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sábado, 8 de octubre de 2016

Huele a leña.

Ha caído la noche y la luz los faros del coche rasga la oscuridad dejando intuir el trazado de la carretera que se retuerce  entre montañas. Como si la noche fuese un papel de estraza que envolviera un cuadro y los faros fueran una mano invisible que rompiera una franja del papel, de arriba a abajo, dejando ver un poco del dibujo, y lo volviesen a cubrir de nuevo, para romperlo luego por otro sitio en la siguiente curva.

En los pueblos, una hilera de farolas convierte la carretera en calle durante unos centenares de metros, las casas tienen cerrados los postigos.

Bajo un par de dedos las ventanillas y, al pasar por esas calles, huele a leña.

El hielo se derrite en el vaso. Hace calor sentado cerca de la estufa. Nadie queda ya en la cantina del albergue. Salgo a la calle para sentir el relente de la noche y, al abrir la puerta, huele a leña.

Ya no queda luna a estas horas. Solo estrellas. Muchas. Se intuyen en la oscuridad las montañas que me rodean, imponentes y fantasmales sombras gigantes. Orión me vigila cuando cuando regreso. Con su mirada severa  quiere cerciorarse de que me recojo a tiempo.

Un mastín roe un hueso de vaca a la puerta y, al entrar de nuevo en la casa, huele a leña.

Me acuesto en una litera de este cuarto de catorce camas, donde parece que todos duermen y alguno ronca un poco y, al dejar descansar mi cabeza en la almohada, mi pelo huele a leña.

Me arrebujo bajo un edredón que da mucha calor y, al repasar los acontecimientos de la semana, mi corazón huele a leña.





domingo, 7 de febrero de 2016

Viva Rusia


Salgo a informar a la familia del paciente al que acabo de operar de una hernia. Es un hombre al que va a hacer un año que operé de un cáncer de colon. De eso está bien. Se ve que tiene confianza en mí y me ha pedido que sea yo quien le opere ahora de una hernia inguinal que le ha aparecido hace unos meses.

La sala de espera es como un bar cuando no hay partido. A la hora del vermú. Abarrotada de gente que habla en voz muy alta. Ruido. La sala de espera tiene mucho ruido. Debe de ser que los españoles ahuyentamos el miedo haciendo ruido. Has de repetir los nombres de los pacientes varias veces por la megafonía y pedir silencio. A lo mejor, deberíamos poner fútbol, igual que a los niños se les ponen los dibujos en la tele para que se queden quietos callados. Si eso no funciona, servir vermú.

Esta vez no me ha hecho falta gritar. Está su mujer. Me reconoce en cuanto asomo la cabeza por la puerta. La invito a pasar al cuarto en el que informamos a las familias. En otros países del norte de Europa no se informa a las familias. No es costumbre y probablemente no sea legal. El paciente y sus problemas son suyos, no de terceros. Será él quien informe a quien le dé la gana y de lo que le parezca. Al fin y al cabo, es su salud y es su vida. En España, no. Somos una sociedad hiperprotectora –me  dice el corrector del Word que esta palabra no existe, pero vaya que sí–.

"Viva Rusia" es el "grito de guerra" de David de Jorge, un tipo muy divertido, que hace un simpático programa de cocina en televisión que se llama "Robinfood". Cuando yo era bastante pequeño, teníamos una "cancioncilla de guerra", más que un grito, que rezaba "Viva viva Buda; churrimini westinghouse". Pero Buda es más de la India, y eso queda un poco lejos de Rusia. Aunque no tanto...

La página del blog tiene unas ventanas en las que te informan de las “estadísticas”. Allí puedes ver cuántas veces lo han abierto, qué publicaciones y dónde. Hay algo de magia en esto del Internet. En un apartado, sale un mapamundi en el que se colorean de verde los lugares en los que te leen. Cuanto más lecturas, más intenso es el tono del color. Me hace gracia ver que tengo lectores en países lejanos. Eso lo da la globalización. Algunos, deduzco que son amistades del Facebook o familiares y amigos que residen por allí. Otros ¡vaya usted a saber!

Esta mañana me he metido en ese apartado después del café y –¡oh sorpresa!–, en el último mes me ha leído tanta gente en Rusia como en España. ¡Cincuenta y seis entradas desde Rusia! ¿Pero quién coño me leerá a mí en Rusia? Pues nada, que voy a hacer como en la radio: “aprovecho para saludar desde aquí a mis lectores rusos”. Y, de paso, a todos los demás. Y daros las gracias. Supongo que si me leéis es porque os gusta. Yo no me gano la vida con esto. Es un entretenimiento (a veces, una necesidad). Pero me alegro de que haya gente a la que le guste lo que escribo.

Volvamos a la sala de espera del quirófano.

Pasa la mujer, cierro la puerta y se abre el silencio. Le cuento. Todo ha ido bien. Le explico las recomendaciones. Hay calma en su rostro. Es algo rutinario esta vez, nada grave.

Cuando la acompaño de nuevo hacia el ruido, se gira hacia mí para despedirme y, esbozando una media sonrisa, termina su adiós con –“y siga escribiendo, doctor…”

Se ve que también me leen más cerca. 
Pues la he obedecido.

miércoles, 6 de enero de 2016

Noches blancas de hospital…


Así empieza una estrofa de la canción de Navidad de José Luis Perales.

Esta noche mágica de Reyes me toca que sea noche de hospital aunque, este año, muy blancas no están siendo las navidades. Esta mañana me he cruzado a los Magos por un pasillo. De la planta de Pediatría ha salido una niña tras ellos, en su búsqueda, vestida con pijama, tirando del brazo de su abuela.

–¡Quería pediros una cosa!

El rostro de la niña mostraba reverencia y respeto, y tenía que esforzarse para que se oyera su voz. Los magos la escuchaban con atención.

–Dinos –dijo Melchor.

–Que esta noche los regalos, que no los llevéis a Logroño, que los traigáis aquí a Fuenlabrada.
Por el rabillo del ojo pude ver la sonrisa cariñosa, tierna y triste a la vez de la abuela de la niña.
No quise decir nada, pero yo he visto llegar a los Magos a Logroño. Venían en helicóptero. Atravesaban volando toda la ciudad y aterrizaban en el campo de fútbol de Las Gaunas. Después, en una limusina, recorrían las calles hasta El Espolón. Desde allí, subidos al escenario del quiosco de la banda de música, saludaban a los niños. Esta noche tienen que volar hacia aquí. Estaré atento por si oigo el batir de las aspas del rotor cuando se posen en el aparcamiento. Ahora hay sitio. Los coches de los que quedamos de guardia ocupan poco espacio.

Andamos todos con prisas en estos días. Resulta divertido quedarte parado en mitad de las prisas de los demás y observarles. En la planta de juguetes de El Corte Inglés, por ejemplo. Entonces, aprecias que hay mucha gente que zigzaguea y dribla entre los expositores con el teléfono pegado a la cara. Llegan retazos de sus conversaciones.

– ¿De qué color lo quería?

– ¿Cómo se llamaba la muñeca?

–Creo que voy a cogerle un Yoda de peluche.

Todos los del teléfono en la oreja son hombres, y me río porque yo he hecho lo mismo o estoy a punto de hacerlo.

Tengo una sonrisa en el corazón mientras escribo, porque me estoy acordando de la magia de todas y cada una de estas noches y, en especial, de estos últimos años.

El año pasado la magia vino en una bolsa grande de tela de rafia de cuadros azules y tenía nombre de mujer. El anterior, en la sonrisa de un bebé que lograba zafarse por fin del respirador y de la muerte. En el otro más atrás…

Siento la ilusión de saber que esta noche también habrá magia y me tocará de cerca, aunque aún no sé cómo. Eso la hace más mágica aún.

Por ahora lo único blanco que hay en esta noche de hospital es mi bata. Y mi amiga, esa que viste con capa oscura que le cubre el rostro, no anda por aquí. Solo he visto una estrella y… ¡Espera! ¡Se escucha un ruido! Como las hélices de un helicóptero… ¡Ahora vuelvo!


Feliz Noche de Reyes.
Solo he visto una estrella y…

domingo, 30 de agosto de 2015

Afixia.


Me estaba estrangulando. Me hacía una pregunta y me exigía una respuesta. Al principio creía que era un juego y no quería responder. Luego me empecé a asustar. No podía respirar y no podía responder. Quería gritar su nombre. Ordenarle que parase. Me era imposible. Apretaba fuerte. Con saña. El aire no salía ni entraba en mis pulmones. Forcejeé. Agarré sus manos e intenté separarlas. No pude.


Entonces abrí los ojos y me vi solo en el dormitorio. Había sido una pesadilla. Estaba sudando. La ansiedad persistía. Traté de calmarme, de relajarme, de recuperar el control sobre mí, de sentir que la realidad se iba adueñando de mi cuerpo. Me obligué a respirar despacio, recreándome en sentir el paso del aire a mis pulmones.


Cuando me hube repuesto y me atreví a saltar de la cama, me dirigí al baño. Lo hice como a cámara lenta, pensando cada movimiento. Necesitaba agua. En la cara, más que beber. Metí la cabeza debajo del grifo. Al levantarla, me miré en el espejo. Aún sigo aquí. Las manos me tiemblan apoyadas en el lavabo. Tengo frío. El frío del terror. Las marcas de dedos que he visto en mi cuello no son una ilusión.



 **********

—¿Que has hecho?

 —No lo sé. Estoy aturdida. —dijo mientras se miraba las manos. —Ayer tuve una pesadilla. ¡Lo pasé fatal! Soñé que queria matarte, asesinarte. Soñé que te estrangulaba.

 —¿Estás segura de que fue un sueño?

 —No digas esas cosas. No pinta bien pero nunca se sabe.
 
Silencio. Prolongado. Evitando las miradas.
 
—Estas sábanas raspan. No parecen de algodón. Las de seda son más suaves —dijo, por fin, levantando la vista.
 
—Pero dan mas calor.
 
—Sí. Pero las puedes retirar y dejar caer al suelo.

—¿Por qué me replicas a todo?

—¿Lo hago? No tengo esa sensación. Solo la de que estamos hablando, dialogando.

No tienes remedio, afortunadamente. El que más me gusta es el proverbio chino.

—¿Te acuerdas? Yo sí. He pasado a menudo por aquella esquina desde esa tarde. Dirijo la mirada hacia el lugar y siento una punzada en el pecho. Cierro los ojos y aprieto los dientes, los puños y el paso. Y blasfemo también. A veces.
 
—Tengo el vientre hinchado. Me siento como una boa. He comido demasiado.
 
—¿Qué te apetece hacer mañana?
 
—Estar contigo.




Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito (proverbio chino).


lunes, 17 de agosto de 2015

Cuarto menguante

Una brisa suave en la cara fue lo que me despertó. O tu recuerdo. No abrí los ojos al principio. Hundí los dedos en el frescor de la arena de la playa y dejé que el ruido de las olas me mojase los oídos. Luego me incorporé.

La luna estaba partida por la mitad, en cuarto menguante. A contraluz, recortaba la silueta de una brecha entre las rocas por la que podía verla. Apenas levantaba dos dedos sobre el mar, en el que se reflejaba grande y anaranjada.

Caminé hasta ese lugar de la orilla donde se mueren las olas mojándote los pies. No sé cuánto tiempo pasé ahí. Quizás aún sigo. Quizás fue un sueño. Quizás nunca estuve en esa playa. Quizás me lo imaginé. Quizás confundo los sueños con los recuerdos.


jueves, 23 de julio de 2015

Acostarse


Me acerco al borde de la cama.
Por esa ventana sin persianas se filtra un poco de la luz de las farolas de la calle, que borra la noche haciéndola penumbra.
Así, la silueta de tu pelo se dibuja como a carboncillo.
Quedo quieto, de pie, velando un rato tu sueño. Me gusta mirarte. Al rato me desnudo en silencio y busco un hueco bajo el edredón, juntándome a ti.
Paso el brazo por encima de tu cintura, estiro el cuello oliendo tu pelo y, tras rozar con los labios tu mejilla, te susurro un buenas noches y un te quiero en el oído.
Y al apoyar de nuevo la cabeza en la almohada, aunque no puedo ver tu rostro, siento que sonríes.


Te acercas al borde de la cama.

En esta casa sin persianas, los párpados, cerrados en mi duermevela, no me dejan sentir la poca luz que viene de la noche amarilla de farolas de ciudad. Te espero, acostada de lado, dándote la espalda. Noto tu quietud y tu mirada. Al rato, llega a mí el sonido del roce de la ropa al desprenderse de tu piel y el contraste del calor de tu cuerpo al arrimarte, con el frío que se cuela por el hueco del edredón que levantas despacio.
Posas el brazo rodeándome la cintura. Me rozas con un beso la mejilla y con un te quiero los oídos.

Y cuando retiras la cabeza, dejándola caer sobre la almohada, no puedo evitar que se me escape una sonrisa.


sábado, 9 de mayo de 2015

La florista

La florista se pasea por la vida regalando flores y cobrando sonrisas. En el metro. En el descansillo de la escalera. En el ascensor. En el super-mercado. En la calle.

En un instante, le arranca una sonrisa a cualquiera con el que se cruce. A un niño. A un anciano. A una mujer que pasea con su nieto. A un hombre que coge un yogur del estante refrigerado. 

No sé dónde guarda las sonrisas. Creo que las necesita para poder respirar. 

La florista lleva una flor en el pelo.




viernes, 20 de febrero de 2015

Tabla de naúfrago



Ella le miró a los ojos. 

Sobre la mesa de mimbre humeaban dos tazas de café. 

Había intuido que la sonrisa de aquel hombre podía ser una tabla a la que agarrarse en caso de naufragio. Pero había más. Él no paraba de hablar entrelazando una historia con otra. Ella escuchaba por encima de la conversación y, con un sexto sentido forjado a lo largo de una vida intensa, vio desesperanza, frustración y tormento detrás del discurso desenfadado y del brillo de los ojos. 

Y, cuando quiso darse cuenta, la invadía una sensación de consecuencias imprevisibles: la de que todos los poros de su piel se habían abierto. 

Él levantó la mirada, que tenía pérdida más allá de los cuadros que adornaban la pared del local. Al encontrarse con la de ella, siguió hablando, pero de manera mecánica. Sin recordar después ni una sola de sus palabras. Su atención había sido secuestrada por esos ojos que le observaban fijos. Enmarcados por un rostro que, por detrás del gesto de admiración, le dejó ver el de una niña asusta escondida dentro del cuerpo de la mujer madura que tenía sentada en frente. Un pensamiento cruzó por su mente. Efímero. Como una sutil neblina. Por un momento había intuido que la mirada de aquella mujer podía ser una tabla a la que agarrarse en caso de naufragio. 

De lo que ninguno tenía consciencia, era que ya habían naufragado e iban a la deriva. De que el océano de desesperanza, desconsuelo y desengaños en el que ambos luchaban por no ahogarse, les había llevado hacia aquel encuentro fortuito, atraídos por la fuerza de una luna llena de un mes de julio. 

De lo que ninguno estaba siendo consciente era de que, desde aquel instante, se habían agarrado a la misma tabla, y que comenzaban a empujarla entre los dos hacia una tierra firme donde iban a construir juntos una vida nueva. 

Eso lo supieron mucho después. En aquel instante solamente se cruzaron las miradas. 




domingo, 27 de julio de 2014

Los secretos de la madrugada.


Salgo de casa cuando aún es de noche. Ya clarea algo, sí, pero hay más sombras que luz y siguen encendidas las farolas.

Me obligo a salir. Me da pereza. Me calzo las zapatillas y una camiseta vieja. Me había despertado temprano. Eché en una taza los restos de la cafetera de ayer y me senté en la terraza.

Ya en la calle comienzo a trotar. Un paso, otro, la respiración acompasada, despacio, rítmico... No, no estoy echando un polvo pero, con esta descripción, lo parece.

Hay un paseo que transcurre al borde de la playa. A poca distancia de casa, el paseo se termina. La playa no. La playa sigue varios kilómetros en lo que no hay nada. Nada es nada. Solo un camino de tierra. A mi izquierda, playa. A mi derecha una salina.

No soy el único que anda suelto a estas horas. Hay un tipo estirando donde se acaba el paseo. Mallas cortas marcando paquete y camiseta ajustada de fibra. Yo tengo unas mallas de esas. Me las regaló un bombero. Llevan grabadas en pequeñito el escudo de la Comunidad de Madrid. Es un bombero madrileño, aunque ya está retirado a pesar de ser joven. Ha enviudado hace poco, pero eso es otra historia. Y es su historia.

Solo me he puesto las mallas una vez. Se me rozaron las piernas. La entrepierna, para ser exactos. Ahí las guardo en el armario, pero ya no me las pongo ni para marcar paquete delante del espejo. Salgo a correr con un pantalón gris de algodón del año de la tana (no sé qué o quién es la tana, si es nombre propio o no; pero me da pereza mirarlo). Y aquí, salgo en bañador.

Saludo al tipo de las mallas y sigo. Al rato me adelanta una bicicleta de montaña. El ruido de la cadena al engranarse en los piñones se escucha por encima de la música de mis auriculares. ¡Y menos mal! Yo voy absorto y, si no le llego a oír, igual me atropella.

Este erial con sus caminos de tierra debe tener algún acceso para los coches, porque encuentro dos aparcados. En uno de ellos, vislumbro movimiento en su interior y me parece ver cómo alguien trata de cubrir, con una camiseta o similar, el cristal de la ventanilla trasera que tiene las vistas a mi trayectoria. Giro la cabeza hacia otro lado para no resultar indiscreto. Soy algo miope, corro sin gafas y, a cierta distancia y con poca luz, no veo un pimiento. Pero los amantes no lo saben y a mí me da mucho respeto que se sientan importunados.

He visto, al pasar, una tienda de campaña en la playa. Eso fue cerca del primer coche. Ahora he dejado ambos atrás y se hace un silencio. Es la pausa entre dos canciones. No se oye nada. Solo mi respiración. Entonces arrancan los compases de una canción de Silvio que me recuerda a ti. Siempre que salgo a correr vienes conmigo.

Llevo veinte minutos. Son poco más de las siete. Ceso la carrera y me dirijo al mar. Me descalzo cerca de la orilla. Parece un lago. Plano. Aquí no se oye más que el murmullo del agua rompiendo en la orilla. Al salir de casa cantaban multitud de pájaros. Es el sonido de las madrugadas en cualquier lugar, salvo a la orilla del mar. Estoy rodeado de gaviotas, pero son gaviotas mudas. Ni graznan.

Sumergirte en el mar cuando estás sudando y aún no ha salido el sol es... (a ver qué pongo yo aquí para que no quede cursi). ¡Es la leche! No es muy poético, pero todo el mundo lo entiende. Es "la hostia", también, pero suena más fuerte. A blasfemia. Y no es plan. Por cierto, que hostia se escribe con hache. Sin hache, también, pero entonces es con mayúscula, porque es el nombre de una ciudad de Italia. A lo mejor por eso lo escriben a veces sin hache. Porque hacen referencia a esa ciudad. Debe de ser muy grande, o muy bonita. No lo sé, no la conozco.

Estaba en el agua, que me voy por las ramas. Sumergido hasta el cuello, mirando al horizonte, a levante. Por donde ha de salir el sol. Pero hay bruma.

También hay gente pescando. Se ponen en la orilla, con unas cañas muy largas. Lanzan con fuerza el aparejo y dejan la caña clavada en la arena mientras esperan sentados en una silla plegable. Están solos. Pasan aquí la noche. Algunos vienen de lejos. Tengo dos a mi lado. A la derecha y a la izquierda. A unos doscientos metros.

Hay un hombre que se baña desnudo y luego se tumba a tomar el sol. Tiene un estoma. Hoy no le he visto.

Un tipo se pasea por la playa con un detector de metales. Se parece a esos cacharros que se ven en las películas de guerra para detectar minas. Viste un bañador de bermudas, una camiseta blanca con la Union Jack pintada en el pecho y cubierta con una camisa beige desabrochada y arremangada, y un chambergo gris en la cabeza. En el bolsillo del bañador asoma el mango de plástico de una pala o un rastrillo, que no lo sé. Tampoco sé qué es lo que busca en la arena. Supongo que monedas o alguna joya que alguien haya extraviado, porque las latas vacías no creo que le renten mucho. Teniendo en cuenta que en esta parte de la playa viene poca gente y lo suele hacer en porretas, no le auguro mucho éxito. Pero ¿quién sabe?

Una pareja a la orilla del mar. Ella está recostada boca abajo sobre el vientre de él, cubriendo su desnudez. Él la acaricia el pelo. En esa calma que se produce después de haber hecho el amor. Me inspira ternura, y un poco de envidia, su falta de pudor. Yo quiero pasar una noche de verano así contigo. Desnudos en la orilla del mar.

El sol ya está alto. Las nubes no me han dejado verlo asomar. Ya se me ha secado la piel. Me gusta el sabor a sal de la piel. Me gusta besarte después de haberte bañado en el mar.

Me vuelvo a casa. Voy a hacer café. ¿Te vienes?
 




lunes, 21 de julio de 2014

El viento.

No puedo fotografiar el viento. Es una lástima porque es bonito.
Esta mañana el sol se asomaba a un nuevo día calmo. A un mar tranquilo, casi sin olas.
Seis horas después sopla un levante tan fuerte que, si la playa fuera de arena fina, tendríamos que llevar tagelmust para protegernos la cara, como los tuaregs.
Lo bueno del viento es que no sientes el calor del sol, que ahora está en el cénit. Estoy a unos veinte metros de la rompiente y me alcanzan algunos rociones cuando las olas son más altas.
Lo malo es que no te puedes levantar de la toalla sin estar dispuesto a correr los cien metros lisos detrás de ella, si se tercia (y se tercia, sí).
A Evaristo le fastidia que haya viento. Es normal en su caso. Evaristo es un hombre con mucha vida vivida en su mirada y muchos años pintados en los surcos de su cara. Lleva el negocio de hamacas del trozo de playa donde me suelo aposentar. Yo no uso hamaca. Ni silla. Soy más de suelo, de tierra. Así que no soy cliente suyo, pero le saludo todas las mañanas y ya sé que su hijo y yo somos tocayos. Evaristo es un tipo menudo pero recio. Brazos nervudos y delgados, y la piel adornada por una cartografía de vitíligo. Es simpático. No apea la sonrisa. Y tiene acogidos en adopción temporal a todos los niños de cien metros a la redonda, sean clientes suyos o no. En esa guardería improvisada, Evaristo tiene juguetes, cubos, palas de escarbar y palas de pelotear, hinchables... Cuando sopla mucho viento, se le vuela la clientela.
Hace un par de días –entonces era poniente y bufaba menos– se me lamentaba de ello: "Tengo gente contratada para la jornada y..."
–Evaristo–, le dije, –habrá que ponerle buena cara al mal tiempo.
–Pues también es verdad–, me respondió. Y lo dijo manteniendo la sonrisa que no había aparcado ni para emitir la queja, con la calma que da la sabiduría de los años, de comprender que de nada sirve enfrentarse al destino.
Tampoco al viento.


martes, 8 de abril de 2014

Iscayachi


Iscayachi es un pequeño pueblo en una vasta llanura. El altiplano. A tres mil metros sobre el mar. Cielo azul. Tierra ocre, sin más vegetación que los cactos pintados del mismo polvo que todo el horizonte que la vista alcanza. Bolivia. No muy lejos de la frontera argentina.

En el cementerio local duerme Esther. Tendría diez o doce años cuando se retiró a descansar allí. Ella no lo sabe, pero su nombre perdura en el corazón de mis hijas.

Siempre he tenido un respeto reverencial por las personas que han salido de su tierra y han dejado atrás, a miles de kilómetros, a sus hijos, a sus parejas, a sus padres. Dan sus vidas por ellos. Sacrifican verlos crecer, sonreír, jugar. Sacrifican sus besos, abrazos, caricias, por conseguir recursos económicos con que sostenerles. Cuando observo a mis hijas, su buen humor, sus risas, sus gestos cariñosos, no puedo evitar pensar que en buena parte son así por el cariño que recibieron de tantas mujeres como ella, que nos ayudaron a cuidarlas. Les dieron a mis hijas todo el amor que tenían guardado sus propios hijos. Y era mucho. Tanto, como el sacrificio que estaban haciendo.

A ella la conocí hace ocho años, cuando comenzó a trabajar en casa cuidando de mis hijas. Salió de su patria para ganarse la vida en España y pagarle los estudios a la suya, soñando con poder costearle algún día una carrera universitaria y traérsela aquí. He conocido personas “echadas p’alante”, pero pocas como esta mujer. La coyuntura que fuera la del momento, dificultaba los visados que autorizaban a los peruanos entrar en España. Las cosas estaban más favorables para los bolivianos, supongo que porque se puso de moda en La Moncloa el jersey de rayas de colores. No lo sé. Las mafias que introducen emigrantes en Europa se lo saben. Ella necesitaba un pasaporte. En un país con alta mortalidad infantil, se puede buscar la tumba de un niño en un lugar muy apartado, que haya nacido más o menos en el mismo año. En un país sin registros, se puede solicitar un pasaporte con una partida de nacimiento. Pasó de Perú a Bolivia y de Bolivia a Argentina. Allí trabajó mientras le gestionaban el visado a España, también cuidando niños en una familia. Sus niños argentinos. Me enseñaba las fotografías que guardaba en su cartera.

Entró en mi casa con un nombre que no era el suyo y con pasaporte boliviano. No llevaba ni un día cuando se acercó a mi despacho.

–Señor, tengo que decirle algo.

Y me contó que el pasaporte era falso, que su identidad era otra. Me contó su historia. Asustada.

Hace dos años que no sé de ella. Vino una noche a dormir y cuidar de mis hijas para que yo pudiera ir a la fiesta de cumpleaños de José. Seguía trabajando de interna para ahorrarse el dinero del alquiler. Entonces, en una familia en Pozuelo. La acerqué por la mañana. Luego supe que viajaba a Perú para traerse a su hija. La he llamado en varias ocasiones, pero el número que tengo ya no está operativo.


Recuerdo siempre el día de su cumpleaños, pero ahora mismo no recuerdo su verdadero nombre. Y, quizás, no quiero recordarlo. Porque cuando el pasado jueves les digo a mis hijas que tengo una sorpresa para ellas, no preguntan. Exclaman.  Y siempre es igual:

–¡Viene Esther!

Y las miro. Y sonrío.

–No, no es esa la sorpresa.

La sorpresa, pues no deja de sorprenderme, es que se sigan acordando de ella con tanto afecto después de tantos años. Que la sorpresa que más anhelan es volver a verla. Y que el nombre por el que la recuerdan sea, en realidad, el de una niña que duerme bajo una lápida del cementerio de Iscayachi desde que tenía más o menos la misma edad que ellas. Esa mujer lo tomó prestado para cincelarlo a golpes de cariño en los corazones de mis hijas. Y ahí perduras, Esther.






lunes, 7 de abril de 2014

La peonza

Observo a un niño jugar con una peonza.

Enrolla la cuerda, la lanza al aire y la recoge girando en la palma de su mano.


La deja caer al suelo. Sigue girando. Le da una vuelta al cordón por la punta, da un tirón hacia arriba y la lanza de nuevo al aire para que caiga en su mano otra vez.


Y así, hasta que la peonza deja de rotar.


Estoy en el vestíbulo de la entrada del colegio de mis hijas. Es jueves y he venido a recoger a Jimena. Le gusta quedarse un rato en la biblioteca al terminar las clases. Se siente mayor. Lo que más le gusta es que la avisen por megafonía. Se siente importante.


–¡Jimena Huerga, te esperan en portería!


Tarda en bajar. Mientras espero, observo al niño jugar con la peonza.


Aparece al fin con la mochila llena de libros a la espalda y el abrigo nuevo en la mano. Arrastrándolo por el suelo. Si lo ve su abuela (mi madre), pone el grito en el cielo. Se lo regaló ella.


Siempre aparece sonriente cuando cruza la puerta. Hoy no.


–Hola Jimena.


–Hola.


–Ponte el abrigo, que hace frío. Ten cuidado, no lo arrastres, que se ensucia. Trae la mochila, anda, que te la llevo yo.


No sé qué llevan en las mochilas para que pesen tanto; bueno, sí lo sé: un cargamento de libros. Salimos a la calle.


–¿Qué tal?


–Mal.


–¿Y eso?


Arranque de sollozos.


–¡Me han castigado por culpa de un niño!


Cambia a llanto con hipidos.


–A ver. Tranquilízate. Espera un poco, respira hondo, deja de llorar y me lo cuentas.


Le paso el brazo por el hombro. Caminamos. No controla el llanto.


–Venga, cuenta. Qué ha pasado.


–¡Que me han castigado! A mí y a otra niña. Es que ese niño es tonto. Se ha puesto a molestarnos desde la puerta tirándonos un avión de papel. Le hemos dicho que nos dejara en paz. No nos ha hecho caso. Se lo hemos dicho a la bibliotecaria y nos ha castigado.


Palabras entrecortadas por las lágrimas.


–Pero os ha castigado ¿a qué?


–Nos ha castigado. ¡Teresa es tonta!


No responde a la pregunta. Teresa es la bibliotecaria. Omito cualquier comentario a su juicio de valor: no conozco a Teresa.


–¿A qué os ha castigado? ¿Os ha echado de la biblioteca?


–Sí. No ha dicho que nos fuéramos, que estábamos molestando. ¡Nosotras no hacíamos nada! ¡Era el niño que nos tiraba un avión...!


–¡Pero eso es estupendo! ¡Así habéis podido jugar en el patio todo este rato!


Yo, en plan positivo.


–No hemos ido al patio.


–¿No? ¿Y qué habéis hecho?


–Nada. Nos hemos quedado en la puerta de la biblioteca.


–¿Por qué?


–No sé.


Retoma el llanto.


–¡Y es que no he podido hacer los deberes!


–Bueno... No importa. Así los haces conmigo ahora en casa. Yo te ayudo.


(16-1-2014, una tarde de jueves).


domingo, 26 de enero de 2014

El sueño de Merlín

 –Jimena, necesito que me ayudes.

–¿A qué?

–Quiero escribir un cuento pero no se me ocurre qué contar. Tú tienes mucha imaginación.

Jimena pone cara de sorpresa aderezada con sonrisa y ojos brillantes.

–¿Pero un cuento de niños o de mayores?

–De niños y de mayores. Es lo mismo.

–No. Si es de niños, es un cuento. Si es de mayores, es un libro.

–Entonces, de niños.

–¿Pero de qué trata el cuento?

Jimena está metida en mi cama, tapada con el edredón y jugando a Animal Crossing con la Nintendo. Yo, hace rato que me levanté. Me ha dado tiempo a preparar café, tomarme dos, mojar rebanadas de pan untadas con mermelada de naranja, leer un rato y medio recoger la cocina que ha quedado –la frase no es mía, pero me ha encantado­– en “modo aleatorio”. Luego me di una ducha y, con el albornoz puesto, me acosté al lado de mi hija.

– Quiero escribir un cuento que trate de la leyenda de Arturo, pero en el mundo actual. ¿Conoces la historia de Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda, y el Mago Merlín?

–No.

Ahora el que pongo cara de sorpresa soy yo.

–¿En serio? ¿No has visto la película de Merlín de dibujos animados?

–No.

–Es una leyenda. Es como un cuento, que ocurrió hace mucho tiempo, en Inglaterra, en la Edad Media. Es la historia de un niño que… A ver. Había una espada clavada en una roca. Le leyenda decía que el que sacara la espada de la roca se convertiría en el rey de Inglaterra. Todos los años se celebraba una fiesta en aquella ciudad y la gente intentaba arrancar la espada, pero nadie podía. Un día, Arturo –que así se llamaba el niño– probó a coger la espada y se quedó con ella en la mano. Estaba destinado a hacerse rey. Cuando fue rey, se juntó con otros once caballeros y se reunían alrededor de una mesa redonda: los Caballeros de la Tabla Redonda. Entonces decidieron ir a buscar el Grial y cada uno viajó por todo el mundo corriendo aventuras, tratando de encontrarlo.

–¿Qué es el Grial?

–Se llama así al cáliz que utilizó Jesús en la Última Cena. ¿Sabes lo que fue la Última Cena?

–Eso sí.

–Cuenta la leyenda que ese cáliz lo guardó un hombre que era bueno y se llamaba José de Arimatea, y en él recogió la sangre de Jesús cuando lo crucificaron y le dieron la lanzada en el pecho. Pero hay más en esta historia. Arturo se casó con una mujer que se llamaba Ginebra. Uno de los caballeros de la Tabla Redonda, que se llamaba Lancelot, y era el mejor amigo de Arturo…

–Había sido su novia– me interrumpe.

–No exactamente. Cuando Ginebra y Lancelot se conocieron, se enamoraron perdidamente. Y, además había un mago. Merlín.

–Lo primero que necesitas es un título– me aconsejó Jimena.

–Yo había pensado en uno: “La pasión de Lancelot”.

–No. Mejor “El Mago Merlín”.

–Vale. El Mago Merlín. Espera, que voy a coger algo para apuntar.

–¡Nooo, pero el ordenador, no que luego lo escribes!

Me levanté de la cama, prometiéndole que no cogería el ordenador y fui a buscar mi cuaderno Moleskinne de tapas negras. Regresé a la habitación y me metí de nuevo bajo el edredón, cuaderno y boli en la mano.

–Ponlo.

–¿El qué?

–El título. Ponlo.

Busqué una página nueva y escribí: “El Mago Merlín”.

–¿Dónde quieres que sea el cuento y en qué época?– me pregunta.

–En la época actual y en Madrid.

–¿Pero en primavera, verano, otoño o invierno?

–Me da igual. Decídelo tú.

–A mí me gusta que haga sol.

–Pues en primavera–, concluyo. Y empieza a dictarme.

“Érase una vez en primavera, un niño que vivía en una choza. Era rubio, con ojos claros. Se llamaba Jaime.”

–¡No, Jaime, no!– Se interrumpe a sí misma. –¡Merlín!–. Sigue dictando.

“Merlín…” –¡Qué pongas Merlín!

–Ya lo he puesto–. Le enseño el cuaderno.

“Merlín era destinado a ser mago. Un día Merlín fue a la plaza y vio que mucha gente estaba intentando sacar la espada de la roca. Merlín lo quiso intentar y…”

–¿Cómo se dice…?– Se interrumpió a sí misma. –¡Sí!

“Y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, tenía la espada en su mano. Todo el mundo se quedó asombrado”. –Ahora sigue tú un poco.

“Merlín siempre había querido ser el rey. No podía soportar que fuese Arturo el destinado a serlo. Se hizo su confidente para estar cerca de él…”

–¿Qué es confidente?– me preguntó.

–Confidente, amigo.

“Se hizo su amigo y confidente para estar cerca de él, pero por envidia, para ganarse su confianza y hacerle daño.”

–Podemos cambiar el título–, dije. –“El sueño de Merlín”. ¿Qué te parece?

–Vale. Y retoma ella el relato.

“Todo el mundo quería haber sacado la espada pero, en cambio, la sacó Merlín. Todos tenían envidia de Merlín, pero Merlín tenía envidia de Arturo. Pasaron tres años y Merlín ya se había hecho mayor. Se casó con una joven que se llamaba Ginebra. A la boda de Arturo y Ginebra acudió un señor que Merlín no conocía. Era el padre de Merlín. Se llamaba Rodrigo. Sabía que se casaba su hijo”.

–A ver, Jimena, que todo esto es un lío. El que se casa es Arturo, no Merlín. Que lo estás liando todo…

–¡Es un sueño, papá! ¿Qué más te da?

Argumento incontestable, sostenido por una sonrisa gigante. Inapelable. Es cierto: es un sueño y puede ocurrir cualquier cosa.

“El padre de Merlín quería explicárselo a su hijo, pero al verle en el altar vio que estaba todo perdido. Ya no tenía tiempo de explicarle nada porque ya había empezado la boda”.

–No entiendo dada, Jimena. ¿Qué es lo que tenía que explicarle a Merlín?

–Que era su hijo.

–Pero pudo explicárselo después de la boda…


–Sí, pero eso cuéntalo luego, al final. Y luego, Merlín se despierta y se da cuenta de que todo era un sueño.


martes, 12 de noviembre de 2013

El regalo


Hoy me han hecho un regalo. 

Los regalos tienen de algo mágico, más si se reciben por sorpresa. Cuando he llegado a casa esta tarde, me esperaba un paquete enorme en la portería. Tardé en abrirlo, porque llegaba justo a recoger a mis hijas al colegio. Quedó encima de la mesa del comedor. 

Era un sobre verde, de esos que venden en correos, que por dentro van acolchados con papel burbuja. Estaba lleno de cosas. 

Había una novela. Un libro que recomendaba Ana Vico en Old Viernes, y cuya reseña compartí hace unas semanas en mi muro. Es un libro muy especial porque ya ha sido leído, y eso le da vida. Lleva en sus hojas el roce de los dedos que las pasaron y, en la tinta, la sombra de los ojos que recorrieron las letras. Los libros ya leídos suelen guardar sorpresas entre sus páginas. Como aquel ticket de compra que encontré este verano entre las de uno que cogí de la biblioteca. Este también tiene un regalo: una tarjetita, amarilleada por el tiempo, con el dibujo de tres osos de peluche. Por en reverso lleva escritos dieciocho adjetivos que perfectamente podrían describir al autor del regalo. Me ha dado por leer la página marcada por la tarjeta y no he podido reprimir la sonrisa. Si ha sido intencionado, doble risa y cien por cien de acuerdo con el primer adjetivo. Si ha sido casual, es que existe una fuerza misteriosa oculta en esa tarjeta: la fuerza de la magia del regalo.

Venían también dos banderines negros con un par de tibias y una calavera. Uno va destinado a presidir la mesa de mi despacho. Quedará gracioso. Javier tiene en la suya un banderín con la de España. Yo tendré la del "Pirata Cojo”.

Además, contenía una bolsa de papel precintada. Como esos paquetes que, tras quitar el envoltorio, tienen otro papel debajo envolviéndolo, y otro, y otro, y otro… La bolsa tiene un sugerente rótulo: “Sweet pharm dulce terapia”.  Dentro de ella, un paquete de acetato transparente, atado con una cinta roja rematada con forma de flor, que terminó sujentando el pelo de Jimena (esta niña termina llevándose todo a la cabeza). El paquete contiene tres frascos de “pastillas” (caramelos), para los días sin sonrisas. Cada frasco viene etiquetado de diferente manera. El de Conguitos, “No es mágico, pero te dará poderes”. El de gominolas, “Indicado para no llevar la vida muy en serio”. Y el de Lacasitos, “Para cuando quieres ser invisible”. Las etiquetas, además advierten sobre las normas de consumo: “Dulce y alegremente”.

Mis hijas se lo han tomado al pie de la letra y, después de la cena, nos hemos reído a carcajadas con las pastillas para cuando quieres ser invisible. Arancha y Jimena se han atizado una sobredosis y han paseado invisibles por todo el salón, levantando objetos como si estuvieran embrujados y dándome sustos con ellos. Yo no tengo necesidad de hacerme invisible, pero una amiga mía sí. Y con cierta frecuencia. Se las voy a prescribir.

Un último curioso y bonito detalle venía dentro del paquete: una fotocopia de la portada del diario El Norte de Castilla, del día de mi nacimiento.

No voy a revelar la identidad del autor del regalo. No es un secreto, pero es más divertido así. Ha debido tomar una buena dosis de Conguitos, porque tiene poderes. El poder de producir una sonrisa, de hacer pasar un buen rato. Tiene el poder de hacer sentirse mejor a las personas con las que se encuentra. Es un auror. Ya conozco a más de uno. Espantan a los dementores con su sola presencia. Abren las ventanas para que se vayan los monstruos. Son mágicos. Como los regalos.

Gracias.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

La boina

Basta que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato…

Todo comenzó por la boina. Sé que no es la prenda de moda de este invierno. Ni lo fue del pasado ni, me temo, lo vaya a ser del que viene. Es una lástima, porque a mí siempre me ha parecido una prenda muy distinguida. Será porque mi abuelo Argimiro, que era un hombre muy serio, no se la quitaba ni para dormir la siesta. O será porque estoy platónicamente enamorado de Victoria Vera desde que la vi de niño en Ninette y un señor de Murcia, tocada en esa prenda tan de mujer francesita. Lo que sea. A mí me gusta mucho. Y tenía yo ilusión por tener una boina... Realmente tengo una. Es de color verde y lleva una insignia dorada que representa un machete rodeado por dos ramas de laurel. Aunque no me veo yo yendo por la calle con la boina verde calada. No soy especialmente vergonzoso, pero esto ya me parece excesivo. Tampoco sé dónde la tengo. Afortunadamente, porque capaz soy un día de enajenación de ponérmela…

Ayer me invitaron a una tertulia en el Café Gijón. Suena un poco a cultureta. Pero no. Fue una reunión muy divertida en la que conocí a unas personas maravillosas y pasamos un rato muy agradable. Para empezar, a esa tertulia hay que ir con boina. Sí. La idea parece ser que partió de Coque. Un tipo muy simpático, que vino de Alicante solo para asistir a la tertulia. Yo era la primera vez que participaba y no tenía uniforme. Coque traía una boina para mí. Todo un detalle. Regresé a mi casa muy orgulloso con la boina puesta. Es cierto que la gente me miraba por la calle, pero tampoco me importó demasiado. Manuel, el portero, que es un hombre muy discreto, me saludó con la voz queda y la educación de siempre, aunque no pudo disimular levantar los ojos hacia mi cabeza, cuando crucé el portal.

Cuando esta tarde salía de casa para llevar a mis hijas a la de su madre, me calcé la boina. Ahí empezó todo. Realmente, no tenía intención de llevarla. Solo quería hacer la gracia.

María: -“Papá, si sales así de casa, reniego de ti como hija”.

Arancha. -¿No te irás a poner eso?

Jimena me la quitó de la cabeza y, riéndose a carcajadas, se la puso ella, toda coqueta, de lado y se fue hasta el espejo para mirarse. 
-¿Qué tal me queda?

¡Ay, mi pequeña Ninette! ¿Quién dice que un hombre no puede enamorarse de más de una mujer a la vez? Yo estoy enamorado, al menos, de estas tres (sí, al menos, pero no voy a dar más detalles).

-¡Venga, papá! ¡Vamos!

-Espera que me miro en el espejo.

-Vamos, Jimena, que es tarde.

-¡Papá, que están protestando por el ascensor!

-Cógeme la mochila.

-Dame la boina, Jimena.

¡Zas! Cierro la puerta.

-¡Eh! Esperad, que voy a dejar la boina en casa. ¡Vaya! Con la coña de la boina, me he dejado dentro las llaves.

-¿Y ahora cómo vas a entrar?

-Con un plástico fuerte, o una cartulina puedo empujar el resbalón. Tranquilas, no es problema. ¿Tenéis algo así en las mochilas?

-Pues no.

-Con lo que pesan, ya podrían llevar hasta una caja de herramientas,- pensé.

-Me valen unas hojas del cuaderno dobladas.

-Pues cógelas del mío.- Jimena se había vuelto a colocar la boina mientras bajábamos en el ascensor. ¡Me encanta!

Vuelta de regreso a casa, todo bien. Por el momento. Con la boina en la cabeza (abriga bastante y está refrescando ya en Madrid). Yo estaba de un humor excelente. En parte, por mis hijas. Y en parte, porque caminaba delante de mí una mujer con un culo estupendo, que me recordaba mucho a otro más estupendo todavía, cuya propietaria no voy a desvelar. Ya lo sabrá ella si me lee. Y si no, también, porque no me canso de decírselo. Hoy mismo se lo he recordado (porque no me cree).

Así, con una sonrisa de medio lado y la chapela calada a modo de visera, me planto en la puerta del portal. En jarras. Una mujer, que estaba parada delante del escaparate de la tienda de ropa que hay en el local de al lado, me observaba de reojo con cierta desconfianza. 

-Con suerte, esta señora vive en mi portal,- pensé.

Pues no. Al poco, se da media vuelta y cruza a la otra acera. O sí, y huyó asustada. ¡Vaya usted a saber! Con boina debo impresionar mucho (que estoy impresionante, o sea). Yo, "quieto parado". Alguien vendrá pronto... 

No. 

Basta con que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato, cuando estuve parado en la calle, no venía nadie. Cinco, diez, quince minutos… ¡Por fin! Mi vecina la del perro. Bueno, realmente tiene tres. Los saca a pasear por el jardín de detrás de casa.

-Hola, buenas noches.- Sonreí y me quité la boina. Con ella en la mano, me vi a mí mismo como la estampa viva de Alfredo Landa en Los santos inocentes

Mi vecina la del perro (bueno, realmente tiene tres), debe estar acostumbrada a mis excentricidades. Ya me ha pillado en alguna otra. Aún así puso cara de entre sorna y curiosidad.

-Hola.

-Gracias. Llevaba esperando un rato porque estoy sin llaves.

Le resumí los acontecimientos (obviando lo del culo de la transeúnte, que no me pareció adecuado mencionar), y se despidió de mí deseándome suerte.

-Cualquier día esta llama a los loqueros,- pensé.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué los folios arrancados del cuaderno de Jimena, tratando de introducirlos entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Caminé hasta el coche. Esta vez, no hubo transeúnte, así que me conformé con recrearme en el recuerdo y la imaginación del otro; del que me gusta. Mucho mejor. El recuerdo, digo. Y la imaginación. Esos nunca te fallan. 

Esperaba encontrar algo más consistente que los folios de Jimena, rebuscando en la guantera. Deseché la rasqueta del hielo. Muy gorda. Eso no cabe. ¡Albricias! La tarjeta de la O.R.A. Deshice el camino y llegué al portal.

Dos mujeres hablaban en la puerta. Parece que esta vez no tendría que esperar. 

-Hola, buenas noches. ¿Vivís aquí? Es que no tengo llaves.

Me miraron con desconfianza (se me había olvidado quitarme la boina).

-Sí,- afirmaron con la voz apagada.

No me pareció que fueran a abrirme. Silencio incómodo, interrumpido cuando se enciende la luz de dentro y sale por la puerta mi vecina la del perro, que realmente tiene tres (lo he dicho ya ¿no?).

-Hola. ¿No has podido entrar?

Me quité la boina.

-No. Voy a probar con otra cosa.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué la tarjeta de la O.R.A., tratando de introducirla entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Allí estaban mis tres vecinas de tertulia a la puerta. La del perro, también (sí, que tiene tres, que ya lo has dicho, “pesao”). Me uní a la tertulia.

-Necesitaría una radiografía.

-Yo tengo una en casa. Te la bajo.

-Muchas gracias.

Cinco minutos con tres desconocidas parado de pie en la calle a la puerta del portal, y con boina, se hacen muy largos. Casi tanto como coincidir en un ascensor. 

-Pues a mí me pasó una vez y tuve que llamar al cerrajero.

-¿Has preguntado al portero?

-Y con una radiografía ¿cómo vas a abrir la puerta?

Por fin, aparece la señora con su radiografía. Un enema opaco que no pude reprimir echar un vistazo. Todo en orden (defecto de profesional).


Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Maniobré unos minutos con la placa tratando de introducirla entre el marco y la puerta.

-Hoy duermo en la escalera,- pensé. 

Finalmente conseguí hacer ceder el resbalón.

Ahora estoy sentado en el sofá, los pies encima de la mesa y el ordenador sobre las piernas. Me he atizado un par de vasos del orujo de manzana que me regaló Carlos (está buenísimo, pero da un poco de resaca). La boina en el apoyabrazos del sofá. Con un poco de suerte la pongo de moda. 

Apuro la copa y me voy a la cama. A soñar con el culo más perfecto del mundo. Y con Ninette.