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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Donatello y Brunelleschi


Corría el año 1410. Era una lluviosa mañana de noviembre. Donato di Niccolò di Betto Bardi (más conocido como Donatello) había salido a pasear después de haber estado encerrado durante meses en su estudio. Había finalizado una talla de madera de un Crucificado que le habían encargado. Se sentía orgulloso.

En la plaza del Mercado Viejo, actual Plaza de la Republica, se encontró con su amigo y rival, Filippo Brunelleschi.

–Hola Donato. Hace tiempo que no te veo. ¿En qué andas ocupado?

-Hola Filippo. ¡Qué bien que te encuentro! Tienes que acompañarme a mi estudio. Quiero que veas una talla que acabo de terminar. Es un Cristo crucificado que me han encargado los franciscanos para la iglesia de la Santa Croce.

Caminaron juntos hasta el taller. La lluvia había cesado. Una vez dentro, Donatello descorrió los cortinones para dejar entrar la luz y se dirigió a la talla que estaba situada en el centro de la estancia, cubierta con una sábana.

La retiró sin apartar la vista de la cara de su amigo, mostrándole una escultura que representaba la agonía de un hombre, con los ojos entrecerrados, la boca abierta y el cuerpo caído, vencido por el peso el dolor.

Brunelleschi sonrió.
–Me parece un campesino...

–¿Te ríes? Dime qué te parece. Te ruego, por nuestra amistad, que seas sincero.

Bruneleschi le miró en silencio sin contener la sonrisa.


–Me parece un campesino. ¡Vas a colgar un campesino en la Santa Croce!- Y no pudo reprimir una carcajada.

–Si fuera tan fácil hacer como criticar, mi Cristo te parecería un Cristo y no un campesino. ¡Si crees que puedes hacerlo mejor, coge un madero y haz tú una talla así! –respondió enojado y contrariado Donatello.

Fillippo se giró y salió del taller, dejando allí a Donatello disgustado al pie de la cruz.






Pasaron unos meses en los que ambos amigos evitaron encontrarse. La vida bullía en una Florencia que iniciaba el apogeo de su historia tras haber superado la epidemia de peste unas décadas atrás. Grúas por doquier levantando iglesias, ampliando palacios. Artistas de todo el mundo trabajando en su decoración. El mercado bullicioso lleno de productos traídos de los confines de la tierra conocida. La primavera rompía en colores los campos que rodeaban la capital de la Toscana.
Brunelleschi salió en búsqueda de su amigo, con el que no había vuelto a hablar desde aquel día. Se habían visto ocasionalmente de lejos, pero habían evitado el contacto. Lo encontró saliendo del taller y se dirigió hacia él.

–Hola Donato. Te estaba buscando.

–Si vienes a humillarme de nuevo, mejor que sigas tu camino.

–Nada más lejos de mi intención, amigo –le respondió con amable sonrisa–. Me pediste que fuera sincero y te di mi opinión. Reconozco que estuve sarcástico, y te ruego que aceptes mis disculpas. En honor a nuestra amistad, me gustaría invitarte a comer. Acerquémonos al mercado a comprar algo de queso, embutido y vino y vayamos a mi estudio.

–Estuviste sarcástico, sí. Y me dolió –se lamentó Donatello–. Pero es cierto que te pedí sinceridad y fuiste honesto. Acepto tu invitación.

Caminaron charlando alegremente disfrutando del sol de mayo. Había llovido la noche anterior y la brisa suave de la mañana traía aromas de flores de los campos cercanos, que se mezclaban con el olor intenso de la canela, la pimienta, el comino y la vainilla que se vendían el los puestos del mercado. Cargaron cada uno con parte de las viandas y se dirigieron al taller de Brunelleschi. Filippo empujó la puerta y dejó pasar a su amigo.

Al entrar, Donatello se quedó plantado. Instintivamente, se llevó las manos a la cabeza dejando caer la frasca de vino, que se derramó por el suelo. La luz que entraba por la ventana iluminaba una hermosa talla de Jesús crucificado que ocupaba el centro de la habitación. De proporciones clásicas exactas, anatomía armoniosa, con un gesto majestuoso en la postura y en el rostro.

–Amigo Filippo, me has vencido. ¡Es hermoso! –reconoció Donatello–. Es el Cristo más bello que he visto nunca. Realmente, es una imagen digna de presidir un altar. Está demostrado que tú haces cristos y yo campesinos.

–¡Es hermoso! –Reconoció Donatello.


Brunelleschi sonrió satisfecho y orgulloso y, señalando la frasca rota en el suelo dijo:

–¡Lástima que no podamos brindar por ello!

La risa de ambos se fundió en un abrazo.


Epílogo: esta anécdota la cuenta Giorgio Vasari en su obra "Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos”. El Cristo de Bruneleschi se puede admirar en una capilla lateral a la del altar mayor, en Santa Maria Novella, en Florencia.



A la izquierda, el Cristo de Donatello, en la Iglesia de la Santa Croce.
A la derecha, la talla de Bruneleschi, en Santa Maria Novella, ambos en Florencia.






domingo, 1 de noviembre de 2015

Visita nocturna de una dama


—He venido a buscarte. Si no quieres venir, no hace falta que te escondas. No te voy a llevar a la fuerza.

—¿Puedo acaso decidir?
 
—Por supuesto. Todos deciden. Nadie se viene conmigo si no es su deseo. A nadie me llevo. Todos me acompañan.

—No es eso lo que parece.

—Porque es una decisión que nadie comparte. Es un diálogo entre cada ser y yo. Es un sí que solo yo escucho. ¿Acaso tú no estás decidiendo?

—¿Lo estoy?

—Lo estás. He venido porque me has llamado. Llevas meses llamándome. Tratando de poner tu alma en paz y de dejar tus asuntos resueltos. Cada vez que has sentido mi presencia es porque la estabas reclamando. No porque yo te estuviera rondando. Y ahora que me tienes delante me estás diciendo sin decirlo que aún no estás preparado. Que te dé más tiempo. Yo no tengo que darte nada. El tiempo es tuyo.

—¿Me pasa eso siempre con las damas? ¿Que en el último instante reculo?— Y le hago un guiño a La Muerte. No puedo evitarlo. Es mujer.

—No coquetees conmigo. No sea que me enamore de ti, y haga una excepción y te lleve por la fuerza.

No puedo ver su cara. La cubre un manto oscuro. Pero juraría que está sonriendo. Canta el gallo. Y la llama de la hoguera baila en la chimenea.

Es Noche de Difuntos que ya quiere amanecer. ¿Y tú? ¿Eres un fantasma o tengo que rezarte?


domingo, 30 de agosto de 2015

Afixia.


Me estaba estrangulando. Me hacía una pregunta y me exigía una respuesta. Al principio creía que era un juego y no quería responder. Luego me empecé a asustar. No podía respirar y no podía responder. Quería gritar su nombre. Ordenarle que parase. Me era imposible. Apretaba fuerte. Con saña. El aire no salía ni entraba en mis pulmones. Forcejeé. Agarré sus manos e intenté separarlas. No pude.


Entonces abrí los ojos y me vi solo en el dormitorio. Había sido una pesadilla. Estaba sudando. La ansiedad persistía. Traté de calmarme, de relajarme, de recuperar el control sobre mí, de sentir que la realidad se iba adueñando de mi cuerpo. Me obligué a respirar despacio, recreándome en sentir el paso del aire a mis pulmones.


Cuando me hube repuesto y me atreví a saltar de la cama, me dirigí al baño. Lo hice como a cámara lenta, pensando cada movimiento. Necesitaba agua. En la cara, más que beber. Metí la cabeza debajo del grifo. Al levantarla, me miré en el espejo. Aún sigo aquí. Las manos me tiemblan apoyadas en el lavabo. Tengo frío. El frío del terror. Las marcas de dedos que he visto en mi cuello no son una ilusión.



 **********

—¿Que has hecho?

 —No lo sé. Estoy aturdida. —dijo mientras se miraba las manos. —Ayer tuve una pesadilla. ¡Lo pasé fatal! Soñé que queria matarte, asesinarte. Soñé que te estrangulaba.

 —¿Estás segura de que fue un sueño?

 —No digas esas cosas. No pinta bien pero nunca se sabe.
 
Silencio. Prolongado. Evitando las miradas.
 
—Estas sábanas raspan. No parecen de algodón. Las de seda son más suaves —dijo, por fin, levantando la vista.
 
—Pero dan mas calor.
 
—Sí. Pero las puedes retirar y dejar caer al suelo.

—¿Por qué me replicas a todo?

—¿Lo hago? No tengo esa sensación. Solo la de que estamos hablando, dialogando.

No tienes remedio, afortunadamente. El que más me gusta es el proverbio chino.

—¿Te acuerdas? Yo sí. He pasado a menudo por aquella esquina desde esa tarde. Dirijo la mirada hacia el lugar y siento una punzada en el pecho. Cierro los ojos y aprieto los dientes, los puños y el paso. Y blasfemo también. A veces.
 
—Tengo el vientre hinchado. Me siento como una boa. He comido demasiado.
 
—¿Qué te apetece hacer mañana?
 
—Estar contigo.




Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito (proverbio chino).


domingo, 2 de agosto de 2015

La luna azul

En el albergue, todos dormían. Diana, la joven hospitalera, cerraba la puerta a las once de la noche, se iba a su casa y dejaba el edificio al cuidado de los peregrinos que descansaban.

A la una de la madrugada le despertaron los ronquidos. En el barracón lleno de literas dormían una veintena de peregrinos. Saltó de la cama, entró en el baño, y bajó a la cocina a hacer tiempo hasta que regresara el sueño. Pero el sueño no quería volver.
Así que recogió sus cosas, se calzó, se colocó la capa de agua y una linterna en la frente y salió. Se paró el en porche.  Miró a la noche, rota por un par de farolas que alumbraban el cruce de la carretera. Sopesó la situación unos segundos 
–¡Pues a seguir! –se dijo. Y cerró por fuera la puerta del albergue.
Ya no había opción de echarse atrás.
Hacía una noche de perros con lluvia y ventisca. Nubes que ocultaban la primera luna de la primavera. El reloj marcaba las tres menos cuarto.

El albergue está apartado unos doscientos metros del camino. Deshizo el trecho que hay hasta el desvío. Cruzó la carretera y se adentró en un bosquecillo. Encendía el frontal en las zonas más frondosas, donde la oscuridad era absoluta, para evitar los charcos. O en los cruces, cuando la poca luz de luna que podía abrirse paso entre nubarrones y árboles, era insuficiente para adivinar dónde estaba la flecha amarilla. Si no, lo apagaba. Prefería que sus ojos se adaptaran a la noche. 
Al principio sintió frío. El viento levantaba el poncho de plástico y la lluvia le golpeaba la cara. Como agujas. Después de diez minutos caminando, la senda comenzó el ascenso a la sierra de Ligonde, y el sudor se mezclaba con la lluvia. Pasó por bosques oscurecidos por su propia espesura que tapaba a la tenue luna, por cruceiros que se volvían fantasmales en las sombras, por caminos embarrados.
Una hora anduvo bajo el agua. El viento fue cesando poco a poco sin que se diera cuenta, y la lluvia con él. En el aire solo quedó la humedad que traía el aroma de los eucaliptos. Dejó atrás otros albergues que aún dormían. Las nubes se abrieron y la luna se asomó entre los jirones, iluminando de plata los prados. 
Aún no había amanecido, cuando llegó a Palas de Rei a eso de las seis y media. Caminaba hacia Santiago. Solo. Acompañado de sus pensamientos, repasando la vida, desbrozando la senda de su corazón. 

Las nubes se abrieron y la luna se asomó entre los jirones,
iluminando de plata los prados.

*******************
Esta tarde, pasadas las ocho, dejé el coche en el parking del Puerto de Navacerrada. Habían anunciado luna llena “azul”. Se me ocurrió así, de repente, que subir a La Maliciosa por el Cerro Guarramillas sería un buen ejercicio para admirar la luna y caminar de noche con esa luz azulada. La Maliciosa es un balcón que se asoma desde 2.227 metros de altitud a La Pedriza de Manzanares, en la Sierra de Guadarrama. Al Cerro Guarramillas se le conoce como La Bola del Mundo. La senda está bien señalizada, es muy transitada y se puede regresar al aparcamiento por una pista de hormigón, en caso de que la visibilidad por la noche sea regular.
No fuimos los únicos “iluminados” por la luna azul. Coincidimos en la explanada de los coches, y en la salida, con un grupo de unas veinte personas.
Al poco de comenzar la ascensión comenzó a llover. Al principio era una lluvia ligera, fina, amable. Al rato, el viento tornó las gotas en agujas frías que se clavaban en la cara. Hubo que sacar chubasqueros, poner fundas a las mochilas, apretar los dientes. Los nubarrones oscurecieron el crepúsculo.
A unas decenas de metros de dejar atrás el aparcamiento, sale un camino de tierra hacia la derecha, y sube hasta una loma que llaman Cuerda de las Cabritillas. Desde ahí, vuelve hacia la izquierda para encontrarse con la pista de hormigón que lleva hasta lo alto de “La Bola”. Al llegar a la loma nos cruzamos con un grupo que regresaba de arriba.
–Se está poniendo feo –nos dijo un hombre que caminaba con un niño de la mano, y nos dimos cuenta de que el resto de la gente que había salido a la vez que nosotros había dado la vuelta.
Decidimos continuar un poco más, hasta el punto en el que el sendero cruza la pista y bajar por ella. Al norte, Castilla se oscurecía entre los colores del ocaso y los nubarrones de la tormenta.

Llegando al final del camino, las nubes también se abrieron y la luna se asomó entre los jirones, iluminando de plata los montes.

Pero, en esta ocasión, no caminaba solo.


Al norte, Castilla se oscurecía entre los colores
del ocaso y los nubarrones de la tormenta.



(La luna "azul" se anunció para la noche del 31 de julio de 2015. Fue la segunda luna de ese verano).




domingo, 26 de julio de 2015

La pasión de Lánder



Encontré el manuscrito entre las hojas de un libro usado que descubrí en una antigua librería de viejo, en la calle San Juan, en Logroño. Piedra de Rayo era el sugerente nombre del negocio, con estantes llenos de viejos tomos cubiertos de polvo. Había pasado muchas veces por aquella calle y nunca me había percatado de la presencia de ese local. Regentaba la librería un hombre de más de cincuenta años, pelo blanco recogido con coleta y barba larga, que amarilleaba alrededor de la boca a consecuencia del tabaco. Consultaba un catálogo, absorto detrás del mostrador, sin parecer percatarse de mi presencia. Paseando entre los estantes, llamó mi atención un libro con pastas de piel que sobresalía entre otros tomos apilados en una esquina. Lo cogí. Se trataba de una edición en francés de “Lancelot ou le Chevallier del la charrete”, la tercera novela escrita por Chètrien de Troyes a finales del siglo XII. Lo abrí. La edición estaba fechada en París el 21 de enero de 1793 ¿De qué me sonaba esa fecha? Los bordes del papel estaban amarillos, envejecidos. Me dirigí al librero, que tardó un rato muy largo en levantar la cabeza de sus papeles. Me observó, como escudriñándome. Agarró el libro de mis manos y se giró buscando una bolsa donde guardarlo.

-¿Qué le debo?

-Nada. Le estaba esperando.



Puedes saber cómo sigue la historia en "A través del tiempo en busca del Santo Grial". Es una recopilación de relatos. "La pasión de Lánder" es uno de los que yo he escrito, pero hay más.



Este libro en formato digital ha sido un proyecto entre seis amigos, que nos ha divertido mucho sacar adelante. Los beneficios que se obtienen de su venta son destinados a una asociación benéfica (Cáritas de Alcalá de Henares).

Lo puedes adquirir por 5 € en el siguiente link






miércoles, 8 de octubre de 2014

Fin de semana en Florencia

Miguel hacía cola en la sala de embarque, distraído en sus pensamientos, con la mirada perdida en el suelo. Al levantar la vista sintió un escalofrío que le sacó del ensimismamiento. La maleta naranja estaba ahí. Y de pie, al lado de la maleta, aquella mujer de tez morena, alta, labios carnosos, sensuales, ojos grandes color canela y mirada curiosa. La observó con atención. Calzaba unas botas camel de media caña con la cremallera abierta hasta el tobillo. Por encima de la bota, un dobladillo de cuadros rojos escoceses remataba la pernera del pantalón vaquero ajustado, que dejaba asomar un poco los calcetines. Abrigo marrón de lana, entallado y con solapas anchas. Un pañuelo estampado, anudado al cuello, dejaba el escote a la imaginación y, por encima de los hombros, una bufanda a juego con las botas y los con ojos. Cejas finas, cuidadosamente arregladas. Dos pequeños pendientes en la oreja izquierda. Uno con un zafiro tallado en “baguette" y otro con un lazo. Tenía un lunar en el pómulo izquierdo y le estaba mirando.

Hay pocas cosas tan ilusionantes como las coincidencias. Le ocurrió una hora antes, cuando entró en el metro para ir al aeropuerto. El vagón se abarrotó de gente. No se podía mover. Ella estaba apoyada en la puerta opuesta al andén. Miguel quedó de frente, agarrado como pudo a la barra más cercana. Se fijó en la maleta naranja y en la mujer que tenía delante, a pocos centímetros, que le sorprendió observándola. Le sostuvo la mirada un largo rato, y Miguel pudo ver con claridad esos ojos que quedaron fijos en los suyos.

Tras salir del metro en la parada del aeropuerto, la mujer le adelantó en el pasillo mecánico cuando Miguel se paró a sacar la tarjeta de embarque para comprobar la terminal. Caminó un tramo detrás de ella fijándose en su andar. La perdió de vista en la cola del control de seguridad. Ahora estaba allí de nuevo. En la misma sala de embarque que él. Iban a coger el mismo vuelo.

El avión llegó puntual a Pisa. Había ido a visitar a su amigo Stefano. Se habían conocido unos años antes en Dublín, en un intercambio de Erasmus, en el último año de carrera. Stefano estaba terminando Arquitectura y Miguel, Filosofía y Letras. Habían mantenido contacto regular por correo electrónico y Facebook y se habían visto en dos ocasiones en Madrid, donde Stefano había viajado a causa de María, una chica española que había conoció en Florencia y con la que había entablado una relación. María tenía una beca de la universidad, en el museo del Palazzo Vecchio. Stefano trabajaba de guía para el museo.

Las cosas no estaban fáciles. Nació en una familia humilde en Rispecia, una localidad cercana a Grosseto, en el sur de la Toscana, cerca del mar. Aficionado al arte y enamorado de la ciudad a donde se había trasladado a estudiar la carrera, Stefano encontró trabajo pronto en el museo como guía. No disponía de recursos económicos para montar su propio estudio. Tendría que haberse endeudado en espera de ganar algún concurso o encontrar algún cliente. Difícil en una ciudad en la que había demasiados arquitectos colegiados. Tampoco le seducía la idea de trabajar para otro arquitecto. La crisis de la construcción había hecho cerrar más de un estudio, y las condiciones de trabajo no eran buenas: demasiadas horas para poco sueldo, en irregulares condiciones de contrato.

No ganaba mucho trabajando para el museo, pero tenía un horario flexible, que le permitía realizar servicios para agencias y hoteles que ofrecían visitas guiadas a los innumerables turistas que visitaban la ciudad. Con su carácter abierto y curioso, este trabajo le invitaba a relacionarse con gente de todo origen y le proporcionaba algún ligue esporádico con chicas extranjeras que viajaban solas soñando con un romance en Italia. Más de una madrugada había salido furtivo de un hotel con la boca seca, despeinado y con una sonrisa.

Gracias al trabajo de guía conoció a María. Era una española simpática y temperamental que soñaba con vivir en Italia. Después de finalizar sus estudios en Madrid, María se matriculó en un curso intensivo de italiano en San Gimignano. Le apasionaba la Toscana y buscaba la manera de poder conocer esa región. El curso duró cuatro meses, en los que subsistió trabajando por las tardes en la cafetería de la universidad a cambio de alojamiento y comida, y con algo de ayuda económica de sus padres. Una mañana cogió un autobús a Florencia para informarse sobre la posibilidad de trabajar en algún museo. Se enteró así de la existencia de una beca de la Universidad de Valencia para el Palazzio Vecchio y mandó la solicitud. Al regreso del verano, concedida la beca, se incorporó en la plantilla del museo.

Stefano le tenía mucho afecto a Miguel. Habían congeniado muy bien cuando convivieron en Dublín aquellos nueve meses. Había sido muy atento con él las dos ocasiones en que había visitado España. Le hacía ilusión recibir su visita y poder compensar su hospitalidad.

Tras aterrizar en Pisa, Miguel desembarcó y se dirigió hacia la terminal. Había visto a la mujer de piel morena entrar la última en el avión, pero la había perdido de vista cuando ella siguió por el pasillo buscando asiento en la parte trasera, y se había olvidado de ella durante el vuelo. Siguiendo las indicaciones de los rótulos, encontró la ventanilla donde despachaban los billetes de tren y adquirió uno para Florencia. El andén estaba en el mismo aeropuerto, a cincuenta metros de una de las salidas. Se informó de la hora de llegada y puso un mensaje a Stefano, que había quedado en recogerle en la estación de Santa María Novella.

–Hola Stefano. Ya estoy en Pisa. El tren llega a las dos a Florencia.

–Salgo un poco antes de trabajar. Nos esperamos delante de la farmacia que hay en la puerta de la estación –respondió.

Miguel guardó el teléfono en el bolsillo, subió al tren y se quedó de piedra: la inconfundible maleta naranja descansaba sobre el portaequipajes, al principio del vagón de la derecha.

–¡Vaya con la coincidencia!– Se dijo dejando escapar una sonrisa. –Esta mujer va a creer que la estoy siguiendo– pensó, y se dirigió al pasillo opuesto. Buscó asiento y abrió la novela que había elegido para el viaje. El tren arranco con un chirrido.

Una hora más tarde llegaba a Florencia. Cada vez que viajaba se sentía transportado a una aventura. Todo era nuevo. Observaba el paisaje, los detalles, a la gente, y trataba de retenerlo todo en la memoria. Se sentía abstraído y seducido por cada pequeña cosa. El diseño de un billete de tren, los carteles publicitarios, el uniforme del revisor o de la policía… Una sensación de sugestión continua que le hacía vivirlo todo con intensidad y, al mismo tiempo, como si estuviese metido dentro de un sueño, ensimismado dentro de la propia realidad que estaba viviendo. Encontró la farmacia sin dificultad. Cinco minutos más tarde apareció Stefano. Se había dejado barba y llevaba el pelo rapado casi al uno. Lo encontró más delgado, pero su rostro mantenía un gesto sereno. Se abrazaron.

Come stai? ¡Qué alegría verte! ¿Qué tal el viaje?

–Bien, bien. Estoy bien. ¿Y tú?

Se cuidó de hacerle ningún comentario sobre su delgadez. Sabía que hacía unos meses había cortado con María y suponía que su estado de ánimo no debía estar muy fuerte y repercutiría en su apetito. En parte, ese fue el motivo por el que se ofreció a visitarle. Salieron caminado de la estación.

–He pensado en comer en una pequeña trattoria que hay cerca de aquí, camino de casa. Comida casera italiana. Tengo que volver al trabajo más tarde, pero nos da tiempo a dejar luego la maleta. Después te coges mi bici y puedes aprovechar la tarde en ver algo por tu cuenta. Te sugiero la Galería de los Ufizzi. ¿Te parece bien?

Miguel le observó con ternura y sin dejar de sonreír.

–Me parece bien cualquier sugerencia que me hagas. No quiero pensar. Quiero que me organices la vida.

Caminaron, empujando uno la bicicleta y tirando otro de la maleta, hasta la Vía de San Antonino. La Campaninna era el nombre del pequeño restaurante. El comedor, estrecho y alargado. Las mesas muy juntas. Apenas había espacio para pasar entre ellas. La barra a la derecha, se extendía a lo largo del local. Olía a albahaca y a orégano. Bullicio, conversaciones animadas, risas, algunas voces. Se respiraba buen humor. Les sentaron al fondo, en la única mesa que quedaba libre. La mujer esperaba para tomar nota.

–Yo quiero unos espaguetis a la boloñesa con muuucho muuucho tomate– dijo Miguel, alargando las ues, tras haber consultado la carta. –Y una cerveza gigante. ¡Me muero de sed!

Stefano le miraba divertido. La capacidad que tenía Miguel por ilusionarse con los detalles más intrascendentes era contagiosa. Le había observado escudriñar el menú con cara concienzuda y afirmar, muy serio, que tenía una misión que cumplir en este viaje.

–Es una especie de promesa– dijo. –Tengo que comerme un plato de espaguetis con mucho tomate.

Luego levantó la vista, le miró con sorna, y ambos estallaron en una carcajada de complicidad.

–A mí tráigame unos frutti di mare– terminó Stefano de pedir.

La comida transcurrió tranquila, repasando los acontecimientos recientes de la vida de ambos.

Stefano vivía en un modesto apartamento de alquiler situado en un semisótano cerca de la Piazza della Libertà. Miguel dejó la maleta, y pedaleó desde allí por la Via San Gallo siguiendo las indicaciones de su amigo. Se detuvo delante de Santa Maria del Fiore, admirando los colores del mármol de la fachada, y continuó hasta la Piazza della Signoria, donde encadenó la bicicleta para seguir a pie la poca distancia que restaba a la Galería de los Uffizi. Anduvo despacio, dejándose sugestionar por los colores que las luces desprendían de los edificios.

Al pasar por delante de la reproducción del David, que hace guardia al lado de la puerta del Palazzo Vechio, los dedos de un hombre, barbudo y con pelo largo y ondulado, hacían brotar música al acariciar las cuerdas de una guitarra. Esa melodía de Andrea Bocelli, Com te partiró, le detuvo delante del corro de jóvenes que se sentaban en el suelo a escuchar, a la luz del atardecer. Sacó la entrada, subió la escalinata y paseó por las salas fijándose en cada detalle.

Llegó hasta la sala que albergaba El Nacimiento de Venus, una obra que le fascinaba desde su adolescencia, cuando estudió Historia del Arte en el instituto. Al ver el cuadro, se quedó quieto, observándolo durante un tiempo que se le antojó eterno. Los ojos almendrados de la mujer que sale del mar sobre una concha, miran hacia un lugar indeterminado, mostrando nostalgia y misterio ¿En quién estaría pensando? Sus cabellos rubios, largos y rizados, revueltos por el viento. Botticelli inmortalizó a la mujer a la que amaba y a la que nunca tuvo. Simonetta –ese era el nombre de la mujer del retrato– se había casado a los dieciséis años con otro hombre y murió a los veintitrés. Botticelli vivió enamorado de ella hasta su muerte, y se hizo enterrar a sus pies en la iglesia de Ognissanti, treinta y cuatro años después. No es de extrañar que la hubiese elegido como modelo para el cuadro que representa a la diosa del amor.
¿Qué sentimientos se escondían detrás de esa mirada?
Miguel pensaba en la historia de amor imposible de Botticelli, sus ojos fijos en los de Simonetta, tratando de imaginar qué sentimientos se escondían detrás de esa mirada. Contemplaba el cuadro a unos tres metros de distancia. Entonces, una mujer que entró en la sala desde la izquierda, se situó entre el cuadro y él. Cuando el hombre se percató de su presencia solo pudo verle la espalda, pero aquel abrigo marrón y aquellos vaqueros con el dobladillo de cuadros escoceses rojos eran inconfundibles.

Se preguntaba si empezaba a ser más que una coincidencia, en el instante que la mujer se giró hacia él. En el gesto enigmático de sus ojos de canela pudo ver los de Simonetta en el cuadro. Ella le sostuvo la mirada unos segundos y se volvió hacia la puerta caminando con paso lento y majestuoso. Miguel tardó en reaccionar lo que la mujer en abandonar la sala. De un impulso, salió detrás para seguirla. Al entrar en la estancia contigua se detuvo en seco. Allí no había nadie. La sala estaba vacía y la puerta de salida estaba a demasiada distancia para que le hubiese dado tiempo a cruzarla antes de que él llegara. Se frotó los ojos. Estaba seguro de que no había sido una ilusión y se sentía desconcertado. Aún así, cruzó rápido la sala hasta la siguiente. Una vigilante uniformada se sentaba en una silla alta. No había visto pasar a nadie. El museo estaba a punto de cerrar y apenas quedaban ya visitantes. Se despidió de la vigilante con un gesto de agradecimiento. Encogió los hombros y terminó de recorrer las salas que restaban hasta la salida sin poner atención al resto de los cuadros, ni reparar en la cara de dolor aterrador de Lacoonte, luchando infructuosamente para evitar que las serpientes clavasen los dientes en su cintura y en el torso de su hijo.

La cara de dolor aterrador de Lacoonte


Ya en la calle, se dirigió hasta el Arno. Había anochecido. La luna llena acababa de asomar por el horizonte y regalaba al río un reflejo anaranjado. Sintió un escalofrío y prefirió echarle la culpa a la humedad de la brisa. El puente Vecchio, iluminado, se miraba en el espejo de la corriente, como Narciso. Imagen de postal. Regresó sobre sus pasos hacia la Piazza della Signoria, recogió la bicicleta y pedaleó hasta la Piazza della Republica. Se sentó en la terraza del Giubbe Rosse. Pidió un capuccino y dejó correr el tiempo contemplando a la gente que pasaba.

–Hola–. Stefano saludó y ocupó la silla vacía a su lado. Habían quedado en encontrarse allí.

–Hola. ¿Te pido algo?

–No. Gracias. Miguel, ¿te ocurre algo? –Notó a su invitado algo circunspecto; como ausente.

–No. No exactamente. ¿Tú crees en las casualidades?

Perché?

–Me ha pasado una cosa muy rara–. Miguel le contó sus encuentros con la mujer desde que salió de Madrid. Hasta ahí, todo parecía una mera coincidencia. Una anécdota curiosa. Pero su presencia en la galería de los Uffizi, la manera en que le miró, y su súbita desaparición, ya no le parecieron casuales.

–Hay muchos pasadizos y puertas escondidas en estos palacios, Miguel.

–Eso explica su desaparición. Pero no su presencia y, mucho menos, el motivo para haberse esfumado.

–Imagínate que no. Que es todo casual. Que le ha llamado la atención tu continua presencia a lo largo del viaje, como te ha ocurrido a ti con ella. Que conoce el museo bien. Puede ser florentina, o trabajar en la galería. Yo me conozco varias puertas escondidas en el Palazzio Vecchio. Que te encuentra, por casualidad, ensimismado mirando el cuadro de Botticelli y decide, también divertida por la coincidencia, tomarte el pelo. Hacerse notar y desaparecer. Y mientras tú salías corriendo detrás, ella te podía estar observando, muerta de risa, desde alguna mirilla disimulada–. Stefano hablaba pausado, con ese acento italiano mezclado con compostura, observando la cara de desconcierto de Miguel, que se había empeñado en ver fantasmas. –La explicación más sencilla suele ser la más lógica.

–¿Y el parecido con la mujer del cuadro? Sus ojos, la mirada. Sé lo que vi. Era Simonetta.

–Era suggerimento, Miguel. Sugestión–, repitió con paciencia, ahogando un suspiro.

–No lo sé. Puede que tengas razón y sea así. Una explicación sencilla–, cedió al fin Miguel para zanjar la discusión, aún sin tenerlas todas consigo. –Vámonos a casa, anda. Pasamos por un supermercado antes para comprar algo para cenar. Yo cocino.

–Compramos la bebida. Tengo carne con una salsa hecha por mi madre que te vas a chupar los dedos.

–Hecho –se sonrieron–. No voy a competir con la cocina de la Toscana y, mucho menos, con la de tu madre.

La luna les seguía, jugando al escondite.
Se levantaron de la mesa y cruzaron la gran plaza rectangular, de edificación neoclásica iluminada por focos, en dirección hacia el Duomo. La luna les seguía, jugando al escondite entre los tejados de Florencia. Miguel empujaba la bicicleta por el manillar y Stefano caminaba a su izquierda. Al llegar a Santa María di Fiore, Miguel se detuvo. El mármol blanco de la fachada, combinado con el rosa y el verde, y la luna llena asomando por el borde de la inmensa cúpula de Brunelleschi, ofrecían un espectáculo de luz y color en mitad de la noche, y despertaban un sentimiento de admiración que obligaría a detener el paso a cualquiera. Pero ese no fue el motivo por el que se paró. Mientras caminaban en silencio, Miguel pudo ver con claridad cómo aquella misteriosa mujer le estaba observando, a unas decenas de metros, desde la esquina del Borgo San Lorenzo con la Piazza di San Giovanni. Enfundada en el abrigo marrón, las manos dentro de los bolsillos, miraba fijamente hacia ellos. Cuando Miguel se percató de su presencia, la mujer dio media vuelta y desapareció por la Via de Martelli, confundiéndose entre la gente. Miguel no dijo nada. No quería que Stefano pensara que se había vuelto chiflado.

Llegaron a casa alrededor de las nueve de la noche. Prepararon la cena. Las cervezas que cayeron en la cocina mientras calentaban la carne, el chianti con la que la maridaron y el moscato que habían dejado en el congelador al volver del supermercado, que descorcharon al postre, les engrasaron la lengua y abrieron la mente para que la conversación terminase siendo fluida y sin tabúes. Así que Miguel, terminó sacando el tema.

–¿Sabes algo de María?

Stefano se quedó mirando el contenido burbujeante de la copa, como hipnotizado.

–Sí y no–. Hizo una pausa. –Hace un mes que no hablo con ella. Sé de referencias, por alguna conversación con otras personas o por el Facebook, por dónde anda más o menos, y con quién está.

–No quieres hablar de ella.

–Sí, supongo que sí. Es una historia complicada, y es pasado. No me hará mal, digo yo. No termino de entender qué ocurrió. Non capire le donne! ¡No las entiendo!– Levantó la vista de la copa y miró a Miguel. –A algunas mujeres, al menos. Ha sido una relación muy especial. Ella es muy especial. Hubo muchas dificultades. Cuando creí que, por fin, ambos las habíamos vencido y superado, se fue.

–Otro hombre…

–Puede ser. Sí, hay otro hombre. Pero no tengo claro que ese haya sido realmente el motivo. Creo que necesitaba probar otra cosa, desengancharse de mí. Vivía la relación con una sensación de dependencia, como adictiva. Después de su decisión de irse, hemos seguido viéndonos durante bastante tiempo. Más de medio año. Llegué a albergar la esperanza de que fuéramos a volver, de que iba a dejar a aquel tipo. –Stefano sacudió la cabeza como para espantar un pensamiento que le producía rabia y dolor mezclados–. Es igual. Estas cosas siempre son así. Y cuantas más vueltas les das, menos vas a ninguna parte, salvo a envenenarte la sangre y a arrabiarti.

–La quieres aún…

Stefano le respondió con la mirada.

–Cuando me la presentaste en Madrid –Miguel hablaba pausado– me preció que ella estaba muy enamorada de ti. Creo que hacéis una buena pareja. Las cosas estas del querer, Stefano, son raras. Si sigue sintiendo algo por ti, y desapareces y te echa de menos, es probable que vuelva a buscarte.

–Miguel, –ahora era Stefano el que hablaba sereno y solemne, mirándole a los ojos, como si estuviera recitando un discurso muy meditado– yo soy un hombre sencillo, sin doblez. Digo lo que siento, aunque a veces sea parco en palabras. Tengo poco, pero ofrezco y doy lo que tengo. Soy amable y cariñoso con todo el mundo; ¡cuánto más con la persona con la que quisiera compartir mi vida! Toda esa cantinela de dar celos, de echar de menos lo que no se tiene… Sí, es recurrente en la literatura. Es el manual que puedes leer en el Cosmopolitan o en los chats de Yahoo. Pero denota un planteamiento de las relaciones de pareja que a mí me parece infantil. Immaturo. De adolescentes. ¡No somos dos adolescentes! Si tengo que jugar a esconderme, a hacerme el interesante, a dar celos, a no prestar atención a alguien a quien quiero, para que ese alguien se fije en mí, creo, sinceramente, que esa persona tiene mucho que madurar y que no está preparada para una relación de pareja adulta. A menos, como yo la entiendo. Desde la libertad, no desde la manipulación emocional. A lo mejor funciona. En muchos casos puede que funcione. Pero si funciona, es que falta madurez. Cuando una persona adulta sabe lo que quiere, sobran ese tipo de juegos. María, ahora, parece saber muy bien lo que quiere, al menos su trayectoria desde hace más de un año ha sido clara, aunque con vaivenes que en ocasiones me han confundido bastante. Es cierto que en algún momento he estado indeciso, que hemos vivido situaciones complicadas. Ella parecía que tenía muy claro lo que quería: convivir bajo un mismo techo, formar una familia. Yo tuve que resolver algunos asuntos y madurar las cosas. Cuando estuve preparado y le dije que sí, ella se fue. No voy a dejar de quererla, pero no puedo imaginarme convivir con una mujer tan voluble y caprichosa.

–A lo mejor es eso lo que te gusta de ella, lo que te atrae tan irremediablemente.

–Puede.

La sonrisa de Miguel se iba agrandando por instantes.

–Entonces, no deja de haber algo irracionalmente emocional en el atractivo que ella ejerce sobre ti, que hace que sigas deseando a una mujer voluble y caprichosa, y que desarma todos los argumentos que me acabas de dar sobre la madurez.

Y la sonrisa de Miguel se tornó en una sonora carcajada contagiosa que los arrastró a los dos. A Stefano le encantaba esa manera que tenía Miguel de reírse y de bromear de la vida. Sin perder la seriedad, se lo tomaba todo con una sonrisa, como una broma. Era capaz de quitarle hierro a las cosas más serias sin caer en la banalidad.

–En serio, Stefano. Te escucho hablar y concluyo que piensas de una manera pero sientes de otra. Si realmente lo sintieras, no me habrías mirado con esos ojos de carnero degollado cuando te pregunté si la querías. Respóndeme a una pregunta. Si mañana llamase a esta puerta y te dijera que quiere volver contigo, ¿qué harías?

Stefano tardó en contestar. Meditaba la respuesta.

–Si te soy sincero, la verdad es que non lo so. No lo sé. Lo que te he dicho antes lo creo firmemente. Creo que las relaciones, para perdurar en el tiempo, para que sean enriquecedoras, deben de basarse en la libertad. Los cambios de humor de María, sus “enfados” cuando algo no sale como ella quiere, sus continuas idas y venidas… Supongo que, en la situación actual, si viniese a buscarme sería después de una decisión muy meditada por su parte. Que habría comprendido que el secreto está en dar, no en esperar a recibir. Que los conflictos son parte de la vida y que, si existe la voluntad de construir juntos, se afrontan y se superan. No se queda uno estancado en ellos, o renuncia por que aparecen. Porque los conflictos siempre aparecen, Miguel. Entre hermanos, entre padres e hijos, entre compañeros… ¡Cuánto más entre una pareja que comparte tanta intimidad! Huir del conflicto, no afrontarlo; pretender que la vida es un camino de rosas en el que no tiene que pasar nada, en el que no se debe sufrir, en el que, si te quieren te lo tienen que dar todo hecho y si no, es que no te quieren, y cerrar la puerta por fuera ante el primer contratiempo, son planteamientos infantiles. Son irreales. Esto que te digo, me lo aplico a mí también. En ocasiones he caído en los mismos errores que ella. ¿Cómo decís en España? ¡Ah, sí! Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Stefano rellenó su copa con lo que quedaba de moscato en la botella y siguió hablando.

–No lo sé, en serio. Pero lo que si sé es que no le diría un sí de entrada. Tendríamos que tener una conversación, o varias. Tendría que demostrarme que sabe claramente qué es lo que quiere, que apuesta por mí, que no va a ser un nuevo sí pero no, pero no sé. En mi vida no hay nadie, Miguel. Soy realmente libre para decidir. Me ha costado mucho superar su ausencia, pero lo he hecho sin rellenar el hueco con otra persona. Io sono la persona que ocupa ahora todo ese hueco y me siento bien así. No necesito tener alguien a mi lado para ser feliz.

Hizo una pausa para llevarse la copa a los labios y apurar el vino dulce y espumoso, que ya se había calentado, antes de rematar el tema. Le aburría ya, y le quemaba la garganta de hablar.

–Te diré algo, Miguel. Si tuviese que apostar, te diría que no va a volver. Si me preguntas qué es lo que yo deseo... Deseé que volviera. Ahora, después de este tiempo, puede que te responda según el momento del día o la cantidad de moscato ingerida. –Stefano dejó la copa vacía sobre la mesa y esbozó una sonrisa. –¿Y tú? ¿Qué es de tu vida amorosa? ¿Tendrá que ver con esa mujer misteriosa?

–¿Simonetta?

–¿Cómo? ¿Ya le has puesto nombre? –rió Stefano.

–Sí. La he llamado así tras su aparición delante del cuadro de Botticelli.

–Es una bella historia. La de Simonetta Vespucci y Sandro Botticelli, –recordó Stefano al asociar el nombre con la modelo del cuadro.

–Es la historia de un amor imposible. –Miguel ahogó un suspiro, que no le pasó desapercibido a Stefano. El vino le había debilitado sus defensas emocionales.

Stefano se levantó de la silla y regresó con la guitarra. Embriagados por la bebida y resacosos de emociones, agotaron el repertorio de canciones tradicionales italianas y españolas que ambos conocían.

*   *    *

El domingo amaneció ventoso. Las nubes no lograban cerrar el paso al sol, que se colaba entre sus jirones, y entre las láminas de la persiana a medio bajar. Así les sorprendió la mañana a los amigos que se habían quedado dormidos en los sofás del salón. Café con mucha agua y con aspirinas para desayunar, y una cita para ver el Palazzio Vecchio. Stefano tenía concertada una visita guiada con un grupo, al que se unió Miguel como invitado. Es un lujo poder visitar un lugar así de la mano de un guía amigo. Cuando finalizó la visita, Stefano despidió al grupo y condujo a Miguel por recovecos que no se enseñan a los turistas. Primero le subió a la cubierta del Salón de los Quinientos, por una escondida escalera lateral que ascendía hasta sobrepasar el techo. Si ya resultan impresionantes las dimensiones de la nave, el artesonado, o los frescos de Vasari, no lo es menos el armazón de la cubierta. Un entramado de pares, tornapuntas, pendolones y tirantes a dos alturas.

Los cuchillos más elevados, que soportan las correas sobre las que apoya el tejado, se alternan con otros de menor altura que sujetan, junto con los anteriores, las imponentes piezas de madera tallada del artesonado. Después de admirar la obra de ingeniería de más de cinco siglos de antigüedad, se dirigieron a la Sala de los Mapas. Una sala amplia en la segunda planta, cuyas paredes son paneles de madera pintados con mapas de todo el mundo conocido en el siglo XVI. Stefano se acercó con paso firme y lento hacia una de las esquinas de la estancia y saltó sin disimulo por encima del cordón de seguridad que impedía a los visitantes acercarse demasiado a las pinturas. Con un ademán indicó a Miguel que le siguiera. Lo hizo intrigado. Y más, cuando Stefano introdujo los dedos por detrás del marco de la tabla que contenía el mapa de Azerbaiyán y el mar Caspio, tiró y se abrió una puerta por la que le invitó a pasar.

La puerta disimulada era la entrada de un pasadizo por el que se accedía, subiendo una escalera, a una azotea alargada. Al otro lado de la misma, otra puerta llevaba a una cámara. Miguel ascendía por la escalera delante de Stefano, en penumbra gracias al contraluz que entraba por el extremo abierto a la azotea. Al llegar al patio, se detuvo en el quicio de la salida. La mujer misteriosa del metro, del avión, del tren, estaba, de nuevo, en frente de él. Al otro lado. Asomando la cabeza por el marco de la puerta de la cámara de enfrente, los ojos canela le miraban fijamente. Miguel se detuvo de golpe y Stefano casi se choca contra su espalda.

Cosa succede, Miguel?

Miguel giró la cabeza hacia su amigo, mientras levantaba tembloroso el brazo, señalando al otro lado del patio. Stefano le hizo a un lado con un leve ademán y se asomó a la luz de la azotea. No vio nada que le llamase la atención y que justificase el tono céreo del rostro de su amigo. Cuando Miguel pudo recobrar el resuello, casi no se atrevía a darle una explicación a Stefano.

–La he visto. Ahí, Stefano. Al otro lado. Detrás de la jamba de esa puerta. Era ella.

Stefano le miraba asustado. Los ojos desencajados de Miguel mostraban una mezcla de estupor y de miedo que le dejó preocupado. Al otro lado, solo había una pequeña sala, diáfana, con el techo decorado con un fresco con motivos pompeyanos, y un portillo que cubría una celosía que permitía espiar y escuchar en secreto las sesiones del Salón de los Quinientos.

–Tranquilízate. Miguel. Esa habitación no tiene salida. Si tu dama misteriosa está ahí, aclararemos todo esto.

–Vamos, ­–apostilló Miguel, ya repuesto de la impresión.

Entraron en la habitación pero no había nadie.

–Estoy seguro de que es una sugestión, como bien me dijiste ayer, Stefano. No hay que darle más vueltas. Estoy un poco obsesionado con la coincidencia. Anoche soñé con que me encontraba a esta mujer aquí. Bebimos mucho. Estoy un poco resacoso. La luz del patio, saliendo del pasillo a oscuras, me ha deslumbrado. Ha sido una ilusión.

–Seguro que ha sido eso, Miguel. Aunque has puesto cara de haber visto un fantasma, –rió Stefano. –Ven, abramos este portillo en lo alto de la escalera. Desde aquí los Medici podían observar y escuchar los plenos del salón.

Se asomaron al ventanuco.
Se asomaron al ventanuco tapado por la celosía y contemplaron la sala desde la altura. Esta vez, no hubo ilusión. Ambos amigos pudieron ver con claridad a una mujer con un abrigo marrón que, desde el centro del salón, tenía la cabeza levantada hacia el lugar desde donde observaban. Como si supera que los dos hombres estaban allí, hizo un pequeño gesto de saludo con la mano, se giró y desapareció andando hacia la puerta que conduce a la salida.

*   *    *

El lampredotto es la versión florentina de los callos. En la Piazza dei Cimatori, en la Via de Dante Aligheri, hay un quiosco donde lo sirven en panino, en bocadillo de pan de pita. Apoyados en la barra, los amigos daban cuenta a un par de panini di lampredotto con sendas cervezas. Masticaban en silencio, pensativos. El fantasma de Simonetta ocupaba sus pensamientos. Al final, Miguel habló.

–Simonetta es real, Stefano.

–¿Qué quieres decir?

–Que no es un fantasma.

–Yo no creo en los fantasmas, amico.

–Yo tampoco. Me refiero a que no es una sugestión, ni una alucinación. No estoy loco. Esa mujer existe. Sé que existe. Desde que coincidí con ella en el metro de Madrid. Simboliza a los amores imposibles, a los amores prohibidos. Su parecido con la Simonetta de Botticelli es sorprendente.

–¿Hay alguien en tu vida, Miguel?

Miguel le miró en silencio. Después dio un mordisco al panino y un trago a la cerveza.

–Sí y no.

–Explícate, Miguel. Soy todo oídos. –Sonrió Stefano.

­–Me da vergüenza.  –Volvió a dar otro trago y otro mordisco. –Es un poco infantil. Estoy enamorado de una mujer a la que no conozco.

–Eso no es posible. No de una manera sana y real, Miguel.

–Lo sé. En realidad la conozco por Internet. Nos encontramos por casualidad en Facebook. Entablamos amistad. Hablamos por chat y alguna vez por teléfono. Tiene una voz preciosa, Stefano. Muy sensual y cariñosa. Es una mujer excepcional. Generosa, inteligente, sensible, observadora, extrovertida, vitalista, positiva, emprendedora, fuerte, comprensiva, desinteresada, amable, espontánea, responsable, divertida... Siempre de buen humor, radiante, viendo el lado positivo de las cosas.
–A ver, que creo que me estoy perdiendo algo. No entiendo… –Stefano no podía disimular la cara de sorpresa ante tan efusiva declaración.

–Hablamos con frecuencia. Nos contamos nuestras cosas, nuestros días. Somos confidentes, cómplices.

–¿Te acuestas con ella?

–Te he dicho que no la conozco. No la he visto en mi vida. No sé cómo es. Nunca hemos quedado. Chateamos, nos escribimos, hablamos por teléfono…

Stefano miraba entre divertido y preocupado a su amigo. No tenía nada en contra de una relación así que, por otro lado, parecía bastante inocente, como un juego. Lo que le preocupaba es no estar del todo seguro de hasta qué punto su amigo no se estaba obsesionando con una historia irreal.

–¿Y cómo es que no os conocéis? ¿No habéis hecho por quedar? ¿Vive lejos de ti? ¿En otro continente, quizás?

Miguel sonreía al ver a su amigo tratando de adivinar los detalles de la historia, antes de que él se la fuese desgranando.

–No. En realidad, vive en Madrid.

–¿Y no habéis hecho por veros?

–Hemos decidido no hacerlo. Stefano, esto comenzó como un juego. Un coqueteo medio en broma, medio en serio. Poco a poco hemos ido compartiendo más, hablando más. Pero no podemos llegar a otra cosa. Ella está casada y no va a dejar a su marido. Yo no espero otra cosa de esta relación. Me sirve.

–¿Me estás queriendo decir que te has enganchado a una relación con una mujer a la que no conoces y que ni siquiera está libre? –El tono de Stefano era de preocupación mezclado con sorna. No terminaba de tomarse todo aquello muy en serio.

–Enganchado no es la palabra exacta, amigo. Digamos que hay alguien en mi vida al que no le pongo cara, pero que es real. Hablo con esa persona con frecuencia y me hace bien. Nos hacemos bien. Yo vivo mi vida y ella la suya. Pero me hace sentir ilusión. Hay alguien pendiente de mí y alguien de quien yo estarlo. Por eso te digo que creo que me estoy enamorando. Por la ilusión.

–Miguel, todo eso puede estar bien… O no. Depende de lo que te implique u obsesione, o del tiempo y de la energía que te robe. No deja de ser irreal.

–No estoy de acuerdo contigo, Stefano. Es real. Tan real como lo fue Simonetta para Botticelli a pesar de haber muerto y solo poder adorarla en el recuerdo. Tan real que inmortalizó su rostro en ese cuadro que muestra su ideal de la diosa del amor. No es una relación al uso. O no es una relación plena. No lo es, porque es un amor imposible. Pero a ambos nos hace bien y no nos impide segur con nuestras vidas.

Habían dado cuenta de los bocadillos y de las cervezas. Pagaron la cuenta y se dirigieron dando un paseo hasta el decimonónico y tradicional Café Paszkowski, en la Piazza de la Repubblica. Allí, delante de una taza decorada con la densa espuma de la leche y vetas de manchas de café, que daba lástima estropear revolviéndola con la cucharilla, terminaron la conversación.

–¿Cómo se llama?

–No lo sé, Stefano.

–¿Cómo? –El italiano no sabía si enfadarse o reírse. –¿Desde cuándo estás en esta historia?

–Desde hace unos nueve meses.

–Y no sabes ni su nombre… ¿Cómo es?

–Tampoco lo sé. –Miguel contestaba sin poder reprimir una sonrisa, porque era consciente del absurdo que estaba viviendo. –Ya te dije que me daba vergüenza contártelo porque es un poco infantil. Empezó como un juego. Un coqueteo. En ese juego nos pusimos seudónimos. Abejita, tortuguita.. Tonterías así. Chiquilladas. ¡No te rías! –Stefano se estaba carcajeando; Miguel seguía hablando, tratando de contener él la risa también. –No conozco su rostro. Acordamos no enviarnos fotografías. Solo conozco su voz.

–Pero, ¿y el perfil de Facebook? La tienes entre tus amigas ¿no?

–Es falso. Es un perfil ficticio. Sí, la tengo entre mis amigas. Es Luna de Seda. Y su foto de perfil…

–¡El rostro del retrato de Simonetta encarnando a Venus! ¡No me digas más! Lo he visto en tu muro. –El camarero levantó la vista sorprendido por la sonora carcajada de Stefano, que no podía contener las lágrimas de la risa, contagiando a Miguel. –¡Estás fatal, querido amigo! Ma tu sei adorabile.

La tarde se fue escurriendo entre paseos por las calles de Florencia. Un helado en la Piazza de la Passera, curiosear escaparates, y terminar sentados en la escalera de la Santa Croce con un perrito caliente y una cerveza cada uno, mirando cómo el cielo pasaba del azul al naranja, con el venir del crepúsculo.


*   *    *



         Habían pasado seis meses desde Miguel había visitado a su amigo en Florencia. Era una mañana de domingo y aprovechó que el calor aún no había invadido el aire de Madrid para ver la nueva exposición temporal del Museo Thyssen. Pop Art. Suena a palomitas de microondas. Podría estar bien. Y lo estuvo. Nada más traspasar la puerta que accede a la primera sala, ahí estaba aquel rostro. Era un cuadro grande, un dibujo hecho con trazos de colores. Andy Warhol era un genio. Con unas pocas pinceladas, había reproducido el rostro de Simonetta en una réplica fantástica del cuadro de Botticelli. Mientras Miguel contemplaba admirado la pintura, le sonó en el móvil un mensaje. Stefano le acababa de enviar una fotografía en la que posaba abrazado a María, y no pudo reprimir la sonrisa.

–Parece que tuvisteis esa conversación, –respondió al mensaje, añadiendo una carita sonriente. Guardó el teléfono, levantó de nuevo la vista al cuadro y sus ojos se toparon con los de color canela. No le miraban desde el lienzo, si no desde el rostro de la mujer misteriosa que le había seguido a Florencia. Simonetta dio un paso hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y le besó.

–Por fin sé a que sabes, Miguel. Y me gusta.