miércoles, 8 de octubre de 2014

Fin de semana en Florencia

Miguel hacía cola en la sala de embarque, distraído en sus pensamientos, con la mirada perdida en el suelo. Al levantar la vista sintió un escalofrío que le sacó del ensimismamiento. La maleta naranja estaba ahí. Y de pie, al lado de la maleta, aquella mujer de tez morena, alta, labios carnosos, sensuales, ojos grandes color canela y mirada curiosa. La observó con atención. Calzaba unas botas camel de media caña con la cremallera abierta hasta el tobillo. Por encima de la bota, un dobladillo de cuadros rojos escoceses remataba la pernera del pantalón vaquero ajustado, que dejaba asomar un poco los calcetines. Abrigo marrón de lana, entallado y con solapas anchas. Un pañuelo estampado, anudado al cuello, dejaba el escote a la imaginación y, por encima de los hombros, una bufanda a juego con las botas y los con ojos. Cejas finas, cuidadosamente arregladas. Dos pequeños pendientes en la oreja izquierda. Uno con un zafiro tallado en “baguette" y otro con un lazo. Tenía un lunar en el pómulo izquierdo y le estaba mirando.

Hay pocas cosas tan ilusionantes como las coincidencias. Le ocurrió una hora antes, cuando entró en el metro para ir al aeropuerto. El vagón se abarrotó de gente. No se podía mover. Ella estaba apoyada en la puerta opuesta al andén. Miguel quedó de frente, agarrado como pudo a la barra más cercana. Se fijó en la maleta naranja y en la mujer que tenía delante, a pocos centímetros, que le sorprendió observándola. Le sostuvo la mirada un largo rato, y Miguel pudo ver con claridad esos ojos que quedaron fijos en los suyos.

Tras salir del metro en la parada del aeropuerto, la mujer le adelantó en el pasillo mecánico cuando Miguel se paró a sacar la tarjeta de embarque para comprobar la terminal. Caminó un tramo detrás de ella fijándose en su andar. La perdió de vista en la cola del control de seguridad. Ahora estaba allí de nuevo. En la misma sala de embarque que él. Iban a coger el mismo vuelo.

El avión llegó puntual a Pisa. Había ido a visitar a su amigo Stefano. Se habían conocido unos años antes en Dublín, en un intercambio de Erasmus, en el último año de carrera. Stefano estaba terminando Arquitectura y Miguel, Filosofía y Letras. Habían mantenido contacto regular por correo electrónico y Facebook y se habían visto en dos ocasiones en Madrid, donde Stefano había viajado a causa de María, una chica española que había conoció en Florencia y con la que había entablado una relación. María tenía una beca de la universidad, en el museo del Palazzo Vecchio. Stefano trabajaba de guía para el museo.

Las cosas no estaban fáciles. Nació en una familia humilde en Rispecia, una localidad cercana a Grosseto, en el sur de la Toscana, cerca del mar. Aficionado al arte y enamorado de la ciudad a donde se había trasladado a estudiar la carrera, Stefano encontró trabajo pronto en el museo como guía. No disponía de recursos económicos para montar su propio estudio. Tendría que haberse endeudado en espera de ganar algún concurso o encontrar algún cliente. Difícil en una ciudad en la que había demasiados arquitectos colegiados. Tampoco le seducía la idea de trabajar para otro arquitecto. La crisis de la construcción había hecho cerrar más de un estudio, y las condiciones de trabajo no eran buenas: demasiadas horas para poco sueldo, en irregulares condiciones de contrato.

No ganaba mucho trabajando para el museo, pero tenía un horario flexible, que le permitía realizar servicios para agencias y hoteles que ofrecían visitas guiadas a los innumerables turistas que visitaban la ciudad. Con su carácter abierto y curioso, este trabajo le invitaba a relacionarse con gente de todo origen y le proporcionaba algún ligue esporádico con chicas extranjeras que viajaban solas soñando con un romance en Italia. Más de una madrugada había salido furtivo de un hotel con la boca seca, despeinado y con una sonrisa.

Gracias al trabajo de guía conoció a María. Era una española simpática y temperamental que soñaba con vivir en Italia. Después de finalizar sus estudios en Madrid, María se matriculó en un curso intensivo de italiano en San Gimignano. Le apasionaba la Toscana y buscaba la manera de poder conocer esa región. El curso duró cuatro meses, en los que subsistió trabajando por las tardes en la cafetería de la universidad a cambio de alojamiento y comida, y con algo de ayuda económica de sus padres. Una mañana cogió un autobús a Florencia para informarse sobre la posibilidad de trabajar en algún museo. Se enteró así de la existencia de una beca de la Universidad de Valencia para el Palazzio Vecchio y mandó la solicitud. Al regreso del verano, concedida la beca, se incorporó en la plantilla del museo.

Stefano le tenía mucho afecto a Miguel. Habían congeniado muy bien cuando convivieron en Dublín aquellos nueve meses. Había sido muy atento con él las dos ocasiones en que había visitado España. Le hacía ilusión recibir su visita y poder compensar su hospitalidad.

Tras aterrizar en Pisa, Miguel desembarcó y se dirigió hacia la terminal. Había visto a la mujer de piel morena entrar la última en el avión, pero la había perdido de vista cuando ella siguió por el pasillo buscando asiento en la parte trasera, y se había olvidado de ella durante el vuelo. Siguiendo las indicaciones de los rótulos, encontró la ventanilla donde despachaban los billetes de tren y adquirió uno para Florencia. El andén estaba en el mismo aeropuerto, a cincuenta metros de una de las salidas. Se informó de la hora de llegada y puso un mensaje a Stefano, que había quedado en recogerle en la estación de Santa María Novella.

–Hola Stefano. Ya estoy en Pisa. El tren llega a las dos a Florencia.

–Salgo un poco antes de trabajar. Nos esperamos delante de la farmacia que hay en la puerta de la estación –respondió.

Miguel guardó el teléfono en el bolsillo, subió al tren y se quedó de piedra: la inconfundible maleta naranja descansaba sobre el portaequipajes, al principio del vagón de la derecha.

–¡Vaya con la coincidencia!– Se dijo dejando escapar una sonrisa. –Esta mujer va a creer que la estoy siguiendo– pensó, y se dirigió al pasillo opuesto. Buscó asiento y abrió la novela que había elegido para el viaje. El tren arranco con un chirrido.

Una hora más tarde llegaba a Florencia. Cada vez que viajaba se sentía transportado a una aventura. Todo era nuevo. Observaba el paisaje, los detalles, a la gente, y trataba de retenerlo todo en la memoria. Se sentía abstraído y seducido por cada pequeña cosa. El diseño de un billete de tren, los carteles publicitarios, el uniforme del revisor o de la policía… Una sensación de sugestión continua que le hacía vivirlo todo con intensidad y, al mismo tiempo, como si estuviese metido dentro de un sueño, ensimismado dentro de la propia realidad que estaba viviendo. Encontró la farmacia sin dificultad. Cinco minutos más tarde apareció Stefano. Se había dejado barba y llevaba el pelo rapado casi al uno. Lo encontró más delgado, pero su rostro mantenía un gesto sereno. Se abrazaron.

Come stai? ¡Qué alegría verte! ¿Qué tal el viaje?

–Bien, bien. Estoy bien. ¿Y tú?

Se cuidó de hacerle ningún comentario sobre su delgadez. Sabía que hacía unos meses había cortado con María y suponía que su estado de ánimo no debía estar muy fuerte y repercutiría en su apetito. En parte, ese fue el motivo por el que se ofreció a visitarle. Salieron caminado de la estación.

–He pensado en comer en una pequeña trattoria que hay cerca de aquí, camino de casa. Comida casera italiana. Tengo que volver al trabajo más tarde, pero nos da tiempo a dejar luego la maleta. Después te coges mi bici y puedes aprovechar la tarde en ver algo por tu cuenta. Te sugiero la Galería de los Ufizzi. ¿Te parece bien?

Miguel le observó con ternura y sin dejar de sonreír.

–Me parece bien cualquier sugerencia que me hagas. No quiero pensar. Quiero que me organices la vida.

Caminaron, empujando uno la bicicleta y tirando otro de la maleta, hasta la Vía de San Antonino. La Campaninna era el nombre del pequeño restaurante. El comedor, estrecho y alargado. Las mesas muy juntas. Apenas había espacio para pasar entre ellas. La barra a la derecha, se extendía a lo largo del local. Olía a albahaca y a orégano. Bullicio, conversaciones animadas, risas, algunas voces. Se respiraba buen humor. Les sentaron al fondo, en la única mesa que quedaba libre. La mujer esperaba para tomar nota.

–Yo quiero unos espaguetis a la boloñesa con muuucho muuucho tomate– dijo Miguel, alargando las ues, tras haber consultado la carta. –Y una cerveza gigante. ¡Me muero de sed!

Stefano le miraba divertido. La capacidad que tenía Miguel por ilusionarse con los detalles más intrascendentes era contagiosa. Le había observado escudriñar el menú con cara concienzuda y afirmar, muy serio, que tenía una misión que cumplir en este viaje.

–Es una especie de promesa– dijo. –Tengo que comerme un plato de espaguetis con mucho tomate.

Luego levantó la vista, le miró con sorna, y ambos estallaron en una carcajada de complicidad.

–A mí tráigame unos frutti di mare– terminó Stefano de pedir.

La comida transcurrió tranquila, repasando los acontecimientos recientes de la vida de ambos.

Stefano vivía en un modesto apartamento de alquiler situado en un semisótano cerca de la Piazza della Libertà. Miguel dejó la maleta, y pedaleó desde allí por la Via San Gallo siguiendo las indicaciones de su amigo. Se detuvo delante de Santa Maria del Fiore, admirando los colores del mármol de la fachada, y continuó hasta la Piazza della Signoria, donde encadenó la bicicleta para seguir a pie la poca distancia que restaba a la Galería de los Uffizi. Anduvo despacio, dejándose sugestionar por los colores que las luces desprendían de los edificios.

Al pasar por delante de la reproducción del David, que hace guardia al lado de la puerta del Palazzo Vechio, los dedos de un hombre, barbudo y con pelo largo y ondulado, hacían brotar música al acariciar las cuerdas de una guitarra. Esa melodía de Andrea Bocelli, Com te partiró, le detuvo delante del corro de jóvenes que se sentaban en el suelo a escuchar, a la luz del atardecer. Sacó la entrada, subió la escalinata y paseó por las salas fijándose en cada detalle.

Llegó hasta la sala que albergaba El Nacimiento de Venus, una obra que le fascinaba desde su adolescencia, cuando estudió Historia del Arte en el instituto. Al ver el cuadro, se quedó quieto, observándolo durante un tiempo que se le antojó eterno. Los ojos almendrados de la mujer que sale del mar sobre una concha, miran hacia un lugar indeterminado, mostrando nostalgia y misterio ¿En quién estaría pensando? Sus cabellos rubios, largos y rizados, revueltos por el viento. Botticelli inmortalizó a la mujer a la que amaba y a la que nunca tuvo. Simonetta –ese era el nombre de la mujer del retrato– se había casado a los dieciséis años con otro hombre y murió a los veintitrés. Botticelli vivió enamorado de ella hasta su muerte, y se hizo enterrar a sus pies en la iglesia de Ognissanti, treinta y cuatro años después. No es de extrañar que la hubiese elegido como modelo para el cuadro que representa a la diosa del amor.
¿Qué sentimientos se escondían detrás de esa mirada?
Miguel pensaba en la historia de amor imposible de Botticelli, sus ojos fijos en los de Simonetta, tratando de imaginar qué sentimientos se escondían detrás de esa mirada. Contemplaba el cuadro a unos tres metros de distancia. Entonces, una mujer que entró en la sala desde la izquierda, se situó entre el cuadro y él. Cuando el hombre se percató de su presencia solo pudo verle la espalda, pero aquel abrigo marrón y aquellos vaqueros con el dobladillo de cuadros escoceses rojos eran inconfundibles.

Se preguntaba si empezaba a ser más que una coincidencia, en el instante que la mujer se giró hacia él. En el gesto enigmático de sus ojos de canela pudo ver los de Simonetta en el cuadro. Ella le sostuvo la mirada unos segundos y se volvió hacia la puerta caminando con paso lento y majestuoso. Miguel tardó en reaccionar lo que la mujer en abandonar la sala. De un impulso, salió detrás para seguirla. Al entrar en la estancia contigua se detuvo en seco. Allí no había nadie. La sala estaba vacía y la puerta de salida estaba a demasiada distancia para que le hubiese dado tiempo a cruzarla antes de que él llegara. Se frotó los ojos. Estaba seguro de que no había sido una ilusión y se sentía desconcertado. Aún así, cruzó rápido la sala hasta la siguiente. Una vigilante uniformada se sentaba en una silla alta. No había visto pasar a nadie. El museo estaba a punto de cerrar y apenas quedaban ya visitantes. Se despidió de la vigilante con un gesto de agradecimiento. Encogió los hombros y terminó de recorrer las salas que restaban hasta la salida sin poner atención al resto de los cuadros, ni reparar en la cara de dolor aterrador de Lacoonte, luchando infructuosamente para evitar que las serpientes clavasen los dientes en su cintura y en el torso de su hijo.

La cara de dolor aterrador de Lacoonte


Ya en la calle, se dirigió hasta el Arno. Había anochecido. La luna llena acababa de asomar por el horizonte y regalaba al río un reflejo anaranjado. Sintió un escalofrío y prefirió echarle la culpa a la humedad de la brisa. El puente Vecchio, iluminado, se miraba en el espejo de la corriente, como Narciso. Imagen de postal. Regresó sobre sus pasos hacia la Piazza della Signoria, recogió la bicicleta y pedaleó hasta la Piazza della Republica. Se sentó en la terraza del Giubbe Rosse. Pidió un capuccino y dejó correr el tiempo contemplando a la gente que pasaba.

–Hola–. Stefano saludó y ocupó la silla vacía a su lado. Habían quedado en encontrarse allí.

–Hola. ¿Te pido algo?

–No. Gracias. Miguel, ¿te ocurre algo? –Notó a su invitado algo circunspecto; como ausente.

–No. No exactamente. ¿Tú crees en las casualidades?

Perché?

–Me ha pasado una cosa muy rara–. Miguel le contó sus encuentros con la mujer desde que salió de Madrid. Hasta ahí, todo parecía una mera coincidencia. Una anécdota curiosa. Pero su presencia en la galería de los Uffizi, la manera en que le miró, y su súbita desaparición, ya no le parecieron casuales.

–Hay muchos pasadizos y puertas escondidas en estos palacios, Miguel.

–Eso explica su desaparición. Pero no su presencia y, mucho menos, el motivo para haberse esfumado.

–Imagínate que no. Que es todo casual. Que le ha llamado la atención tu continua presencia a lo largo del viaje, como te ha ocurrido a ti con ella. Que conoce el museo bien. Puede ser florentina, o trabajar en la galería. Yo me conozco varias puertas escondidas en el Palazzio Vecchio. Que te encuentra, por casualidad, ensimismado mirando el cuadro de Botticelli y decide, también divertida por la coincidencia, tomarte el pelo. Hacerse notar y desaparecer. Y mientras tú salías corriendo detrás, ella te podía estar observando, muerta de risa, desde alguna mirilla disimulada–. Stefano hablaba pausado, con ese acento italiano mezclado con compostura, observando la cara de desconcierto de Miguel, que se había empeñado en ver fantasmas. –La explicación más sencilla suele ser la más lógica.

–¿Y el parecido con la mujer del cuadro? Sus ojos, la mirada. Sé lo que vi. Era Simonetta.

–Era suggerimento, Miguel. Sugestión–, repitió con paciencia, ahogando un suspiro.

–No lo sé. Puede que tengas razón y sea así. Una explicación sencilla–, cedió al fin Miguel para zanjar la discusión, aún sin tenerlas todas consigo. –Vámonos a casa, anda. Pasamos por un supermercado antes para comprar algo para cenar. Yo cocino.

–Compramos la bebida. Tengo carne con una salsa hecha por mi madre que te vas a chupar los dedos.

–Hecho –se sonrieron–. No voy a competir con la cocina de la Toscana y, mucho menos, con la de tu madre.

La luna les seguía, jugando al escondite.
Se levantaron de la mesa y cruzaron la gran plaza rectangular, de edificación neoclásica iluminada por focos, en dirección hacia el Duomo. La luna les seguía, jugando al escondite entre los tejados de Florencia. Miguel empujaba la bicicleta por el manillar y Stefano caminaba a su izquierda. Al llegar a Santa María di Fiore, Miguel se detuvo. El mármol blanco de la fachada, combinado con el rosa y el verde, y la luna llena asomando por el borde de la inmensa cúpula de Brunelleschi, ofrecían un espectáculo de luz y color en mitad de la noche, y despertaban un sentimiento de admiración que obligaría a detener el paso a cualquiera. Pero ese no fue el motivo por el que se paró. Mientras caminaban en silencio, Miguel pudo ver con claridad cómo aquella misteriosa mujer le estaba observando, a unas decenas de metros, desde la esquina del Borgo San Lorenzo con la Piazza di San Giovanni. Enfundada en el abrigo marrón, las manos dentro de los bolsillos, miraba fijamente hacia ellos. Cuando Miguel se percató de su presencia, la mujer dio media vuelta y desapareció por la Via de Martelli, confundiéndose entre la gente. Miguel no dijo nada. No quería que Stefano pensara que se había vuelto chiflado.

Llegaron a casa alrededor de las nueve de la noche. Prepararon la cena. Las cervezas que cayeron en la cocina mientras calentaban la carne, el chianti con la que la maridaron y el moscato que habían dejado en el congelador al volver del supermercado, que descorcharon al postre, les engrasaron la lengua y abrieron la mente para que la conversación terminase siendo fluida y sin tabúes. Así que Miguel, terminó sacando el tema.

–¿Sabes algo de María?

Stefano se quedó mirando el contenido burbujeante de la copa, como hipnotizado.

–Sí y no–. Hizo una pausa. –Hace un mes que no hablo con ella. Sé de referencias, por alguna conversación con otras personas o por el Facebook, por dónde anda más o menos, y con quién está.

–No quieres hablar de ella.

–Sí, supongo que sí. Es una historia complicada, y es pasado. No me hará mal, digo yo. No termino de entender qué ocurrió. Non capire le donne! ¡No las entiendo!– Levantó la vista de la copa y miró a Miguel. –A algunas mujeres, al menos. Ha sido una relación muy especial. Ella es muy especial. Hubo muchas dificultades. Cuando creí que, por fin, ambos las habíamos vencido y superado, se fue.

–Otro hombre…

–Puede ser. Sí, hay otro hombre. Pero no tengo claro que ese haya sido realmente el motivo. Creo que necesitaba probar otra cosa, desengancharse de mí. Vivía la relación con una sensación de dependencia, como adictiva. Después de su decisión de irse, hemos seguido viéndonos durante bastante tiempo. Más de medio año. Llegué a albergar la esperanza de que fuéramos a volver, de que iba a dejar a aquel tipo. –Stefano sacudió la cabeza como para espantar un pensamiento que le producía rabia y dolor mezclados–. Es igual. Estas cosas siempre son así. Y cuantas más vueltas les das, menos vas a ninguna parte, salvo a envenenarte la sangre y a arrabiarti.

–La quieres aún…

Stefano le respondió con la mirada.

–Cuando me la presentaste en Madrid –Miguel hablaba pausado– me preció que ella estaba muy enamorada de ti. Creo que hacéis una buena pareja. Las cosas estas del querer, Stefano, son raras. Si sigue sintiendo algo por ti, y desapareces y te echa de menos, es probable que vuelva a buscarte.

–Miguel, –ahora era Stefano el que hablaba sereno y solemne, mirándole a los ojos, como si estuviera recitando un discurso muy meditado– yo soy un hombre sencillo, sin doblez. Digo lo que siento, aunque a veces sea parco en palabras. Tengo poco, pero ofrezco y doy lo que tengo. Soy amable y cariñoso con todo el mundo; ¡cuánto más con la persona con la que quisiera compartir mi vida! Toda esa cantinela de dar celos, de echar de menos lo que no se tiene… Sí, es recurrente en la literatura. Es el manual que puedes leer en el Cosmopolitan o en los chats de Yahoo. Pero denota un planteamiento de las relaciones de pareja que a mí me parece infantil. Immaturo. De adolescentes. ¡No somos dos adolescentes! Si tengo que jugar a esconderme, a hacerme el interesante, a dar celos, a no prestar atención a alguien a quien quiero, para que ese alguien se fije en mí, creo, sinceramente, que esa persona tiene mucho que madurar y que no está preparada para una relación de pareja adulta. A menos, como yo la entiendo. Desde la libertad, no desde la manipulación emocional. A lo mejor funciona. En muchos casos puede que funcione. Pero si funciona, es que falta madurez. Cuando una persona adulta sabe lo que quiere, sobran ese tipo de juegos. María, ahora, parece saber muy bien lo que quiere, al menos su trayectoria desde hace más de un año ha sido clara, aunque con vaivenes que en ocasiones me han confundido bastante. Es cierto que en algún momento he estado indeciso, que hemos vivido situaciones complicadas. Ella parecía que tenía muy claro lo que quería: convivir bajo un mismo techo, formar una familia. Yo tuve que resolver algunos asuntos y madurar las cosas. Cuando estuve preparado y le dije que sí, ella se fue. No voy a dejar de quererla, pero no puedo imaginarme convivir con una mujer tan voluble y caprichosa.

–A lo mejor es eso lo que te gusta de ella, lo que te atrae tan irremediablemente.

–Puede.

La sonrisa de Miguel se iba agrandando por instantes.

–Entonces, no deja de haber algo irracionalmente emocional en el atractivo que ella ejerce sobre ti, que hace que sigas deseando a una mujer voluble y caprichosa, y que desarma todos los argumentos que me acabas de dar sobre la madurez.

Y la sonrisa de Miguel se tornó en una sonora carcajada contagiosa que los arrastró a los dos. A Stefano le encantaba esa manera que tenía Miguel de reírse y de bromear de la vida. Sin perder la seriedad, se lo tomaba todo con una sonrisa, como una broma. Era capaz de quitarle hierro a las cosas más serias sin caer en la banalidad.

–En serio, Stefano. Te escucho hablar y concluyo que piensas de una manera pero sientes de otra. Si realmente lo sintieras, no me habrías mirado con esos ojos de carnero degollado cuando te pregunté si la querías. Respóndeme a una pregunta. Si mañana llamase a esta puerta y te dijera que quiere volver contigo, ¿qué harías?

Stefano tardó en contestar. Meditaba la respuesta.

–Si te soy sincero, la verdad es que non lo so. No lo sé. Lo que te he dicho antes lo creo firmemente. Creo que las relaciones, para perdurar en el tiempo, para que sean enriquecedoras, deben de basarse en la libertad. Los cambios de humor de María, sus “enfados” cuando algo no sale como ella quiere, sus continuas idas y venidas… Supongo que, en la situación actual, si viniese a buscarme sería después de una decisión muy meditada por su parte. Que habría comprendido que el secreto está en dar, no en esperar a recibir. Que los conflictos son parte de la vida y que, si existe la voluntad de construir juntos, se afrontan y se superan. No se queda uno estancado en ellos, o renuncia por que aparecen. Porque los conflictos siempre aparecen, Miguel. Entre hermanos, entre padres e hijos, entre compañeros… ¡Cuánto más entre una pareja que comparte tanta intimidad! Huir del conflicto, no afrontarlo; pretender que la vida es un camino de rosas en el que no tiene que pasar nada, en el que no se debe sufrir, en el que, si te quieren te lo tienen que dar todo hecho y si no, es que no te quieren, y cerrar la puerta por fuera ante el primer contratiempo, son planteamientos infantiles. Son irreales. Esto que te digo, me lo aplico a mí también. En ocasiones he caído en los mismos errores que ella. ¿Cómo decís en España? ¡Ah, sí! Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Stefano rellenó su copa con lo que quedaba de moscato en la botella y siguió hablando.

–No lo sé, en serio. Pero lo que si sé es que no le diría un sí de entrada. Tendríamos que tener una conversación, o varias. Tendría que demostrarme que sabe claramente qué es lo que quiere, que apuesta por mí, que no va a ser un nuevo sí pero no, pero no sé. En mi vida no hay nadie, Miguel. Soy realmente libre para decidir. Me ha costado mucho superar su ausencia, pero lo he hecho sin rellenar el hueco con otra persona. Io sono la persona que ocupa ahora todo ese hueco y me siento bien así. No necesito tener alguien a mi lado para ser feliz.

Hizo una pausa para llevarse la copa a los labios y apurar el vino dulce y espumoso, que ya se había calentado, antes de rematar el tema. Le aburría ya, y le quemaba la garganta de hablar.

–Te diré algo, Miguel. Si tuviese que apostar, te diría que no va a volver. Si me preguntas qué es lo que yo deseo... Deseé que volviera. Ahora, después de este tiempo, puede que te responda según el momento del día o la cantidad de moscato ingerida. –Stefano dejó la copa vacía sobre la mesa y esbozó una sonrisa. –¿Y tú? ¿Qué es de tu vida amorosa? ¿Tendrá que ver con esa mujer misteriosa?

–¿Simonetta?

–¿Cómo? ¿Ya le has puesto nombre? –rió Stefano.

–Sí. La he llamado así tras su aparición delante del cuadro de Botticelli.

–Es una bella historia. La de Simonetta Vespucci y Sandro Botticelli, –recordó Stefano al asociar el nombre con la modelo del cuadro.

–Es la historia de un amor imposible. –Miguel ahogó un suspiro, que no le pasó desapercibido a Stefano. El vino le había debilitado sus defensas emocionales.

Stefano se levantó de la silla y regresó con la guitarra. Embriagados por la bebida y resacosos de emociones, agotaron el repertorio de canciones tradicionales italianas y españolas que ambos conocían.

*   *    *

El domingo amaneció ventoso. Las nubes no lograban cerrar el paso al sol, que se colaba entre sus jirones, y entre las láminas de la persiana a medio bajar. Así les sorprendió la mañana a los amigos que se habían quedado dormidos en los sofás del salón. Café con mucha agua y con aspirinas para desayunar, y una cita para ver el Palazzio Vecchio. Stefano tenía concertada una visita guiada con un grupo, al que se unió Miguel como invitado. Es un lujo poder visitar un lugar así de la mano de un guía amigo. Cuando finalizó la visita, Stefano despidió al grupo y condujo a Miguel por recovecos que no se enseñan a los turistas. Primero le subió a la cubierta del Salón de los Quinientos, por una escondida escalera lateral que ascendía hasta sobrepasar el techo. Si ya resultan impresionantes las dimensiones de la nave, el artesonado, o los frescos de Vasari, no lo es menos el armazón de la cubierta. Un entramado de pares, tornapuntas, pendolones y tirantes a dos alturas.

Los cuchillos más elevados, que soportan las correas sobre las que apoya el tejado, se alternan con otros de menor altura que sujetan, junto con los anteriores, las imponentes piezas de madera tallada del artesonado. Después de admirar la obra de ingeniería de más de cinco siglos de antigüedad, se dirigieron a la Sala de los Mapas. Una sala amplia en la segunda planta, cuyas paredes son paneles de madera pintados con mapas de todo el mundo conocido en el siglo XVI. Stefano se acercó con paso firme y lento hacia una de las esquinas de la estancia y saltó sin disimulo por encima del cordón de seguridad que impedía a los visitantes acercarse demasiado a las pinturas. Con un ademán indicó a Miguel que le siguiera. Lo hizo intrigado. Y más, cuando Stefano introdujo los dedos por detrás del marco de la tabla que contenía el mapa de Azerbaiyán y el mar Caspio, tiró y se abrió una puerta por la que le invitó a pasar.

La puerta disimulada era la entrada de un pasadizo por el que se accedía, subiendo una escalera, a una azotea alargada. Al otro lado de la misma, otra puerta llevaba a una cámara. Miguel ascendía por la escalera delante de Stefano, en penumbra gracias al contraluz que entraba por el extremo abierto a la azotea. Al llegar al patio, se detuvo en el quicio de la salida. La mujer misteriosa del metro, del avión, del tren, estaba, de nuevo, en frente de él. Al otro lado. Asomando la cabeza por el marco de la puerta de la cámara de enfrente, los ojos canela le miraban fijamente. Miguel se detuvo de golpe y Stefano casi se choca contra su espalda.

Cosa succede, Miguel?

Miguel giró la cabeza hacia su amigo, mientras levantaba tembloroso el brazo, señalando al otro lado del patio. Stefano le hizo a un lado con un leve ademán y se asomó a la luz de la azotea. No vio nada que le llamase la atención y que justificase el tono céreo del rostro de su amigo. Cuando Miguel pudo recobrar el resuello, casi no se atrevía a darle una explicación a Stefano.

–La he visto. Ahí, Stefano. Al otro lado. Detrás de la jamba de esa puerta. Era ella.

Stefano le miraba asustado. Los ojos desencajados de Miguel mostraban una mezcla de estupor y de miedo que le dejó preocupado. Al otro lado, solo había una pequeña sala, diáfana, con el techo decorado con un fresco con motivos pompeyanos, y un portillo que cubría una celosía que permitía espiar y escuchar en secreto las sesiones del Salón de los Quinientos.

–Tranquilízate. Miguel. Esa habitación no tiene salida. Si tu dama misteriosa está ahí, aclararemos todo esto.

–Vamos, ­–apostilló Miguel, ya repuesto de la impresión.

Entraron en la habitación pero no había nadie.

–Estoy seguro de que es una sugestión, como bien me dijiste ayer, Stefano. No hay que darle más vueltas. Estoy un poco obsesionado con la coincidencia. Anoche soñé con que me encontraba a esta mujer aquí. Bebimos mucho. Estoy un poco resacoso. La luz del patio, saliendo del pasillo a oscuras, me ha deslumbrado. Ha sido una ilusión.

–Seguro que ha sido eso, Miguel. Aunque has puesto cara de haber visto un fantasma, –rió Stefano. –Ven, abramos este portillo en lo alto de la escalera. Desde aquí los Medici podían observar y escuchar los plenos del salón.

Se asomaron al ventanuco.
Se asomaron al ventanuco tapado por la celosía y contemplaron la sala desde la altura. Esta vez, no hubo ilusión. Ambos amigos pudieron ver con claridad a una mujer con un abrigo marrón que, desde el centro del salón, tenía la cabeza levantada hacia el lugar desde donde observaban. Como si supera que los dos hombres estaban allí, hizo un pequeño gesto de saludo con la mano, se giró y desapareció andando hacia la puerta que conduce a la salida.

*   *    *

El lampredotto es la versión florentina de los callos. En la Piazza dei Cimatori, en la Via de Dante Aligheri, hay un quiosco donde lo sirven en panino, en bocadillo de pan de pita. Apoyados en la barra, los amigos daban cuenta a un par de panini di lampredotto con sendas cervezas. Masticaban en silencio, pensativos. El fantasma de Simonetta ocupaba sus pensamientos. Al final, Miguel habló.

–Simonetta es real, Stefano.

–¿Qué quieres decir?

–Que no es un fantasma.

–Yo no creo en los fantasmas, amico.

–Yo tampoco. Me refiero a que no es una sugestión, ni una alucinación. No estoy loco. Esa mujer existe. Sé que existe. Desde que coincidí con ella en el metro de Madrid. Simboliza a los amores imposibles, a los amores prohibidos. Su parecido con la Simonetta de Botticelli es sorprendente.

–¿Hay alguien en tu vida, Miguel?

Miguel le miró en silencio. Después dio un mordisco al panino y un trago a la cerveza.

–Sí y no.

–Explícate, Miguel. Soy todo oídos. –Sonrió Stefano.

­–Me da vergüenza.  –Volvió a dar otro trago y otro mordisco. –Es un poco infantil. Estoy enamorado de una mujer a la que no conozco.

–Eso no es posible. No de una manera sana y real, Miguel.

–Lo sé. En realidad la conozco por Internet. Nos encontramos por casualidad en Facebook. Entablamos amistad. Hablamos por chat y alguna vez por teléfono. Tiene una voz preciosa, Stefano. Muy sensual y cariñosa. Es una mujer excepcional. Generosa, inteligente, sensible, observadora, extrovertida, vitalista, positiva, emprendedora, fuerte, comprensiva, desinteresada, amable, espontánea, responsable, divertida... Siempre de buen humor, radiante, viendo el lado positivo de las cosas.
–A ver, que creo que me estoy perdiendo algo. No entiendo… –Stefano no podía disimular la cara de sorpresa ante tan efusiva declaración.

–Hablamos con frecuencia. Nos contamos nuestras cosas, nuestros días. Somos confidentes, cómplices.

–¿Te acuestas con ella?

–Te he dicho que no la conozco. No la he visto en mi vida. No sé cómo es. Nunca hemos quedado. Chateamos, nos escribimos, hablamos por teléfono…

Stefano miraba entre divertido y preocupado a su amigo. No tenía nada en contra de una relación así que, por otro lado, parecía bastante inocente, como un juego. Lo que le preocupaba es no estar del todo seguro de hasta qué punto su amigo no se estaba obsesionando con una historia irreal.

–¿Y cómo es que no os conocéis? ¿No habéis hecho por quedar? ¿Vive lejos de ti? ¿En otro continente, quizás?

Miguel sonreía al ver a su amigo tratando de adivinar los detalles de la historia, antes de que él se la fuese desgranando.

–No. En realidad, vive en Madrid.

–¿Y no habéis hecho por veros?

–Hemos decidido no hacerlo. Stefano, esto comenzó como un juego. Un coqueteo medio en broma, medio en serio. Poco a poco hemos ido compartiendo más, hablando más. Pero no podemos llegar a otra cosa. Ella está casada y no va a dejar a su marido. Yo no espero otra cosa de esta relación. Me sirve.

–¿Me estás queriendo decir que te has enganchado a una relación con una mujer a la que no conoces y que ni siquiera está libre? –El tono de Stefano era de preocupación mezclado con sorna. No terminaba de tomarse todo aquello muy en serio.

–Enganchado no es la palabra exacta, amigo. Digamos que hay alguien en mi vida al que no le pongo cara, pero que es real. Hablo con esa persona con frecuencia y me hace bien. Nos hacemos bien. Yo vivo mi vida y ella la suya. Pero me hace sentir ilusión. Hay alguien pendiente de mí y alguien de quien yo estarlo. Por eso te digo que creo que me estoy enamorando. Por la ilusión.

–Miguel, todo eso puede estar bien… O no. Depende de lo que te implique u obsesione, o del tiempo y de la energía que te robe. No deja de ser irreal.

–No estoy de acuerdo contigo, Stefano. Es real. Tan real como lo fue Simonetta para Botticelli a pesar de haber muerto y solo poder adorarla en el recuerdo. Tan real que inmortalizó su rostro en ese cuadro que muestra su ideal de la diosa del amor. No es una relación al uso. O no es una relación plena. No lo es, porque es un amor imposible. Pero a ambos nos hace bien y no nos impide segur con nuestras vidas.

Habían dado cuenta de los bocadillos y de las cervezas. Pagaron la cuenta y se dirigieron dando un paseo hasta el decimonónico y tradicional Café Paszkowski, en la Piazza de la Repubblica. Allí, delante de una taza decorada con la densa espuma de la leche y vetas de manchas de café, que daba lástima estropear revolviéndola con la cucharilla, terminaron la conversación.

–¿Cómo se llama?

–No lo sé, Stefano.

–¿Cómo? –El italiano no sabía si enfadarse o reírse. –¿Desde cuándo estás en esta historia?

–Desde hace unos nueve meses.

–Y no sabes ni su nombre… ¿Cómo es?

–Tampoco lo sé. –Miguel contestaba sin poder reprimir una sonrisa, porque era consciente del absurdo que estaba viviendo. –Ya te dije que me daba vergüenza contártelo porque es un poco infantil. Empezó como un juego. Un coqueteo. En ese juego nos pusimos seudónimos. Abejita, tortuguita.. Tonterías así. Chiquilladas. ¡No te rías! –Stefano se estaba carcajeando; Miguel seguía hablando, tratando de contener él la risa también. –No conozco su rostro. Acordamos no enviarnos fotografías. Solo conozco su voz.

–Pero, ¿y el perfil de Facebook? La tienes entre tus amigas ¿no?

–Es falso. Es un perfil ficticio. Sí, la tengo entre mis amigas. Es Luna de Seda. Y su foto de perfil…

–¡El rostro del retrato de Simonetta encarnando a Venus! ¡No me digas más! Lo he visto en tu muro. –El camarero levantó la vista sorprendido por la sonora carcajada de Stefano, que no podía contener las lágrimas de la risa, contagiando a Miguel. –¡Estás fatal, querido amigo! Ma tu sei adorabile.

La tarde se fue escurriendo entre paseos por las calles de Florencia. Un helado en la Piazza de la Passera, curiosear escaparates, y terminar sentados en la escalera de la Santa Croce con un perrito caliente y una cerveza cada uno, mirando cómo el cielo pasaba del azul al naranja, con el venir del crepúsculo.


*   *    *



         Habían pasado seis meses desde Miguel había visitado a su amigo en Florencia. Era una mañana de domingo y aprovechó que el calor aún no había invadido el aire de Madrid para ver la nueva exposición temporal del Museo Thyssen. Pop Art. Suena a palomitas de microondas. Podría estar bien. Y lo estuvo. Nada más traspasar la puerta que accede a la primera sala, ahí estaba aquel rostro. Era un cuadro grande, un dibujo hecho con trazos de colores. Andy Warhol era un genio. Con unas pocas pinceladas, había reproducido el rostro de Simonetta en una réplica fantástica del cuadro de Botticelli. Mientras Miguel contemplaba admirado la pintura, le sonó en el móvil un mensaje. Stefano le acababa de enviar una fotografía en la que posaba abrazado a María, y no pudo reprimir la sonrisa.

–Parece que tuvisteis esa conversación, –respondió al mensaje, añadiendo una carita sonriente. Guardó el teléfono, levantó de nuevo la vista al cuadro y sus ojos se toparon con los de color canela. No le miraban desde el lienzo, si no desde el rostro de la mujer misteriosa que le había seguido a Florencia. Simonetta dio un paso hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y le besó.

–Por fin sé a que sabes, Miguel. Y me gusta.




martes, 29 de julio de 2014

Una cita (literaria).

"Enrique tenía bastantes dudas sobre cómo iba a resolver el problema. Aquella tarde de agosto había salido de casa con mucha dificultad. En parte, porque hacía un calor terrible. Y en parte porque sus ciento sesenta kilos no le facilitaban pasar por el hueco de la puerta. 

La última vez que trató de salir del piso fue un año antes. Susana le había invitado al concurso de ingesta de gominolas que celebraba cada mes de septiembre en el jardín de su casa para despedir el verano. 

¡Qué mejor manera de celebrar el triste acontecimiento del regreso del otoño! El hecho de que no tuviese jardín –en realidad vivía en un apartamento abuhardillado, un octavo sin ascensor, en un edificio muy viejo del barrio de La Latina– no era un problema. Tampoco lo era que no se llamase Susana, que no tuviese gominolas y que toda la historia de la fiesta no fuera más que una parida que se le ocurrió una tarde aburrida de domingo tras el cuarto gintonic. En realidad se llamaba Manolo. En su madurez había sido camionero, pero al ir descumpliendo años, se había vuelto un adolescente apático con la cara llena de granos. La merma de edad no le había hecho perder el gusto por la ginebra ni por las putas. Pero como ya no podía trabajar –se le había olvidado conducir cuando descumplió los veintiuno, que era la edad que tenía en la fecha en que el carné había sido expedido– y los pocos ahorros que tenía se los había quedado el banco –por debajo de dieciocho no le dejaron sacar dinero–, se tenía que conformar con ver páginas porno en internet y robar las botellas en los supermercados. 

Manolo era un aficionado a la frikypedia. Había creado varias páginas absurdas sobre temas ridículos. La que más éxito había tenido fue la AAG (Asociación de Amantes de las Gominolas). Contaba con quince socios repartidos por varios continentes. Había una china, que vivía en Alaska, muy activista. No sabía, en realidad, su nombre –suponiendo que no utilizase un pseudónimo–, porque firmaba con caracteres chinos y Manolo no sabía chino. Algo de francés y de griego de su época de camionero, que ya se le había olvidado por falta de uso.  Tampoco se fiaba de que fuese china. Igual era mentira y solo vivía en Alaska. ¡Vete tú a saber! Los chinos son un poco extraños, aunque sean chinos de mentira. 

De cualquier manera, en ningún momento se pudo imaginar que aquel tipo terriblemente obeso, con el pelo casposo y grasiento, aplastado sobre un cráneo que parecía salir directamente de los hombros, sin cuello, fuese a llamar a su puerta preguntando por Susana. Le costó un esfuerzo terrible convencerle de que aquello no era más que un juego virtual de un grupo de seres humanos –y algún extraterrestre y una lechuza– que se aburrían mucho por ser extremadamente inteligentes y tener una visión de la vida que iba más allá de lo que el resto de los mortales era capaz de percibir. Algo así como los niños superdotados que se aburren en los colegios y sacan malas notas, pero de adultos: se aburren en la vida real porque su elevada inteligencia les impide encontrar estímulo en los acontecimientos cotidianos. Y también sacan malas notas. 

Lo que a Enrique le había costado un esfuerzo terrible fue subir los ocho pisos andando. En aquella época estaba unos kilos más delgado (dos o tres) y no tuvo tanto problema para salir de casa. Cuando iba por el descansillo del segundo se estaba cuestionando si habría sido una idea acertada acudir a esa fiesta. La idea del atracón de gominolas le impulsó a sacar fuerzas para llegar al final, no sin hacer varias paradas para recuperarse de la disnea. Cuando se enteró de que lo de la fiesta era un camelo y, lo que es peor, que aquel chaval imberbe que se hacía llamar Susana no tenía gominolas, el cabreo fue monumental. Al cabreo le siguió una tremenda depresión, que le mantuvo encerrado en casa desde entonces, consolándose solamente con un severo y estricto régimen a base de pizza y helado que encargaba por teléfono. 

Vivir encerrado en casa no es tan sencillo como parece. Hay unas mínimas necesidades que uno debe cubrir. Lo menos complicado son los suministros, pues se puede hacer la compra en el supermercado del barrio por teléfono, o por internet en alguna cadena de grandes superficies. Lo malo del internet es que los pedidos a veces no coinciden. Puedes pedir compresas, queriendo que sean con alas y de gran absorción y aparecerte el repartidor con un paquete de pañales de incontinencia. Enrique no tenía ese problema porque, afortunadamente para él, no tenía incontinencia. Pero sí podía tenerlo con la variedad o el sabor de los yogures o el detergente de la lavadora. Para minimizar esos riesgos decidió reducir sus pedidos solo a lo imprescindible: papel higiénico. Concluyó que no necesitaba lavarse la ropa dado que, al no salir de casa, no hacía falta que se cambiase de camisa ni de calzoncillos. Lo más complicado era deshacerse de los residuos. Habida cuenta de que su dieta era solo a base de pizza y helado, tampoco tenía más basura que las cajas vacías. Inicialmente intentó que el repartidor de pizzas se llevara la caja vacía del día anterior, como cuando antiguamente se devolvían los cascos vacíos de los refrescos. No tuvo mucha suerte. La primera ocasión, el repartidor accedió esperando una propina que nunca llegó. Al día siguiente le manó a hacer puñetas con mucha educación.


Enrique se pasó unos cuantos días dándole vueltas al problema mientras las cajas vacías se iban acumulando en la casa, atrayendo a todas las moscas del vecindario. 
Emborronó folios y folios –un decir, pues no tenía; usaba papel higiénico, sin usar, eso sí– con bocetos de un sofisticado sistema para descender la basura desde la ventana hasta el lugar donde se dejaban los contenedores, basado en una cuerda o sedal, pero no llegó a ninguna conclusión que le pareciera viable. Finalmente optó por lo que le pareció más resolutivo, que fue tirar las cajas por la ventana. 

Así transcurrieron algo más de doce meses, que le dieron mucho juego para reflexionar sobre el sentido de la vida y el diseño de las cajas de pizzas. Todas estas hondas reflexiones le condujeron a tomar un día una firme determinación. No podía seguir así –ya había probado todas las posibles combinaciones de ingredientes y las pizzas empezaban a cansarle un poco–. Se armó de valor, y de un martillo para tirar el marco de la puerta, y un poco del tabique, y salió a la calle.”

Pasaje tomado de Tomas M. Freeman-Goldberg. "Hay ausencias que gritan su silencio a voces”. Tercera edición. Madrid: Editorial Torrijos S.A.; 1965.


domingo, 27 de julio de 2014

Los secretos de la madrugada.


Salgo de casa cuando aún es de noche. Ya clarea algo, sí, pero hay más sombras que luz y siguen encendidas las farolas.

Me obligo a salir. Me da pereza. Me calzo las zapatillas y una camiseta vieja. Me había despertado temprano. Eché en una taza los restos de la cafetera de ayer y me senté en la terraza.

Ya en la calle comienzo a trotar. Un paso, otro, la respiración acompasada, despacio, rítmico... No, no estoy echando un polvo pero, con esta descripción, lo parece.

Hay un paseo que transcurre al borde de la playa. A poca distancia de casa, el paseo se termina. La playa no. La playa sigue varios kilómetros en lo que no hay nada. Nada es nada. Solo un camino de tierra. A mi izquierda, playa. A mi derecha una salina.

No soy el único que anda suelto a estas horas. Hay un tipo estirando donde se acaba el paseo. Mallas cortas marcando paquete y camiseta ajustada de fibra. Yo tengo unas mallas de esas. Me las regaló un bombero. Llevan grabadas en pequeñito el escudo de la Comunidad de Madrid. Es un bombero madrileño, aunque ya está retirado a pesar de ser joven. Ha enviudado hace poco, pero eso es otra historia. Y es su historia.

Solo me he puesto las mallas una vez. Se me rozaron las piernas. La entrepierna, para ser exactos. Ahí las guardo en el armario, pero ya no me las pongo ni para marcar paquete delante del espejo. Salgo a correr con un pantalón gris de algodón del año de la tana (no sé qué o quién es la tana, si es nombre propio o no; pero me da pereza mirarlo). Y aquí, salgo en bañador.

Saludo al tipo de las mallas y sigo. Al rato me adelanta una bicicleta de montaña. El ruido de la cadena al engranarse en los piñones se escucha por encima de la música de mis auriculares. ¡Y menos mal! Yo voy absorto y, si no le llego a oír, igual me atropella.

Este erial con sus caminos de tierra debe tener algún acceso para los coches, porque encuentro dos aparcados. En uno de ellos, vislumbro movimiento en su interior y me parece ver cómo alguien trata de cubrir, con una camiseta o similar, el cristal de la ventanilla trasera que tiene las vistas a mi trayectoria. Giro la cabeza hacia otro lado para no resultar indiscreto. Soy algo miope, corro sin gafas y, a cierta distancia y con poca luz, no veo un pimiento. Pero los amantes no lo saben y a mí me da mucho respeto que se sientan importunados.

He visto, al pasar, una tienda de campaña en la playa. Eso fue cerca del primer coche. Ahora he dejado ambos atrás y se hace un silencio. Es la pausa entre dos canciones. No se oye nada. Solo mi respiración. Entonces arrancan los compases de una canción de Silvio que me recuerda a ti. Siempre que salgo a correr vienes conmigo.

Llevo veinte minutos. Son poco más de las siete. Ceso la carrera y me dirijo al mar. Me descalzo cerca de la orilla. Parece un lago. Plano. Aquí no se oye más que el murmullo del agua rompiendo en la orilla. Al salir de casa cantaban multitud de pájaros. Es el sonido de las madrugadas en cualquier lugar, salvo a la orilla del mar. Estoy rodeado de gaviotas, pero son gaviotas mudas. Ni graznan.

Sumergirte en el mar cuando estás sudando y aún no ha salido el sol es... (a ver qué pongo yo aquí para que no quede cursi). ¡Es la leche! No es muy poético, pero todo el mundo lo entiende. Es "la hostia", también, pero suena más fuerte. A blasfemia. Y no es plan. Por cierto, que hostia se escribe con hache. Sin hache, también, pero entonces es con mayúscula, porque es el nombre de una ciudad de Italia. A lo mejor por eso lo escriben a veces sin hache. Porque hacen referencia a esa ciudad. Debe de ser muy grande, o muy bonita. No lo sé, no la conozco.

Estaba en el agua, que me voy por las ramas. Sumergido hasta el cuello, mirando al horizonte, a levante. Por donde ha de salir el sol. Pero hay bruma.

También hay gente pescando. Se ponen en la orilla, con unas cañas muy largas. Lanzan con fuerza el aparejo y dejan la caña clavada en la arena mientras esperan sentados en una silla plegable. Están solos. Pasan aquí la noche. Algunos vienen de lejos. Tengo dos a mi lado. A la derecha y a la izquierda. A unos doscientos metros.

Hay un hombre que se baña desnudo y luego se tumba a tomar el sol. Tiene un estoma. Hoy no le he visto.

Un tipo se pasea por la playa con un detector de metales. Se parece a esos cacharros que se ven en las películas de guerra para detectar minas. Viste un bañador de bermudas, una camiseta blanca con la Union Jack pintada en el pecho y cubierta con una camisa beige desabrochada y arremangada, y un chambergo gris en la cabeza. En el bolsillo del bañador asoma el mango de plástico de una pala o un rastrillo, que no lo sé. Tampoco sé qué es lo que busca en la arena. Supongo que monedas o alguna joya que alguien haya extraviado, porque las latas vacías no creo que le renten mucho. Teniendo en cuenta que en esta parte de la playa viene poca gente y lo suele hacer en porretas, no le auguro mucho éxito. Pero ¿quién sabe?

Una pareja a la orilla del mar. Ella está recostada boca abajo sobre el vientre de él, cubriendo su desnudez. Él la acaricia el pelo. En esa calma que se produce después de haber hecho el amor. Me inspira ternura, y un poco de envidia, su falta de pudor. Yo quiero pasar una noche de verano así contigo. Desnudos en la orilla del mar.

El sol ya está alto. Las nubes no me han dejado verlo asomar. Ya se me ha secado la piel. Me gusta el sabor a sal de la piel. Me gusta besarte después de haberte bañado en el mar.

Me vuelvo a casa. Voy a hacer café. ¿Te vienes?
 




lunes, 21 de julio de 2014

El viento.

No puedo fotografiar el viento. Es una lástima porque es bonito.
Esta mañana el sol se asomaba a un nuevo día calmo. A un mar tranquilo, casi sin olas.
Seis horas después sopla un levante tan fuerte que, si la playa fuera de arena fina, tendríamos que llevar tagelmust para protegernos la cara, como los tuaregs.
Lo bueno del viento es que no sientes el calor del sol, que ahora está en el cénit. Estoy a unos veinte metros de la rompiente y me alcanzan algunos rociones cuando las olas son más altas.
Lo malo es que no te puedes levantar de la toalla sin estar dispuesto a correr los cien metros lisos detrás de ella, si se tercia (y se tercia, sí).
A Evaristo le fastidia que haya viento. Es normal en su caso. Evaristo es un hombre con mucha vida vivida en su mirada y muchos años pintados en los surcos de su cara. Lleva el negocio de hamacas del trozo de playa donde me suelo aposentar. Yo no uso hamaca. Ni silla. Soy más de suelo, de tierra. Así que no soy cliente suyo, pero le saludo todas las mañanas y ya sé que su hijo y yo somos tocayos. Evaristo es un tipo menudo pero recio. Brazos nervudos y delgados, y la piel adornada por una cartografía de vitíligo. Es simpático. No apea la sonrisa. Y tiene acogidos en adopción temporal a todos los niños de cien metros a la redonda, sean clientes suyos o no. En esa guardería improvisada, Evaristo tiene juguetes, cubos, palas de escarbar y palas de pelotear, hinchables... Cuando sopla mucho viento, se le vuela la clientela.
Hace un par de días –entonces era poniente y bufaba menos– se me lamentaba de ello: "Tengo gente contratada para la jornada y..."
–Evaristo–, le dije, –habrá que ponerle buena cara al mal tiempo.
–Pues también es verdad–, me respondió. Y lo dijo manteniendo la sonrisa que no había aparcado ni para emitir la queja, con la calma que da la sabiduría de los años, de comprender que de nada sirve enfrentarse al destino.
Tampoco al viento.


domingo, 22 de junio de 2014

La vida del sueño.

Hay un sueño que tiene continuidad. Es como una serie. Por capítulos. Es tan real que a veces dudo de algunos recuerdos, que no sé si me han ocurrido dormido o despierto. Es una vida paralela.

Hoy ha vuelto a ocurrir.

Hace calor en este hotel de Málaga. Es lunes. Tengo una reunión de trabajo. Anoche me quedé dormido con el ordenador sobre las piernas, repasando la presentación. Hice el viaje en coche. Me gusta conducir y no me veo sometido al corsé de los horarios de los trenes.

Luis y Arancha son unos de mis mejores amigos. A Luis le conocí en la facultad de Económicas. Arancha apareció más tarde. Es más joven que nosotros. Hemos pasado muchas tardes de tertulia en su casa, en la mía. Son buenos conversadores. Me han arropado cuando he tenido dificultades y siempre me han dado buenos consejos en momentos de incertidumbre.

Me desperté con desasosiego. Aún rondaban en mi cabeza las últimas imágenes vividas mientras dormía, con esa sensación que no deja de fascinarme, de no saber seguro dónde me encontraba. De procesar despacio que era solo un sueño. Y esto fue lo que viví:

Esta noche estábamos reunidos en una comida familiar. Mis padres, mis hermanas, y varios amigos. Ocupábamos varias mesas redondas en el restaurante. No sé qué celebrábamos. Quizás el bautizo de mi sobrina –estas son las cosas que tienen los sueños–.  A Carmen, mi hermana mayor, se le veía radiante y feliz. A los postres, Arancha subió a la tarima que había al fondo del salón. El salón no era muy grande. Seis o siete mesas, quizás. Se acercó al micrófono esbozando una sonrisa y anunció que tenía que darnos una buena noticia.

–Enrique y yo vamos a tener un hijo, –dijo. Y me señaló con una mirada adornada de sonrisa.

Habló calmada, esperando a que se hiciera el silencio. Se sentía orgullosa de su estado. La alegría que transmitía contrastó con el estupor de los asistentes. Y con el mío. Yo ya sabía que estaba embarazada. Me lo había contado en otro sueño. Me había hablado de sus dudas de que fuese mío o de Luis. No éramos amantes. Solo amigos. De hecho nos veíamos poco. Fundamentalmente, de sueño en sueño, porque en la vida real nos resulta difícil coincidir. Veo más a Luis, con el que quedo a tomar una cerveza de vez en cuando algún día de diario al salir del trabajo. A ella la veo cuando me invitan a su casa a cenar, y la última vez fue hace casi un año. En los sueños, coincidimos más veces. Sé que una vez hicimos el amor. No hay detalles. Solo la imagen de su espalda desnuda rodeada por mis brazos, acostada sobre mí. Luego me contó lo de su embarazo. Debió ser en otra entrega de capítulo de esta doble vida onírica. Los recuerdos no son nítidos. Esta noche lo hizo público delante de todos. La primera cara que vi de estupor –mezclada con rabia; es un hombre muy tradicional y demasiado preocupado por el qué dirán– fue la de mi padre. Estaba sentado en otra mesa, cerca de la tarima desde la que Arancha nos dio la noticia. No crucé mi mirada con la suya, pero vi el gesto en su rostro antes de que lo girase hacia mí, y pude sentir sus ojos clavados como puñales. La primera persona a la que busqué con la mirada fue a Luis. Estaba dos mesas a mi derecha. Se había puesto en pie y se dirigía hacia mí. Instintivamente me levanté de la silla y caminé a su encuentro. Su rostro sereno esbozaba una sonrisa que acrecentaba la expresión de estupor de todas las cabezas dirigidas hacia nosotros. Al encontrarnos me dio un abrazo prolongado. Luego, sujetándonos aún por los hombros, me dio la enhorabuena.

–Arancha y yo hemos hablado mucho sobre esto, Enrique. Pudo habérmelo ocultado y prefirió ser sincera. Aprecio mucho su franqueza. Vuestro hijo puede criarse en nuestra familia, con el resto de sus hermanos, si tú estás de acuerdo, y con tu colaboración. Esto lo debéis decidir Arancha y tú. Mi casa estará siempre abierta para ti.

La escena se difuminó y reaparecí en una habitación con Aurora. Ambos estábamos de pie cara a cara. Aurora es mi novia, también en la vida real. Desconozco el motivo –en el sueño faltaban detalles–, pero no había acudido a la cena. Ahora me tocaba darle la noticia que, estaba convencido, le iba a disgustar. Sus ojos lo decían todo. Más de una vez me ha mirado así. Con una mezcla de dolor, admiración y aceptación. No creo que nadie me haya amado jamás de forma tan sincera, tan generosa, tan desinteresada. A medida que ha ido descubriendo mi manera de ser, ha ido encajando aquellas facetas de mi carácter que podían ser menos atractivas, aceptándome y deseándome tal y como soy. Sin pretender cambiarme. –“Te quiero, aunque te rodees de mujeres a las que, sin querer o queriendo, seduces; y me sigues encantando”–, me dijo en una ocasión mirándome con toda la profundidad de esos ojos sinceros en los que se puede leer hasta el fondo de su alma. Ahora su mirada también era de aceptación.

–Es contigo con quien querría tener ese hijo, Aurora.

–Lo sé, Enrique. Y yo sigo queriéndolo también.

Aquí es donde la luz que se filtraba por la ventana, y el ruido de un martillo neumático abriendo una zanja en la calle, me difuminaron las imágenes del sueño y tiraron de mi consciencia hacia este lado exterior de la mente. Lo último que vi antes de recuperar la lucidez, fueron los labios de Aurora fundiéndose con los míos.

Ahora estoy aún en la cama meditando sobre todo esto. Me siento más tranquilo sabiendo que Aurora no va a pasar este trago en la vida real. Y mucho más, al no tener que empezar a acudir a casa de Luis y Arancha en concepto de padre-padrino. No tengo nada claro que mi amigo hubiese encajado esta noticia con la misma deportividad a este lado de la realidad. También tengo la certeza de la imposibilidad de la noticia. Nunca me he acostado con Arancha y, a pesar de que es una mujer muy atractiva y de esa fama de seductor que no se corresponde con el concepto que tengo de mí, nunca he sentido la tentación ni el deseo.

Tendré que esperar al próximo capítulo para saber si es niño o niña y cómo le vamos a llamar. Esto es lo malo de la programación de los sueños. Que no hay programación. No sabes cuándo emitirán el próximo capítulo y no puedes buscarlo en la red.

Y tendré que preguntarle a Arancha si ella recuerda cómo fue cuando hicimos el amor, pues yo solo guardo la imagen de su espalda. Ahora que me doy cuenta, no le he preguntado nunca por sus sueños si ella está soñando lo mismo. Tendría gracia que estuviésemos siguiendo la misma serie.

Y tendré que espabilarme, porque llego tarde a la reunión.