa poco profunda de olas menudas. La alcanzó mientras Mamen se giraba. Se quedaron quietos mirándose con sorna y, como si estuviera ensayado, comenzaron a salpicarse entre risas. El juego terminó en un chapuzón y unas brazadas. Al hacer de nuevo pie, se miraron largo, quietos y en silencio. A pocos centímetros. Y sus labios los vencieron.


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Sentados en la terraza del Cap Roig, con el pelo revuelto y el salitre picándole bajo la ropa, Mamen hablaba por los codos. Habían recorrido con el coche los dos kilómetros que separan el restaurante de la playa antes de que el sol estuviera demasiado bajo. Encontraron sitio en una mesa al lado de una ventana que les permitía ver el sol del ocaso. Les sirvieron dos cervezas bien frías mientras estudiaban la carta. 

-¿Conocías este restaurante?- Preguntó Mamen.

-Sí. Había venido en un par de ocasiones. Este rincón no me lo descubres por primera vez.- Guiñó, socarrón, un ojo.

-Ya habrá otros rincones que podré descubrirte…

-No lo dudo,- rió Juan. -Cala Presili ha sido uno de ellos. Y no solo la cala. -Hizo una pausa mirándola divertido. -¿Cómo andas de apetito? A mí el bocadillo de este mediodía me ha sabido a poco. Estoy muerto de hambre. ¿Te gusta el arroz? Podríamos pedir un arroz caldoso, si te apetece.

-Me gusta mucho el arroz. La verdad es que me gusta casi todo. 

-¿Qué es la cigarra de mar?

-Es parecida a la langosta, pero sin pinzas. Es un marisco de aquí, pero muy raro de encontrar. 

-¿Nos damos un capricho? Yo invito.

-Si invitas, no te voy a decir que no.

-Pues hecho: arroz caldoso de cigarra menorquina esa. ¿Y unos mejillones al vapor de entrada? Mientras esperamos por el arroz.

-Perfecto.

Esperaron a que les tomaran nota. Encargaron un albariño que dejaron en la cubitera mientras terminaban la cerveza. 

-¿Te gusta vivir en Barcelona?

-Sí, la verdad. Estudié allí la carrera y tengo muy buenos amigos. Es una ciudad grande, pero me he hecho a ella. Tengo una tienda de ropa y no me puedo quejar. Mi hijo es feliz en el colegio. Es pequeño aún y me ata mucho, pero trato de hacer planes y casi siempre puedo contar con alguien para que se haga cargo de él si quiero salir.

-¿Qué edad tiene?

-Cuatro años. Ahora está con su padre. No vive en Barcelona y no le ve mucho. Tenía unos días de vacaciones y los hemos aprovechado los dos.

-¿Cómo se llama?

-Joan.

-Como yo,- sonrió.

-Sí. ¿Y tú? 

-Yo, ¿qué?

-¿Tienes hijos?

-Tengo dos. Una niña de catorce y un niño de ocho. Silvia y Fernando. Viven con su madre, pero les veo mucho. Voy con frecuencia a Barcelona ¿Sabes?

-¿Por eso chapurreas el catalán?

-No. Viví allí un año. Al terminar la carrera. Me matriculé en un curso de restauración en la Facultad de Bellas Artes. Fue un año muy divertido. Me pasaron cosas curiosas. La verdad es que siempre me pasan cosas curiosas. Esto mismo. El haberte conocido, haber coincidido anoche en Es Cau. El día de hoy… No sé. Siempre he sido un poco soñador y aventurero. Quizás por eso me aburrí de mi matrimonio. O se cansó ella de mí. 

-¿Te cansas pronto de las mujeres?

-¡Nunca me canso de las mujeres! Ese puede ser quizás el problema.- Y dejó que la sonrisa le llenara la cara. -¿Cómo fue lo tuyo con tu marido?

-Andrés no llegó a ser nunca mi marido. Nos conocimos en un bar de copas. El era de Sevilla y estaba pasando unos días en Barcelona en casa de unos amigos suyos. Salimos dos o tres veces. Nos acostamos. Me quedé embarazada sin pretenderlo. Nuestra relación duró poco más de una semana y se volvió a Sevilla. Digamos que fue un rollo de verano. Cuando supe que estaba embarazada, él ya había regresado a su casa. Dudé mucho si decírselo o no. Al fin de cuentas, no era una situación pretendida por ninguno de los dos. Yo no lo buscaba, pero una vez que ocurrió sentí una tremenda ilusión. Quería tener ese hijo. Pero eso era mi decisión, no la suya. Y no estaba del todo segura que fuera justo cargarle con esa responsabilidad que él no había buscado. Yo tampoco, pero la asumía. Por otra parte, quizás también tuviera derecho a saberlo y, voluntariamente, a decidir si él la quería asumir. Yo no necesitaba dinero, ni un padre, ni pareja. Al menos no un hombre al que apenas conocía. Al final se lo dije. Le dije que no tenía que sentirse comprometido si no quería y que no le iba a pedir nada.

-¿Cómo se lo tomó?

-Como un señor. La verdad. Para él fue un problema. Estaba recién casado y esto le costó el matrimonio. No puso en duda mi palabra -yo podría ser una loca que quisiera aprovechar la situación y él podría pensar que el hijo podría ser de cualquier otro-. Se ofreció a reconocer a su hijo. Me llamaba con frecuencia durante el embarazo para interesarse, y se vino a Barcelona cuando el parto. No me sentí sola. Después, me ha ayudado con los gastos del niño, que pagamos a medias, y viene a ver a Joan siempre que puede. No hay una rutina pactada. 

El camarero les interrumpió con la fuente de mejillones. Se sirvieron una copa de vino. El sol ya se había puesto y un halo naranja oscuro teñía la línea del horizonte. La incipiente luna creciente brillaba agrandada, cercana ya a esconderse, y el cielo se había salpicado de estrellas.

-Has sido afortunada, entonces. Lo mío es más prosaico. Unos cuantos años de matrimonio que terminaron siento rutina y problemas y hastío. Una mujer de la que me enamoré. Una doble vida. Ella lo descubrió y fin de la historia. 

-¿Y la otra mujer?

-También, fin de la historia.

-¿Y eso? ¿No estabais enamorados?

-Lo estábamos, sí. Mucho. Fue una relación muy pasional. Pero al final, se quedó ahí. Supongo que parte de la gracia la tenía la emoción de lo prohibido; de la aventura.

-¿Y ahora? ¿Estás solo?

-Sí. Y le he cogido el gusto.- Sonrió de nuevo.

-¿Qué te impulsó a besarme?- Preguntó Mamen.

-Me gustas. Te vi entrar al mar. Tu manera de caminar. Tu espontaneidad. No lo sé.

Hubo un silencio. Ninguno se había percatado de que el comedor se había ido llenando de gente. Mamen le miraba ahora, serena, a los ojos.

-No te enamores, Juan. No estoy preparada para tener una historia con nadie. Tengo mi vida hecha y no me siento con ganas de complicarla.

-No tengas cuidado, Mamen. Han sido tus caderas las que han atraído a mis labios. No el corazón. Y tú tampoco lo hagas,- guiñó un ojo. -No quiero vivir en el AVE.- Y sonrió, levantando la copa de vino.

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La pantalla luminosa de la sala de embarque anunciaba que el vuelo iba retrasado sin hora prevista de salida. La huelga de controladores había sido convocada en los días de más desplazamientos del verano. Juan, resignado, tenía una novela abierta entre las manos. Había descubierto a su autor en el escaparate de una librería, donde anunciaban la última obra por la que había recibido el premio de Novela Negra de la editorial RBA: Philp Kerr. Le despertó la curiosidad, al recordar haber escuchado unos días antes hablar de ese libro (“Si los muertos no resucitan”) en un programa radiofónico de esos que recomiendan lecturas. Le entretuvo y, para esos días de vacaciones, se hizo con otro de los títulos de la saga Berlín Noir. Algo ligero y ameno que no obligara a pensar.

Pero no era capaz de centrar su atención. La mirada se le perdía más allá de las páginas y su mente estaba entre las sábanas donde él y Mamen se habían amado la noche anterior. Regresaron pronto al hotel. La conversación fue cambiando el tono, llevada por el deseo. Cuando salieron del restaurante se besaron a cada paso que dieron hasta llegar al coche. Casi se arrancaron la ropa mientras Juan cerraba la puerta de la habitación empujándola con el pie. La piel les sabía a sal. Ella se dejó caer sobre el lado de la cama, sin retirar ni la colcha. Él descubrió con los labios el resto de los rincones que se habían prometido, incluyendo la filigrana que tenía tatuada sobre el pubis, colocada a la justa altura donde el bañador la podía ocultar. Mamen se giró y disfrutó al sentirle empotrado en su espalda, agarrado fuertemente a su cadera, no con violencia pero sí con urgencia, casi desesperadamente. Juan seguía aún escuchando sus ayes, y retenía la imagen de la cara de ella, desencajada de placer, apoyada de lado sobre la almohada, girada a la derecha, con la boca entreabierta y la saliva resbalando por la comisura. Hicieron el amor toda la noche. La luz del sol les despertó tarde, abrazados, las sábanas revueltas, sus cuerpos húmedos. Y así, como les encontró el día, se amaron una última vez. Sin prisa.



Se despidieron después de un breve almuerzo que hizo las veces de desayuno. Juan le agradeció que se ofreciera, pero no quiso que le llevara hasta el aeropuerto. No quería alargar el adiós. Bajó del taxi, pasó el control de seguridad y se sentó a esperar, armándose de paciencia por el retraso. Y así, ensimismado como estaba en sus ensoñaciones en la sala de embarque, sintió una presencia y una voz que le susurraba al oído: 


-Me moría de ganas, amigo, de verte otra vez.




martes, 12 de noviembre de 2013

El regalo


Hoy me han hecho un regalo. 

Los regalos tienen de algo mágico, más si se reciben por sorpresa. Cuando he llegado a casa esta tarde, me esperaba un paquete enorme en la portería. Tardé en abrirlo, porque llegaba justo a recoger a mis hijas al colegio. Quedó encima de la mesa del comedor. 

Era un sobre verde, de esos que venden en correos, que por dentro van acolchados con papel burbuja. Estaba lleno de cosas. 

Había una novela. Un libro que recomendaba Ana Vico en Old Viernes, y cuya reseña compartí hace unas semanas en mi muro. Es un libro muy especial porque ya ha sido leído, y eso le da vida. Lleva en sus hojas el roce de los dedos que las pasaron y, en la tinta, la sombra de los ojos que recorrieron las letras. Los libros ya leídos suelen guardar sorpresas entre sus páginas. Como aquel ticket de compra que encontré este verano entre las de uno que cogí de la biblioteca. Este también tiene un regalo: una tarjetita, amarilleada por el tiempo, con el dibujo de tres osos de peluche. Por en reverso lleva escritos dieciocho adjetivos que perfectamente podrían describir al autor del regalo. Me ha dado por leer la página marcada por la tarjeta y no he podido reprimir la sonrisa. Si ha sido intencionado, doble risa y cien por cien de acuerdo con el primer adjetivo. Si ha sido casual, es que existe una fuerza misteriosa oculta en esa tarjeta: la fuerza de la magia del regalo.

Venían también dos banderines negros con un par de tibias y una calavera. Uno va destinado a presidir la mesa de mi despacho. Quedará gracioso. Javier tiene en la suya un banderín con la de España. Yo tendré la del "Pirata Cojo”.

Además, contenía una bolsa de papel precintada. Como esos paquetes que, tras quitar el envoltorio, tienen otro papel debajo envolviéndolo, y otro, y otro, y otro… La bolsa tiene un sugerente rótulo: “Sweet pharm dulce terapia”.  Dentro de ella, un paquete de acetato transparente, atado con una cinta roja rematada con forma de flor, que terminó sujentando el pelo de Jimena (esta niña termina llevándose todo a la cabeza). El paquete contiene tres frascos de “pastillas” (caramelos), para los días sin sonrisas. Cada frasco viene etiquetado de diferente manera. El de Conguitos, “No es mágico, pero te dará poderes”. El de gominolas, “Indicado para no llevar la vida muy en serio”. Y el de Lacasitos, “Para cuando quieres ser invisible”. Las etiquetas, además advierten sobre las normas de consumo: “Dulce y alegremente”.

Mis hijas se lo han tomado al pie de la letra y, después de la cena, nos hemos reído a carcajadas con las pastillas para cuando quieres ser invisible. Arancha y Jimena se han atizado una sobredosis y han paseado invisibles por todo el salón, levantando objetos como si estuvieran embrujados y dándome sustos con ellos. Yo no tengo necesidad de hacerme invisible, pero una amiga mía sí. Y con cierta frecuencia. Se las voy a prescribir.

Un último curioso y bonito detalle venía dentro del paquete: una fotocopia de la portada del diario El Norte de Castilla, del día de mi nacimiento.

No voy a revelar la identidad del autor del regalo. No es un secreto, pero es más divertido así. Ha debido tomar una buena dosis de Conguitos, porque tiene poderes. El poder de producir una sonrisa, de hacer pasar un buen rato. Tiene el poder de hacer sentirse mejor a las personas con las que se encuentra. Es un auror. Ya conozco a más de uno. Espantan a los dementores con su sola presencia. Abren las ventanas para que se vayan los monstruos. Son mágicos. Como los regalos.

Gracias.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

La boina

Basta que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato…

Todo comenzó por la boina. Sé que no es la prenda de moda de este invierno. Ni lo fue del pasado ni, me temo, lo vaya a ser del que viene. Es una lástima, porque a mí siempre me ha parecido una prenda muy distinguida. Será porque mi abuelo Argimiro, que era un hombre muy serio, no se la quitaba ni para dormir la siesta. O será porque estoy platónicamente enamorado de Victoria Vera desde que la vi de niño en Ninette y un señor de Murcia, tocada en esa prenda tan de mujer francesita. Lo que sea. A mí me gusta mucho. Y tenía yo ilusión por tener una boina... Realmente tengo una. Es de color verde y lleva una insignia dorada que representa un machete rodeado por dos ramas de laurel. Aunque no me veo yo yendo por la calle con la boina verde calada. No soy especialmente vergonzoso, pero esto ya me parece excesivo. Tampoco sé dónde la tengo. Afortunadamente, porque capaz soy un día de enajenación de ponérmela…

Ayer me invitaron a una tertulia en el Café Gijón. Suena un poco a cultureta. Pero no. Fue una reunión muy divertida en la que conocí a unas personas maravillosas y pasamos un rato muy agradable. Para empezar, a esa tertulia hay que ir con boina. Sí. La idea parece ser que partió de Coque. Un tipo muy simpático, que vino de Alicante solo para asistir a la tertulia. Yo era la primera vez que participaba y no tenía uniforme. Coque traía una boina para mí. Todo un detalle. Regresé a mi casa muy orgulloso con la boina puesta. Es cierto que la gente me miraba por la calle, pero tampoco me importó demasiado. Manuel, el portero, que es un hombre muy discreto, me saludó con la voz queda y la educación de siempre, aunque no pudo disimular levantar los ojos hacia mi cabeza, cuando crucé el portal.

Cuando esta tarde salía de casa para llevar a mis hijas a la de su madre, me calcé la boina. Ahí empezó todo. Realmente, no tenía intención de llevarla. Solo quería hacer la gracia.

María: -“Papá, si sales así de casa, reniego de ti como hija”.

Arancha. -¿No te irás a poner eso?

Jimena me la quitó de la cabeza y, riéndose a carcajadas, se la puso ella, toda coqueta, de lado y se fue hasta el espejo para mirarse. 
-¿Qué tal me queda?

¡Ay, mi pequeña Ninette! ¿Quién dice que un hombre no puede enamorarse de más de una mujer a la vez? Yo estoy enamorado, al menos, de estas tres (sí, al menos, pero no voy a dar más detalles).

-¡Venga, papá! ¡Vamos!

-Espera que me miro en el espejo.

-Vamos, Jimena, que es tarde.

-¡Papá, que están protestando por el ascensor!

-Cógeme la mochila.

-Dame la boina, Jimena.

¡Zas! Cierro la puerta.

-¡Eh! Esperad, que voy a dejar la boina en casa. ¡Vaya! Con la coña de la boina, me he dejado dentro las llaves.

-¿Y ahora cómo vas a entrar?

-Con un plástico fuerte, o una cartulina puedo empujar el resbalón. Tranquilas, no es problema. ¿Tenéis algo así en las mochilas?

-Pues no.

-Con lo que pesan, ya podrían llevar hasta una caja de herramientas,- pensé.

-Me valen unas hojas del cuaderno dobladas.

-Pues cógelas del mío.- Jimena se había vuelto a colocar la boina mientras bajábamos en el ascensor. ¡Me encanta!

Vuelta de regreso a casa, todo bien. Por el momento. Con la boina en la cabeza (abriga bastante y está refrescando ya en Madrid). Yo estaba de un humor excelente. En parte, por mis hijas. Y en parte, porque caminaba delante de mí una mujer con un culo estupendo, que me recordaba mucho a otro más estupendo todavía, cuya propietaria no voy a desvelar. Ya lo sabrá ella si me lee. Y si no, también, porque no me canso de decírselo. Hoy mismo se lo he recordado (porque no me cree).

Así, con una sonrisa de medio lado y la chapela calada a modo de visera, me planto en la puerta del portal. En jarras. Una mujer, que estaba parada delante del escaparate de la tienda de ropa que hay en el local de al lado, me observaba de reojo con cierta desconfianza. 

-Con suerte, esta señora vive en mi portal,- pensé.

Pues no. Al poco, se da media vuelta y cruza a la otra acera. O sí, y huyó asustada. ¡Vaya usted a saber! Con boina debo impresionar mucho (que estoy impresionante, o sea). Yo, "quieto parado". Alguien vendrá pronto... 

No. 

Basta con que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato, cuando estuve parado en la calle, no venía nadie. Cinco, diez, quince minutos… ¡Por fin! Mi vecina la del perro. Bueno, realmente tiene tres. Los saca a pasear por el jardín de detrás de casa.

-Hola, buenas noches.- Sonreí y me quité la boina. Con ella en la mano, me vi a mí mismo como la estampa viva de Alfredo Landa en Los santos inocentes

Mi vecina la del perro (bueno, realmente tiene tres), debe estar acostumbrada a mis excentricidades. Ya me ha pillado en alguna otra. Aún así puso cara de entre sorna y curiosidad.

-Hola.

-Gracias. Llevaba esperando un rato porque estoy sin llaves.

Le resumí los acontecimientos (obviando lo del culo de la transeúnte, que no me pareció adecuado mencionar), y se despidió de mí deseándome suerte.

-Cualquier día esta llama a los loqueros,- pensé.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué los folios arrancados del cuaderno de Jimena, tratando de introducirlos entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Caminé hasta el coche. Esta vez, no hubo transeúnte, así que me conformé con recrearme en el recuerdo y la imaginación del otro; del que me gusta. Mucho mejor. El recuerdo, digo. Y la imaginación. Esos nunca te fallan. 

Esperaba encontrar algo más consistente que los folios de Jimena, rebuscando en la guantera. Deseché la rasqueta del hielo. Muy gorda. Eso no cabe. ¡Albricias! La tarjeta de la O.R.A. Deshice el camino y llegué al portal.

Dos mujeres hablaban en la puerta. Parece que esta vez no tendría que esperar. 

-Hola, buenas noches. ¿Vivís aquí? Es que no tengo llaves.

Me miraron con desconfianza (se me había olvidado quitarme la boina).

-Sí,- afirmaron con la voz apagada.

No me pareció que fueran a abrirme. Silencio incómodo, interrumpido cuando se enciende la luz de dentro y sale por la puerta mi vecina la del perro, que realmente tiene tres (lo he dicho ya ¿no?).

-Hola. ¿No has podido entrar?

Me quité la boina.

-No. Voy a probar con otra cosa.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué la tarjeta de la O.R.A., tratando de introducirla entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Allí estaban mis tres vecinas de tertulia a la puerta. La del perro, también (sí, que tiene tres, que ya lo has dicho, “pesao”). Me uní a la tertulia.

-Necesitaría una radiografía.

-Yo tengo una en casa. Te la bajo.

-Muchas gracias.

Cinco minutos con tres desconocidas parado de pie en la calle a la puerta del portal, y con boina, se hacen muy largos. Casi tanto como coincidir en un ascensor. 

-Pues a mí me pasó una vez y tuve que llamar al cerrajero.

-¿Has preguntado al portero?

-Y con una radiografía ¿cómo vas a abrir la puerta?

Por fin, aparece la señora con su radiografía. Un enema opaco que no pude reprimir echar un vistazo. Todo en orden (defecto de profesional).


Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Maniobré unos minutos con la placa tratando de introducirla entre el marco y la puerta.

-Hoy duermo en la escalera,- pensé. 

Finalmente conseguí hacer ceder el resbalón.

Ahora estoy sentado en el sofá, los pies encima de la mesa y el ordenador sobre las piernas. Me he atizado un par de vasos del orujo de manzana que me regaló Carlos (está buenísimo, pero da un poco de resaca). La boina en el apoyabrazos del sofá. Con un poco de suerte la pongo de moda. 

Apuro la copa y me voy a la cama. A soñar con el culo más perfecto del mundo. Y con Ninette.