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viernes, 26 de agosto de 2016

A la luz del cigarro.

Cuando éramos niños, Fito nos llevaba a pescar a mi padre y a mis hermanos a bordo del Breamo, haciendo que nos acompañara Lameiro “El Viejo”. Quedábamos en el embarcadero del puerto de Puentedeume antes del amanecer, con las legañas pegadas a los ojos y un jersey para protegernos del relente de la madrugada de agosto de la ría de Ares. En aquellos tiempos en que no había GPS, nuestra carta de navegación eran los conocimientos del viejo pescador, que se presentaba en el muelle con dos cubos de plástico llenos de arena de la ría, recogida cuando la bajamar. La arena húmeda, que parecía lodo, estaba plagada de “miñoca”, un gusano que debía de ser un manjar para las fanecas. Lameiro guiaba a Fito por la mar plana de la ría hasta triangular al Breamo con el campanario de la iglesia de Ares, la Marola –un peñón que marca el límite donde la ría se abre al océano en su desembocadura–, y otro punto de la costa que nunca nos revelaba. Esas líneas invisibles marcaban el lugar donde un pecio hundido servía de cobijo a un ingente banco de peces. Allí, fondeábamos el barco y, con unos aparejos caseros que llevaban el plomo al final del sedal y cuatro o cinco anzuelos anudados un palmo por encima, llenábamos cubos de pescado. Algunas veces, por casualidad, se enganchaba algún pulpo. Lo notábamos por la tensión del sedal, que nos obligaba a tirar con  mucha fuerza. Cuando lo veíamos asomar por la superficie del agua, corríamos a alcanzar la red sujeta por un aro al final de un palo, para intentar atraparlo antes de que se desenganchara y se escapara, nadando hacia el fondo, entre una nube de tinta.

En otras ocasiones, con el motor del barco al ralentí, pescábamos al curricán atravesando los bancos de parrocha, que delataban su presencia porque hacían “hervir” el agua lisa de la ría por allí por donde nadaban. Un poco más profundo, las xardas voraces, que las perseguían, algunas veces las confundían con la sardinilla artificial de plástico brillante, anudada al final de nuestros sedales, y que tenía en la cola un anzuelo de cuatro puntas, como el ancla de rejón que llevábamos a bordo. Fito se cubría la cabeza con su gorra marinera de plato, blanca y con la visera azul y un ancla bordada en la frente, y hablaba por la radio del barco en una jerga que, para mis oídos de niño, sonaba entre cómica y solemne:

–Aquí el Breamo en barra náutica. ¡Atención! ¿A ver si me copias? Cambio.

Aquellas mañanas de pesca terminaban en banquete en La Penela, el club náutico de Cabañas, donde nos preparaban nuestras capturas fritas y rebozadas en harina.

En otros ratos del verano, Fito venía a Cangas y mi padre hacía una paella en el alto del Acebo o en el puerto de Leitariegos. Nos trasladábamos por esas carreteras preñadas de curvas y baches “a bordo” de su “Dos Caballos” amarillo, al que había quitado la capota. De pie sobre el asiento de atrás y agarrados a la barra del techo, sus hijos, mis hermanos y mis primos cantábamos “A la luz del cigarro voy al molino”, entre risas y a pleno pulmón, jaleados por Fito que nos pedía que la repitiéramos una y otra vez. Otra se sus melodías preferidas era “El Cóndor Pasa”. La tenía grabada en un casette de música andina y me la hizo aprender a tocar con la flauta.

Recuerdo a Fito siempre de buen humor y gastándonos bromas a los niños. Era un maestro de la socarronería gallega, que nos amenazaba con “fondearnos” si no obedecíamos sus órdenes de capitán. Afable y temperamental a la vez, con una personalidad fuerte, envolvente y atractiva, levantaba la voz al hablar. Rígido en sus convicciones –alguien las llamaría rarezas–, siempre he creído que sus cabreos eran fingidos, pues se le terminaba por escapar la sonrisa después de abroncar.

En las contadas ocasiones en que hablábamos por teléfono, la conversación empezaba entonando los dos “A la luz del cigarro”. Luego me preguntaba por mis padres, mis hermanos y las perrusquiñas, que era el apelativo cariñoso con que se dirigía a las niñas.

La última vez que le vi fue en la terraza del Martiño. –¡Coño! ¡Atención, tripulación! ¡ ¡Cuádrense: capitán en cubierta!– Fue su saludo, al que le respondí –¡A la orden mi almirante!–, antes de fundirnos en un abrazo.

Adolfo Rey Seijo –Fito– era marinero y era cirujano. No creo que hubiera podido ser una cosa sin la otra. También era gallego. Mamó la mar en la desembocadura del Eume, y su vocación le llevó a embarcarse como cirujano de la Armada. Para mí, ha sido una mezcla de padre, hermano mayor, amigo, mentor y, además, compañero de oficio. Cuando recibí la noticia de su partida, me encontraba en Melilla con la primera cerveza que encontré tras cinco días de abstinencia en Marruecos. No puede ser casualidad que, por esas latitudes, fuera una “Estrella de Galicia”, ni que un par de horas después me tuviera que embarcar rumbo a Almería.

Desde el puente que asoma a la proa de este barco –el Sorolla– escribo estas líneas en tu memoria. El viento frío y húmedo me alborota el pelo. Igual que de niño, en aquellos amaneceres de verano, cuando me sentaba en la proa del Breamo mirando romper las olas contra la quilla. Y, mirando a al mar, me pongo a cantar “A la luz del cigarro”. No se me ocurre que pudiera hacerte mejor homenaje, Fito, ahora que estarás navegando entre las estrellas a bordo del Breamo.

Desde el Mar de Alborán, el 26 de agosto de 2016.


“A la luz del cigarro voy al molino.
Si el cigarro se apaga,
si el cigarro se apaga,
si el cigarro se apaga, morena, yo voy contigo.”


viernes, 1 de enero de 2016

En la fábrica tengo un Kalashnikov pero normalmente no lo uso.


De todos los tópicos y rituales de la Nochevieja, uno que me faltaba por cumplir era correr la San Silvestre vallecana. Durante muchos años he pasado el 31 de diciembre fuera de Madrid o, si no, he tenido guardia.

La gente corre disfrazada
Ayer pude, por fin, participar en esta “ceremonia” que tenía pendiente y me resultó muy divertido. Divertido ver el buen humor de la gente que corre disfrazada de las cosas más variopintas (personajes de Super Mario Bross, de la Guerra de Las Galaxias…) o tocada con gorros de todo tipo, más frecuente el de Papá Noël. Divertido por el ambiente festivalero que tienen todas las carreras, pero más esta que se celebra en la noche más festiva del año. Divertido por el “subidón” que te entra en la línea de salida, formada por dos arcos con un escenario elevado en el medio donde un grupo toca rock, como en la proa del camión de Blade Runner, desde la que se ve toda la subida de Concha Espina rellena de puntitos naranjas. Divertido porque es mejor que las calles estén preñadas por eventos como este que cuando las tomamos por el cabreo o la indignación de turno. Divertido por las personas que se paran a vernos pasar, algunos con carteles de ánimo para sus familiares y amigos, y porque los niños estiran el brazo a nuestro paso para que les choques la mano.

Para quien no lo sepa, la carrera sale del Bernabéu y llega al estadio del Rayo. Arranca cuando aún es de día y transcurre por el Madrid iluminado de Navidad. Baja por Serrano hasta la Puerta de Alcalá. Tuerce hacia Cibeles y sigue Paseo del Prado abajo hasta Atocha. Luego, recorre toda la Avenida de la Ciudad de Barcelona y entra en Vallecas subiendo la Avenida de La Albufera. Las luces de los árboles, de los edificios emblemáticos de Madrid, de los cables luminosos que cruzan las calles por lo alto y las llenan de colores. La música de los grupos que tocan en Atocha, la arenga del guitarrista de la cuesta arriba de Vallecas dándonos ánimos. Empezar de día, terminar de noche... Alegoría del año que se acaba.  

Hay otro ritual al que no me gusta faltar y es el de las uvas. En casa, en lugar de verlas por la tele, las hemos "tocado" en una copa con un tenedor. La Nochevieja pasada lo hice igual y no se me ha dado mal el 2015, así que este año he repetido el concierto casero. En realidad es porque no soporto la retransmisión de las campanadas por televisión: los chascarrillos faltos de ingenio repetidos año tras año, los mismos comentarios, la publicidad... No culpo a los presentadores –ni Quevedo en sus mejores días, habría tenido ingenio para ser original en un lance tan monótono– pero me aburren mucho. 

Nunca he estado en la Puerta del Sol el día 31, pero sí el 30, en las “Preuvas”, en otra ocasión. Este año quise repetir, pero no pudimos pasar. Habían cortado las calles por exceso de aforo. Habíamos quedado en la calle Toledo para irnos entonando con unas cervezas, hicimos escala para apuntalar el estómago con un “bocata” de calamares y, al llegar a la entrada de la calle de Esparteros, donde la plaza de La Santa Cruz, una barrera de policías ya había cerrado el paso por exceso de aforo y desviaba a la gente hacia la Carrera de San Jerónimo y Alcalá, sugiriendo que quizás por allí aún estuviese abierto.


También la noche del 30, las calles estrechas del centro de Madrid estaban llenas de gente, en una particular carrera para acceder a Sol. Nosotros, con las uvas en la mano y la sidra en botella de plástico escondida bajo el abrigo, fuimos rodeando por donde nos iban dejando pasar, hasta que decidimos establecer el campamento delante del último control policial en la calle de de la Victoria. 

se ve la fachada de un bar
castizo con un sugerente nombre
Desde allí, mirando a donde termina la calle atravesada por la de La Cruz, se ve la fachada de un bar castizo con un sugerente nombre “Fatigas del Querer”. A esa distancia del reloj de Sol no se escuchaban las campanadas, pero no nos importó. Golpeando con una llave la verja que rodeaba un árbol y, ayudados por la tecnología del móvil de Javier, tocamos el carillón, los cuartos y dimos las campanadas, atragantándonos con las uvas, los lacasitos y las nubes de azúcar. Son las fatigas –y los logros– de querer.




Feliz Año 2016 desde las "preuvas"



P.D. El titulo de la publicación se lo he tomado prestado a mi amigo Alberto Sanjuanbenito. No tiene nada que ver. O sí. Pero eso es otra historia.


sábado, 31 de mayo de 2014

Tarde de okupas.

Es miércoles, y en el bar de mi edificio de okupas favorito hay más ambiente que en otras ocasiones. También es más temprano. Desentono un poco en el paisaje con mi camisa de Paul & Shark y mis náuticos azules, pero en este lugar a nadie le importa el aspecto de los demás. El portal es amplio. Al fondo, las escaleras que suben a los otros pisos. A la izquierda, el bar. A la derecha hay una puerta cerrada.

Entro en el bar, que es un local amplio. La barra está atestada. Venden la cerveza en botellas. De tercio y de litro. A un euro y medio la Estrella. La gente fuma, y no precisamente tabaco. El olor dulzón es agradable. Sobre una tarima hay un tipo flaco que lleva una visera de fieltro. Es de Quito y canta de pie, con el micrófono pegado a la boca y la guitarra sujeta con una bandolera. 



Soy insumiso y estoy orgulloso de serlo. Al uniforme y al fusil no quiero ni sí quiera olerlo. 

La música es pegadiza, con ritmo country, y el hombre no entona mal. Las letras de las canciones, a juego con el lugar. 

En el pasillo que conduce al baño hay una habitación que aloja una tienda. Libros de segunda mano, mermeladas caseras ecológicas... Sentado detrás de una mesa y de la pantalla del ordenador está Xaime. Es gallego. 

–¿Te importa que cotillee un rato?

– Claro que no. 

Doy una vuelta por la habitación. Ojeo las estanterías. 

– ¿Vivís en el edificio?

– No. Es un centro cultural. Aquí no vive nadie. Solo está para las actividades.

–¿Y qué dice la propiedad?

Sonríe. 

–Quiere que nos vayamos. 

–¿Y si les pagaseis un alquiler?

–Hemos querido negociar con ellos. Les hemos propuesto pagar una renta. No quieren negociar nada. El edificio está parcialmente en ruinas Hemos hecho arreglos. A las dos últimas plantas no se puede ni entrar.

–No les mola que estéis aquí, supongo. ¿Y entonces?

–Aguantaremos hasta que nos echen. 

–¿Y luego? ¿Os iréis a otro edifico?

– O no. Depende de si la gente quiere que siga el proyecto. Nos regimos por una asamblea que se reúne todas las semanas y está abierta a todo el que quiera. Todo el mundo puede participar en las actividades y no se cobran por ellas. 

–¿Cómo cubrís gastos?

–Con las bebidas. Se cobran a precio de coste y un poquito más, para pagar la luz y el agua. 

–¿Y los arreglos del edificio? 

–Los hacemos nosotros. Solo compramos la pintura o los materiales. 

–¿Y no tenéis problemas con Sanidad?

–Todos.

Se ríe de nuevo. El reto es desafiar las normas. El premio, dar quehacer a los representantes de la Administración o de cualquier institución que simbolice autoridad. 

–Con Sanidad, con el ayuntamiento, Justicia, Asuntos Sociales, la policía.... Tenemos inspecciones casi todos los días. 

Me despido con un apretón de manos y salgo al portal. Tengo curiosidad por ver qué hay al otro lado de la puerta cerrada. Abro y sonrió. Me saluda la pared de enfrente, pintada con un colorido mural, y un improvisado salón de baile donde más de veinte parejas trajinan tangos. Requiebros, paradas, arranques. Las piernas se cruzan y separan. Vueltas. Miradas. 

Camino fintando entre los bailarines buscando hueco, hasta llegar a la pared del fondo. Huele a sudor y a comino. Me apoyo a observar la danza. 

Es flaca. Lleva una falda plisada de fieltro negro y el pelo recogido con una trenza sobre la cabeza. Baila con la chica de los botines de piel. 

Este otro –repeinado con gomina, americana verde gris de cuadros, mocasines marrones y léntigo en la cara– pasa de los setenta. Su pareja de baile no llega a los cuarenta y peina un moño sujeto con una horquilla adornada con una rosa de tela.

Aquella del pelo teñido de color caoba, se deja llevar por el paso seguro del hombre de camisa de rayas azules y negras y de gesto triste. Ella viste un suéter, también de rayas del mismo color, pero horizontales. Como un gondolero. 

Una mujer aprovecha una pausa en la música y riega el suelo con polvos de talco. Para que los pies se deslicen mejor cuando acaricien el suelo al son del bandoneón.


El tango tiene una vida escondida detrás de cada compás y de cada verso. Esta gente del salón esconde la suya tras los pasos del baile y el gesto trascendente. Han terminado de esparcir el talco. Vuelve la música. Entonces suena ese de Gardel que tanto le gustaba a Félix. Te acercas a mí, nos miramos, me tiendes tus brazos y salgo a bailarlo contigo. Esta noche hay estrellas en el cielo.



martes, 15 de abril de 2014

Cresteando los Siete Picos con Mery

De todos los lugares en los que pude haber elegido pasar el Domingo de Ramos, no sé si por azar o si por alguna fuerza oculta del destino, al final he estado en el que tenía que estar. 

Este mes de abril ha decidido ser soleado. Una bendición. Habíamos quedado en el aparcamiento del puerto de Navacerrada. Éramos un grupo numeroso. Solo conocía a Chinto. Hay personas que tienen la bondad tatuada en la mirada y Chinto es una de ellas, aunque hoy he visto esa pintura en muchos más rostros. Nos conocimos hace un año y no habíamos vuelto a vernos. Me recibió con un abrazo lleno de cariño. Es mutuo.

Desde el Puerto de Navacerrada sale una senda que es un clásico de la Sierra de Guadarrama: el Camino Smith. Transcurre por la parte alta de los pinares de Valsaín, a la umbría de los Siete Picos. El sol, que ya estaba alto cuando comenzamos a caminar, jugaba al escondite entre las ramas frondosas de esos pinos inmensos, y el deshielo ponía música a los cuatro arroyos que confluyen más abajo formando el Eresma, que va camino de Segovia. 
Los pájaros, quizás mirlos­, hacían los acordes. El paso alegre; como el paisaje. Cruzando el agua sobre las piedras o sobre troncos, sorteando el barro cuando tocaba y en animosa charla con unas y otros, la hilera que formábamos alcanzó el Puerto de la Fuenfría, que es donde termina el camino.

–Siempre que he hecho este camino, hay un momento en el que lo pierdo. A ver si hoy con vosotros me entero.

–¡Pero si es una autopista! –Jesús me miraba con aire divertido.

Caminábamos abriendo fila junto con Eugenio, que era el guía. En el punto en el que la senda se divide para subir al Collado Ventoso, Jesús descubrió dónde me perdí en otras ocasiones.

–Subías por aquí y, pasada la fuente, es cierto, el camino se difumina.

Esta vez no me ocurrió. No equivoqué el camino.

Desde el Puerto de la Fuenfría atacamos la primera cumbre: la del cerro Ventoso. Al ganar altura, las botas disfrutaron pisando sobre las lenguas de nieve que aún sobreviven al sol de las dos últimas semanas. También entre pinos. Achaparrados los del alto del cerro. Bonsais gigantes de formas caprichosas, modelados por el viento o por algún rayo. Las cuestas arriba acallan la charla, pero estrechan lazos. Al llegar, espera, reunión y descanso.  

Al asomarse, se abre a la vista la bajada al collado Ventoso y enfrente, imponente, el segundo de los Siete Picos. El primero queda más a la derecha, más bajo, y tiene nombre –me explica Eugenio–. Majalasna. Los otros seis tienen presencia.

En el collado buscamos asientos de granito. Son menos mullidos pero más secos que la alfombra de terciopelo verde que cubre el suelo. A mi derecha se sienta Sotero. –¡Famoso en el mundo entero!–, me dijo cuando nos presentamos, tendiéndome una mano envuelta en sonrisa. Comparto bocadillo con Marta e Isabel. Cierro los ojos y contemplo cómo el sol y la brisa se pelean por acariciarme el rostro. Sonrío. Sé dónde estoy. Sé lo que siento.

Eugenio da un largo silbido. Coloca los labios de una manera imposible para mí. Y todos en pie. De nuevo el ascenso. Hasta el segundo de los siete. Trepando entre las rocas como los niños, hasta lo más alto, para sentirme pequeño y gigante a la vez, dominando los valles con la vista –Segovia, La Granja, Cercedilla, Navacerrada…–, repasando los nombres de las cumbres. Al pie de ésta, Nacho me da la mano y su mirada. Sé leer en sus ojos.



Retomamos la marcha. Cresteamos los cinco picos que restan. Nos ayudamos en los pasos estrechos entre muros de granito. Bajamos el último nevero de este invierno, hacia la Virgen de las Nieves. Beatriz tira bolas y ríe. 
–Sois como niños–, dice jugando. Pedro cuenta cómo inauguró el helipuerto del Hos-pital de Valdemoro
(hay que solicitar que pongan una placa con su nombre). Posamos para la foto en medio del camino. El francés gesticula. –Pegdón, bategía baja–. Risas. Ángel hace culing. Y todos, contorsionismo para pasar por debajo de la cancela que cierra la entrada a la pista de esquí.

Tres días atrás, el café humeaba en la cocina.

–¿Conocías a Mery?

–Sí. Yo sí la conocía. Compartí con ella el coche la primera vez que salí de ruta. La última vez que coincidí con ella fue en la montaña de Palencia.

Yo no conocía a Mery. Es mi primera salida con ellos. Nos habíamos dividido en tres grupos, porque superábamos la media centena. El mío había comenzado la marcha desde el puerto de Navacerrada. Los otros  dos habían salido desde Casa Cirilo y Camorritos, en la falda sur, para reunirnos todos en el Puerto de la Fuenfría. Por ese puerto pasaba una calzada romana, construida unos setenta años después de la muerte de Cristo y de la que quedan restos, que unía ambas mesetas entre Toledo y Segovia. Muza lo cruzó en 714 con sus huestes a la conquista de Astorga. Felipe V mandó arreglar la calzada en el siglo XVIII para poder veranear en el palacio de La Granja. Hoy estábamos nosotros allí.

Saludos y presentaciones. Me sentía más testigo al principio. Nos sentamos agrupados en el suelo, mirando hacia la ladera del Collado Ventoso; hacia el oriente.

Eugenio tomó la palabra y habló de la vida.

–No desaproveches ningún momento para decir te quiero, porque no sabemos cuando dejaremos de estar aquí.

(Sí, es así; por eso yo te lo digo tan a menudo).

Nacho leyó un texto que Mery había escrito en su muro, y yo sentí que me leía el pensamiento y el corazón:

Subir montañas.
Aprender, avanzar y mejorar. Siempre mejorar.
Luchar y perseverar. Siempre perseverar.
Imaginar y soñar. Siempre soñar.
Compartir, sentir y reír. Siempre reír.
Fracasar y triunfar. Como aprendizaje.
Intuir y prever. Puede no ser cierto lo que ves.
Entender el entorno, que no conoce piedad.
Escuchar las señales, que son legión.
Navegar con calma justa.
Decidir. Es tu libertad.
Asumir el sufrimiento, que alguna vez llegará.
Proteger. El compañero es tu mitad.
Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así, nada es seguro. Nadie te obligó y a nadie exigirás.
Luego, bajar de allí y, con las mismas reglas, vivir. *

Sentado sobre la hierba húmeda en La Fuenfría, rodeado por aquel grupo, escuchando a Eugenio y a Nacho, en aquel homenaje a Mery, me di cuenta de que de todos los lugares en los que pude haber elegido pasar el Domingo de Ramos, ahora sé que no por azar, al final he estado en el que tenía que estar. 

(En el Puerto de la Fuenfría, el mediodía del 13 de abril de 2014)




*Carlos Gallego.
http://montanayalpinismoclasico.blogspot.com.es





domingo, 13 de abril de 2014

Por el Puerto del Reventón

Salir de casa, con la legaña pegada aún, después del madrugón y de haber trasnochado –cómo pesan esos mojitos–, y entrar en el metro con la sensación de aventura que supone haber quedado con doce personas que no conoces de nada (cosas del Facebook). Iba pensando, cuando me bajé del metro, en que jamás había entrado en el intercambiador de transportes de la Plaza de Castilla, a pesar de haber sufrido las obras durante años. Ahora estaba parado delante de una larguísima escalera mecánica, buscando en el móvil los detalles de la convocatoria. Andén 36. Rascafría. 

Al final del pasillo, el grupo de personas que esperaban en la fila ataviados con mochilas, me daban la pista de haber llegado bien. Saludos, presentaciones y caras de sueño. Dos horas de viaje en autobús que me dieron para dormir un rato y para escuchar las conversaciones de mis nuevos compañeros. El café y el pis obligado en el pueblo, antes de emprender la marcha, y un día espléndido con mucha luz y buena temperatura.

El valle del Lozoya es hermoso. Contrasta con la vertiente sur de la Cuerda Larga, que lo separa de la abrupta Pedriza del Manzanares de granito descarnado, y con la noroeste de la sierra de Peñalara que se abre al horizonte infinito de la meseta de Castilla. El valle del Lozoya es verde. Un embudo entre montañas preñado de robles, aún sin brotar en este abril ya avanzado, que son reemplazados por pinares al ganar altura, y con brochazos blancos de neveros en las cumbres. El camino es cómodo. La compañía agradable, amena. Fresca en la juventud de Nuria. El paseo da para hablar de todo un poco con unos y otros; para posar ante el valle que se va quedando abajo con la silueta de El Paular en el centro y el puerto de Canencia al fondo. 

El primer tentempié buscando una sombra que los troncos pelados de los robles aún no dan. La comida a la vera del arroyo de Santa María –que es como se llama el que sigue el camino que lleva al puerto del Reventón–, resguardados del viento fresco que se ha levantado hace un rato, traído por una nube que, al principio, no venía con nosotros. 

Tres últimos kilómetros antes de alcanzar el collado que pone Segovia a nuestros pies, huyendo de la tormenta que se está formando, atravesando unos centenares de metros de nieve que nos ablandan las botas. 

Después, descender. De buen humor, charlatanes, dispersos caminando y sorteando como ramas de agua del arroyo del Chorro Grande que el deshielo ha dejado sobre la hierba, tratando de no mojarnos los pies, apostando por cuál será el camino menos húmedo, admirando la llanura a lo lejos.

Y así, hasta dar con la Fuente del Infante, posar de nuevo para las fotos, delante ahora de la choza de piedra que sirve de refugio, y continuar el descenso hasta La Granja de San Ildefonso, que nos franquea el paso a través de huertas salpicadas de puntitos blancos de decenas de cerezos en flor. 

Colorido final el del camino, con el sol de media tarde sacándole brillo a las flores. Las nubes de tormenta se quedaron en Madrid.


Para rematar el día, las cervezas obligadas, los chistes en la parada del autobús, y el arcoiris dejándose ver entre los arcos del acueducto en Segovia. Un día estupendo hemos pasado, ¿verdad?



jueves, 10 de abril de 2014

Entre acacias

–¡Daniel!

Estoy entrando en el portal y la voz de Manuel suena a mi espalda. Es el portero. Una de las personas más amables que he conocido. Vuelvo sobre mis pasos y me asomo a la portería. Me tiende la mano sosteniendo un paquete.

–Gracias.

Continúo hacia el ascensor mirando el sobre.

–¡Eres la monda! –No puedo reprimir dar un medio grito envuelto en sonrisa.

He buscado el remitente, pero no figura ningún nombre de persona. Contiene una pista, eso sí: Entreacacias S.L.

Mi casa, la terraza desde la que ahora escribo, está entre acacias. Y mi vecina está esperando al ascensor –ha entrado en el portal unos metros por delante de mí– y me mira con cierto desconcierto después de haberme oído gritar. Es una mujer hermosa, delgada, de pelo liso, mirada tímida y sonrisa cortés. Hace más o menos un año que vive en la puerta de enfrente. Me da cierta vergüenza no saber su nombre. Tampoco estoy seguro de habérselo preguntado. Tiene una niña de unos cuatro años que se esconde detrás de sus piernas cuando coincidimos en el ascensor. Pero ahora no está con ella. Su marido es un tipo alto, simpático, fuerte, de esos que transmiten seguridad. Tampoco sé como se llama, pero esto no me da ninguna vergüenza. Uno no puede evitar ser como es.
Bueno, ahora sí sé cómo se llaman los dos, porque he tenido que bajar a comprar cervezas y he solventado mi “hurañez” mirando sus nombres en el buzón. 

–Hola. –Me siento en la obligación de darle una explicación (o se la doy porque me da la gana, porque es mona y porque me apetece darle conversación; vaya usted a saber).

–Hola.

–Lo siento. Estaba pensando en voz alta. Es que he recibido un paquete y, aunque no pone el remite, he deducido quién me lo ha enviado por las acacias.

En este momento, mi vecina me mira como si yo fuese extraterrestre. Y puede que no ande muy desencaminada.

–Sí. Es que la acacia es un árbol que tiene una simbología especial para los masones. –No me atrevo a levantar la vista del paquete porque estoy seguro de que si le veo la cara de alucinada que me estoy imaginando, suelto una carcajada y va a pensar que le estoy tomando el pelo. Así que respiro hondo y continúo con mi perorata.

–Es que tengo un amigo que es masón y ha escrito un ensayo. Y me da que ha tenido el detalle de mandarme el libro. 

Sospecho que a mi vecina nunca se le han hecho tan largos los segundos de ascensor compartido. Le cedo el paso en la puerta y me despido de ella en el descansillo. No sé qué pensará. ¿Tendrá prejuicios? Me acuerdo de Jane Austen. Orgullo y prejuicio. Quizás sea por eso. Vaya usted a saber.

Ya en casa, dejo el paquete encima de la mesa del comedor. Retraso el momento de confirmar mis sospechas porque me gusta darme pausas para saborear un momento que me parece bonito, y porque me hago pis. 

La calle es un hervidero. De gente, de luz, de flores, de bullicio. He salido rápido de casa para no llegar tarde a recoger a Arancha de padel. Está abril lleno de acné. Hay días en los que se respira intensidad, energía y buen humor. Hoy comienzan las vacaciones de Semana Santa en los colegios. ¿Os acordáis de esa sensación de euforia? Es contagiosa. Subo la cuesta de Islas Filipinas observándolo todo. Procesando detalles. El policía municipal que detiene el tráfico. La calle que cruzo corriendo para adelantarme al coche que se acerca. El coche que hoy es todos iguales; de color negro. Hace calor. Voy hablando solo. ¿O voy escuchando mis pensamientos? Mi cabeza también es un hervidero. Me hierven los pensamientos. 
Ahora canturrea un pájaro, pero no sé distinguirlo. Hay cosas que no se pueden hablar por teléfono. Y menos con el manos libres del coche y la boca llena. Yo también me voy a tomar una cerveza a tu salud. Cruzamos el parque para acompañar a Alejandra. Todo el mundo cruza hoy el parque. ¡Anda, Celia! Y saca el móvil de la funda. No tienes wifi. Es igual. Los escribo y luego se envían. Soy su espía. ¿Le espía de quién? No entiendes nada, papá. Pues explícamelo. No, es muy largo. ¿Qué haces? Señalo el cielo, la calle. Hoy todo es especial. ¿Por qué? No lo sé. Estás loco –y sonríe–. No, no lo estoy.

Salgo del supermercado con seis latas de cerveza y una botella –de cerveza–. Es para tomármela a tu salud –la botella, ya sabes–. El tipo que pide a la puerta también sonríe. Sonríe siempre. Le doy un euro. Gracias, me dice. Gracias a usted por sonreír. Cruzo la calle. Deme una apuesta para La Primitiva de esta noche. La que va a tocar. Son veinte millones –sonríe–. Si me tocan le regalo uno –le devuelvo la sonrisa–. Regreso a casa (muchas sonrisas en este párrafo; eso es bueno). 
Paro en el buzón. Miro los nombres de mis vecinos. Subo a la terraza. Las acacias ya han brotado, Guillermo. Vuelven a tener hojas. Y la luna está creciendo. La observo entre las ramas de la acacia. También tiene un simbolismo para mí. Y para nosotros.



Ha sido un detalle bonito y me ha hecho mucha ilusión. Quiero salir a correr un rato. Luego me doy una ducha y me leo tu libro. Cuando vengas a la presentación, me lo dedicas. ¿Vale?


El ensayo de Guillermo. Al fondo, las acacias de mi calle.





martes, 18 de febrero de 2014

La Cuerda de la Gitana.

Llovía. Había terminado de amanecer poco antes. Un velo de bruma cubría el bosque de pinos, y el cielo encapotado no dejaba ver las cumbres.

Echamos a andar. Abrigados. Con capuchas, polainas y capas de agua. Con bromas y risas. Al rato, nos salimos del camino hacia un barranco a la derecha. Víctor guiaba al grupo. Con paso tranquilo, afable y decidido. Parando a explicar curiosidades. Ojos claros y amables. Voz serena. 

–¿A que es bonico este barranco?

Comenzó la ascensión. La lluvia se hizo nieve al ganar altura, y la nieve quería alfombrar el barro según avanzábamos. Lo consiguió al llegar al collado. Mientras la espera para reunirse el grupo, que se había disgregado con la pendiente, Víctor nos mostraba sobre el mapa cómo buscar el rumbo con la brújula. Arriba. Noreste. Un repecho más. Más nieve.

Y en la cumbre, en el Pico de Moratalla, el cielo nos quiso obsequiar la visa apartando un rato a las nubes. Fotos. Bromas. Caídas tontas, llegando y parados. Guerra de bolas de nieve. Revolcones en un nevero. Una andolina en la cuerda. Comenzó el descenso.


–¡Cuidado con los tobillos!

–¿Pero por dónde nos metes?–, risas.

–¡Ay, mis rodillas!

La vista del valle, un regalo. Y la compañía, otro.

Ya no llovía. Hasta casi quiso salir el sol. Y alcanzamos un camino, ya en el llano –en el altiplano–, y la nieve se volvió barro. Se pegó a las botas y se aligeró el paso. Había apetito y ganas de ropa seca. 

Y algunas prisas.

–¡Adelanta!– susurros. –Me hago pis.

Terminamos alrededor de la mesa.


–¿”Habita”? ¿Pero tú de onde ere? Son haba –y risas.

–Vivo en Madrid.

–Ya me parecía a mí. ¿Tú nunca ha probado la haba? –más risas.

Caldo de pelotas.

–Son albóndigas, pero cocidas. Aquí les llamamos pelotas.

–¡Uy, cómo pica! Se han pasado con la pimienta.

Chuletas de cordero.

–¿Qué haces? ¡Te he visto! Esta de palo es tuya. 

–¿Has probado el orujo de miel? Es el licor típico de aquí.

–Bueno, os voy a contar mi vida: yo de niña era majorette y por eso me conozco todos estos pueblos.

Y así pasamos el día. Y lo pasamos bien.


La niebla no nos dejó apreciar del todo el paisaje. Las nubes nos taparon las cumbres. Quizás, gracias a eso, pude observar mejor la risa contagiosa de Bololo. La buena disposición de Miguel. Los ojos de Débora, intensos de negro, imposibles de pestañas. El gesto observador de Lola, que se transformó en sonrisa y complicidad cuando la pendiente trató de vencer la fortaleza de Pilar –sin lograrlo–. La paciencia generosa de José. La elocuencia de Carmen. La serenidad de Ginés, la simpatía de Jeane. La voz de José Merche. La mirada iluminada de Vic. La cara atenta de la otra Carmen. La presencia de Roberto.