miércoles, 1 de marzo de 2017

La marabú.

Tiene veinte años y el poder de curar a la gente. Ha recibido ese don porque puede hablar con los espíritus. Con nueve diferentes. Ella les llama demonios. Atiende a personas enfermas en su casa, que le cuentan sus dolencias. Después les hace esperar afuera y los espíritus se comunican con ella para decirle qué tratamiento es el adecuado. Lo hacen a través del teléfono. Le envían un SMS. Tiene que ser una marabú muy importante porque no debe de haber mucha gente que tenga el número de móvil del diablo.

Hace tres meses, el diablo le pidió que dejase a su marido para irse con un chico de catorce años, pero ella se negó. Entonces le ordenó que bebiera un líquido que era ácido. Desde aquello, vomita todo lo que come y ha perdido mucho peso, se encuentra muy mal y con dolores en el abdomen. Es probable que fuese ácido de batería de coche, porque es frecuente atender tentaciones de suicidio por haberlo ingerido con esa intención.

Hace unos días, los dolores se hicieron más fuertes y el diablo le mandó acudir al hospital. Al atenderla en Urgencias, la ingresaron en la unidad de ginecología. Tenía un aborto. Es posible que se lo hubiese provocado ella misma. Le hicieron un legrado y la dejaron ingresada por una perforación de útero y porque presentaba fiebre por paludismo.

Las otras mujeres ingresadas en la misma habitación de seis camas estaban incómodas, asustadas. Un temor que fue creciendo con el paso de los días, hasta hacerse sentir en el ambiente, cuando los médicos pasaban visita. El pánico llevó a las demás mujeres ingresadas a pedirles que le diesen el alta. Era una marabú –una bruja–. Creían que estaba poseída por el demonio y que las iba a embrujar a todas.

Una mañana se tiró al suelo y comenzó a gritar, retorciéndose y agitándose, como si convulsionase. Los chillidos se escucharon desde el edificio de al lado, donde está el quirófano. No era una crisis epiléptica. Tampoco una posesión demoníaca. En psiquiatría se ven con frecuencia estos cuadros. Se les llama crisis de histeria.

Esa misma tarde la marabú se marchó. Les dijo a las enfermeras que el diablo se lo había ordenado.

Desde Bebedjiá, Chad, el 1 de marzo de 2017.







miércoles, 15 de febrero de 2017

De vuelta a Chad.

Regreso pasados siete meses. Ahora todo me resulta familiar. Viajo con los papeles en regla. La autorización de entrada en el país ha llegado a tiempo y no tengo que hacer escala en Casablanca esperando el visado. El policía de aduanas que nos recibe en el aeropuerto es el mismo de la otra vez. Igual de correcto, manteniendo las distancias. Con la amabilidad justa para ser cordial sin caer en la camaradería. Con la seriedad justa para no imponer temor.

No nos abren las maletas. Ocho, más el equipaje de mano, cargadas de medicamentos, material quirúrgico, un autoanalizador para muestras de sangre. No nos es necesario enseñar el documento expedido por el obispado en el que ruegan que no nos pongan problemas por tratarse de una misión humanitaria.

Jean Paul, el chófer, nos espera en el aparcamiento del aeropuerto. Llevo encima francos centroafricanos para darles una propina a los tres mozos que nos sacan el equipaje hasta el coche, sin que me pongan mala cara por no tener nada con qué compensarles.

En esta latitud, cercana al ecuador, hace rato que es de día a las seis de la mañana. Kabalay nos recibe con el silencio habitual de la hora temprana a la que llegamos. Es un centro de acogida, un albergue, que la Conferencia Episcopal tiene en D’Jamena, en el que hacemos escala los que llegamos o salimos del país. O los que vienen a esperar a alguien o a hacer una gestión a la capital. Esperamos a Jean Paul, después de haber desayunado pan con miel y Nutela, y agua caliente con café soluble y leche en polvo. Es lo que hay, pero sienta bien después de haber pasado la noche casi en vela, tratando de dar una cabezada en el asiento del avión de Air Maroc que nos ha traído desde Casablanca.


Jean Paul se retrasa. Ha salido con el coche, una ranchera, a dejar un saco que llevaba en la bandeja trasera y ha quedado en volver a las siete y media. En la espera, Kabalay se va despertando y conocemos a Enrique –un comboniano de Getafe que lleva treinta años en Chad–, y a dos hermanos suyos de la orden: uno es polaco –Sebastian– y el otro, João, un portugués que viajó en el mismo avión que nosotros.


Nos subimos al coche. Siguiente etapa del viaje: visitar las oficinas donde nos gestionarán la recogida de nuestros pasaportes visados. Allí coincidimos de nuevo con los combonianos. Luego callejeamos un rato por las calles sin asfaltar de Djamena para recoger unos reactivos para el laboratorio que le han encargado a Jean Paul. Paramos a llenar de gasoil el depósito y emprendemos un viaje por carretera que va a durar diez horas.


Vuelvo a ver los rostros y las escenas que retrataban los cuadros de la exposición de pintura que organizamos hace un año. Ahora me resultan familiares. Los pastores llevando el ganado, el joven apoyado en la moto, las mujeres y los niños caminando en fila india y portando tinajas o leña sobre la cabeza, los rebaños de camellos pastando de los árboles o cargados con fardos en caravanas conducidas por nómadas, los carros tirados por bueyes. Se suceden a ambos lados de la carretera mientras el coche avanza, entre acelerones y frenazos, sorteando los baches. Hasta que pinchamos. El pinchazo nos obligó a parar dos veces. Una para cambiar la rueda y otra para reparar la pinchada. Después, el coche no arrancaba y tuvimos que empujar. También eso es parte del viaje.

La parada para comer la hacemos en Bongor, ciudad que queda a mitad de camino. El sitio donde comemos es un local abierto a la calle donde asan pollos en unas brasas a la puerta. Dos pollos para los cinco nos pareció suficiente comida. Los sirven troceados sobre una bandeja de metal, con cebolla cruda y una especia picante de color ocre que no sé cómo se llama , en un montoncito en el que mojas la carne antes de llevártela a la boca con los dedos. Colocan la fuente en el centro de la mesa para compartir entre todos. En ese “restaurante” sirven la comida, pero no la bebida. Para eso tienes que irte al “bar”, dos locales más allá. La otra vez nos tomamos la cerveza de postre. En esta ocasión preguntamos y se ofrecieron a acercárnosla al otro bar para que pudiéramos acompañarla con el pollo. La marca de cerveza del Chad se llama Gala y viene en botellas de dos tercios de litro.

Cuando terminamos, dos niños recogieron nuestra bandeja, se la llevaron a la mesa de al lado y se comieron nuestras sobras.



El resto del viaje, cuatro horas más, transcurre sin más incidencias que el cansancio y el hastío por desear llegar, y el espectáculo de la puesta de sol sobre las llanuras de los campos de sorgo, secos en esta época del año.



Al llegar al Bebedjá nos esperan unas tortillas de patata que ha preparado Brigitte, la cocinera chadiana que se crió en el hospital bajo la tutela de sor Magdalena. Ya retirado, pensando en el mes de trabajo que tenemos por delante, escribo sentado a la mesa del mismo cuarto que ocupé hace unos meses. Y la sensación que tengo es la de estar en casa.

Desde Bebedjiá, el 13 de febrero de 2017.





sábado, 8 de octubre de 2016

Huele a leña.

Ha caído la noche y la luz los faros del coche rasga la oscuridad dejando intuir el trazado de la carretera que se retuerce  entre montañas. Como si la noche fuese un papel de estraza que envolviera un cuadro y los faros fueran una mano invisible que rompiera una franja del papel, de arriba a abajo, dejando ver un poco del dibujo, y lo volviesen a cubrir de nuevo, para romperlo luego por otro sitio en la siguiente curva.

En los pueblos, una hilera de farolas convierte la carretera en calle durante unos centenares de metros, las casas tienen cerrados los postigos.

Bajo un par de dedos las ventanillas y, al pasar por esas calles, huele a leña.

El hielo se derrite en el vaso. Hace calor sentado cerca de la estufa. Nadie queda ya en la cantina del albergue. Salgo a la calle para sentir el relente de la noche y, al abrir la puerta, huele a leña.

Ya no queda luna a estas horas. Solo estrellas. Muchas. Se intuyen en la oscuridad las montañas que me rodean, imponentes y fantasmales sombras gigantes. Orión me vigila cuando cuando regreso. Con su mirada severa  quiere cerciorarse de que me recojo a tiempo.

Un mastín roe un hueso de vaca a la puerta y, al entrar de nuevo en la casa, huele a leña.

Me acuesto en una litera de este cuarto de catorce camas, donde parece que todos duermen y alguno ronca un poco y, al dejar descansar mi cabeza en la almohada, mi pelo huele a leña.

Me arrebujo bajo un edredón que da mucha calor y, al repasar los acontecimientos de la semana, mi corazón huele a leña.





viernes, 26 de agosto de 2016

A la luz del cigarro.

Cuando éramos niños, Fito nos llevaba a pescar a mi padre y a mis hermanos a bordo del Breamo, haciendo que nos acompañara Lameiro “El Viejo”. Quedábamos en el embarcadero del puerto de Puentedeume antes del amanecer, con las legañas pegadas a los ojos y un jersey para protegernos del relente de la madrugada de agosto de la ría de Ares. En aquellos tiempos en que no había GPS, nuestra carta de navegación eran los conocimientos del viejo pescador, que se presentaba en el muelle con dos cubos de plástico llenos de arena de la ría, recogida cuando la bajamar. La arena húmeda, que parecía lodo, estaba plagada de “miñoca”, un gusano que debía de ser un manjar para las fanecas. Lameiro guiaba a Fito por la mar plana de la ría hasta triangular al Breamo con el campanario de la iglesia de Ares, la Marola –un peñón que marca el límite donde la ría se abre al océano en su desembocadura–, y otro punto de la costa que nunca nos revelaba. Esas líneas invisibles marcaban el lugar donde un pecio hundido servía de cobijo a un ingente banco de peces. Allí, fondeábamos el barco y, con unos aparejos caseros que llevaban el plomo al final del sedal y cuatro o cinco anzuelos anudados un palmo por encima, llenábamos cubos de pescado. Algunas veces, por casualidad, se enganchaba algún pulpo. Lo notábamos por la tensión del sedal, que nos obligaba a tirar con  mucha fuerza. Cuando lo veíamos asomar por la superficie del agua, corríamos a alcanzar la red sujeta por un aro al final de un palo, para intentar atraparlo antes de que se desenganchara y se escapara, nadando hacia el fondo, entre una nube de tinta.

En otras ocasiones, con el motor del barco al ralentí, pescábamos al curricán atravesando los bancos de parrocha, que delataban su presencia porque hacían “hervir” el agua lisa de la ría por allí por donde nadaban. Un poco más profundo, las xardas voraces, que las perseguían, algunas veces las confundían con la sardinilla artificial de plástico brillante, anudada al final de nuestros sedales, y que tenía en la cola un anzuelo de cuatro puntas, como el ancla de rejón que llevábamos a bordo. Fito se cubría la cabeza con su gorra marinera de plato, blanca y con la visera azul y un ancla bordada en la frente, y hablaba por la radio del barco en una jerga que, para mis oídos de niño, sonaba entre cómica y solemne:

–Aquí el Breamo en barra náutica. ¡Atención! ¿A ver si me copias? Cambio.

Aquellas mañanas de pesca terminaban en banquete en La Penela, el club náutico de Cabañas, donde nos preparaban nuestras capturas fritas y rebozadas en harina.

En otros ratos del verano, Fito venía a Cangas y mi padre hacía una paella en el alto del Acebo o en el puerto de Leitariegos. Nos trasladábamos por esas carreteras preñadas de curvas y baches “a bordo” de su “Dos Caballos” amarillo, al que había quitado la capota. De pie sobre el asiento de atrás y agarrados a la barra del techo, sus hijos, mis hermanos y mis primos cantábamos “A la luz del cigarro voy al molino”, entre risas y a pleno pulmón, jaleados por Fito que nos pedía que la repitiéramos una y otra vez. Otra se sus melodías preferidas era “El Cóndor Pasa”. La tenía grabada en un casette de música andina y me la hizo aprender a tocar con la flauta.

Recuerdo a Fito siempre de buen humor y gastándonos bromas a los niños. Era un maestro de la socarronería gallega, que nos amenazaba con “fondearnos” si no obedecíamos sus órdenes de capitán. Afable y temperamental a la vez, con una personalidad fuerte, envolvente y atractiva, levantaba la voz al hablar. Rígido en sus convicciones –alguien las llamaría rarezas–, siempre he creído que sus cabreos eran fingidos, pues se le terminaba por escapar la sonrisa después de abroncar.

En las contadas ocasiones en que hablábamos por teléfono, la conversación empezaba entonando los dos “A la luz del cigarro”. Luego me preguntaba por mis padres, mis hermanos y las perrusquiñas, que era el apelativo cariñoso con que se dirigía a las niñas.

La última vez que le vi fue en la terraza del Martiño. –¡Coño! ¡Atención, tripulación! ¡ ¡Cuádrense: capitán en cubierta!– Fue su saludo, al que le respondí –¡A la orden mi almirante!–, antes de fundirnos en un abrazo.

Adolfo Rey Seijo –Fito– era marinero y era cirujano. No creo que hubiera podido ser una cosa sin la otra. También era gallego. Mamó la mar en la desembocadura del Eume, y su vocación le llevó a embarcarse como cirujano de la Armada. Para mí, ha sido una mezcla de padre, hermano mayor, amigo, mentor y, además, compañero de oficio. Cuando recibí la noticia de su partida, me encontraba en Melilla con la primera cerveza que encontré tras cinco días de abstinencia en Marruecos. No puede ser casualidad que, por esas latitudes, fuera una “Estrella de Galicia”, ni que un par de horas después me tuviera que embarcar rumbo a Almería.

Desde el puente que asoma a la proa de este barco –el Sorolla– escribo estas líneas en tu memoria. El viento frío y húmedo me alborota el pelo. Igual que de niño, en aquellos amaneceres de verano, cuando me sentaba en la proa del Breamo mirando romper las olas contra la quilla. Y, mirando a al mar, me pongo a cantar “A la luz del cigarro”. No se me ocurre que pudiera hacerte mejor homenaje, Fito, ahora que estarás navegando entre las estrellas a bordo del Breamo.

Desde el Mar de Alborán, el 26 de agosto de 2016.


“A la luz del cigarro voy al molino.
Si el cigarro se apaga,
si el cigarro se apaga,
si el cigarro se apaga, morena, yo voy contigo.”


lunes, 27 de junio de 2016

El regreso

Escribo desde el avión que me está sacando de Chad, después de estos trepidantes veinticuatro días. Son las seis de la mañana. He podido ver salir el sol a través de las ventanillas de mi derecha, mientras las escasas luces de Djamena se hacían pequeñas a mi izquierda.

No me gusta llamar “proyecto” a EnganCHADos. He asistido, inicialmente más como espectador, luego subiendo a ratos al escenario, a cómo se ha ido fermentando esta marea de ilusión entre quienes trabajamos en el Hospital de Fuenlabrada, y otras muchas personas que, quién sabe por qué enredos de los hilos que tejen nuestras vidas, nos habéis conocido y os habéis ilusionado también con nosotros. Me he admirado y emocionado viendo cómo familias de los colegios de nuestros hijos, parientes lejanos con los que no nos da la vida relacionarnos a menudo, compañeros de academias de pintura o de teatro, amigos de grupos de ocio y actividades de tiempo libre, conocidos cercanos y lejanos de redes sociales, muchísimas personas que por el motivo que sea nos conocen a los que, desde el hospital, participamos en esta iniciativa, nos habéis seguido, os habéis implicado y habéis participado en algunos de los eventos (teatro, exposiciones, mercadillos, conciertos, torneos, carreras…) y arrastrado a otros a que lo hagan.

Sabiendo de esta ilusión he querido acercaros mis vivencias y sentimientos a través de las pequeñas crónicas que le he ido mandando a Javier de la Torre, cuando la precariedad de las conexiones de Internet me lo han permitido, para que las publicase en el muro de Facebook.

He creído que tendríais tanta ilusión por saber, por conocer, como desbordáis cuando participáis en nuestros eventos y arrastráis a otros a hacerlo. A juzgar por algunos mensajes que me han llegado, así ha sido. La misma ilusión e interés que yo por vivir de primera mano cómo es el corazón pobre y enfermo de África, cómo se lucha contra la enfermedad con la carestía de medios y el exceso de insalubridad.

Muchas escenas, situaciones y sentimientos se me han quedado en el tintero, pero me he propuesto irlas dando forma de trazo y sacarlas a la luz.

Quiero tener un reconocimiento especial para las personas que me acompañan en este viaje de regreso. Anita, la ginecóloga que conoció Rosa en un congreso y que lió para esta aventura en una llamada de teléfono y que accedió sin pensarlo dos veces. Ha demostrado ser una gran profesional, ambiciosa por mejorar y aprender, por adquirir más recursos aún de los que tiene para poder ayudar. Ha trabajado muy duro, sin descanso llevando el busca que la ha despertado varias veces casi todas las noches desde la Maternidad. Se ha ocupado y preocupado de situaciones muy difíciles, haciéndolas frente con entereza y buen hacer. Me ha prestado las palabras con su conocimiento fluido del francés. in su presencia no habría podido hacer este viaje.
Alejandro y Sylvia, un matrimonio mejicano, anestesista y médico de urgencias respectivamente. El azar les llevó a contactar con nosotros, se enteraron de que buscábamos médicos que quisieran ir a St. Joseph, y se liaron la manta a la cabeza, cruzando el Atlántico y dejando sus trabajos, para venirse hasta lo más profundo del África más profunda. Habían apostado por permanecer hasta agosto, pero se quedaron solos al frente del hospital a la semana de haber llegado. Carmen finalizó su periodo de estancia y sor Elisabeth se ausentaba dos meses (para sustituirla me pidieron que viniese). Con eso, que ya era bastante, contábamos todos. Pero, además, el médico chadiano que estaba en plantilla se despidió. Las dificultades con el idioma, la sobrecarga impensable de trabajo que supone estar de guardia a tiempo completo todos los días, la necesidad de verse obligados a realizar cesáreas y atender patologías que les resultaban novedosas, y el precio que han pagado con su propia salud, ya repuestos, les han llevado a adelantar su vuelta. No lo han pasado nada bien. En realidad, lo han pasado bastante mal. Han dado mucho más de lo que se esperaría de cualquiera. Nuestra presencia en este mes les ha ayudado a aguantar el tipo. Para ellos, todo mi reconocimiento y mi agradecimiento en mi nombre y en el de todos los EnganCHADos.

De mi viaje me quedo con muchas cosas que no puedo concretar ahora, que habré de reposar. Algunas voy a dejar escapar.

Una es que tenemos que coordinarnos mejor con la institución de St. Joseph para que ellos nos sepan transmitir cuáles son sus necesidades más inmediatas. No solo a corto plazo, para poner parches y tapar agujeros, si no a la larga para que los agujeros que surjan sean cada vez más pequeños. Cuando uno se está ahogando, busca la manera de dar la siguiente bocanada y no es capaz de dirigir el esfuerzo que gasta en mover los brazos para que le lleve a la seguridad de la orilla. Pero no siempre lo que desde Fuenlabrada percibimos como necesario se ajusta a lo que realmente desde Bebedjiá están necesitando.

Otra es que tenemos que coordinarnos mejor con otros grupos que también les ayudan para hacerlo todos en la misma dirección y de la mano del propio hospital.

Y la última es que tenemos un potencial enorme para ayudar a esta gente. Lo que al principio de nuestra andadura se me antojaba como una empresa imposible y utópica –ayudar a hacer sostenible el Hospital de St. Joseph–, lo veo ahora posible. Lo veo así, porque sé de la ilusión con la que trabajamos en Fuenlabrada y sé de la ilusión con la que se trabaja en Bebedjiá.

Pero para esto también hace falta dinero. Sí, el maldito dinero. El que nos cuesta ganar y que no nos llega a fin de mes, el que no sabemos cómo estirar para pagar la hipoteca o los libros del colegio de nuestros propios hijos, o el recibo de la luz. Y solo hay una manera: ser muchos. Muchos más. Muchísimos más EnganCHADos que, con pequeños gestos (el euro al mes, la participación en las actividades culturales y lúdicas, la suscripción…) sumemos mucho. Que, como dicen en mi tierra, “pedrina a pedrina, fizo el mio Xuan una casina”.
Alfonso, tengo que darte la enhorabuena por haber prendido esta mecha y por el logro que ha supuesto arrastrarnos a todos en esta aventura. Esa libreta que me regalaste viene cargada de vivencias y de sentimientos que compartir. Ahora ya comprendo por qué te has enganchado a este lugar.



Daniel Huerga, el 27 de junio desde el cielo sobre algún lugar de África.

sábado, 25 de junio de 2016

El lipoma

Una mujer llegó a la consulta la semana pasada. Tenía una tumoración grande en el antebrazo derecho. Del tamaño de una naranja pequeña. Ocupaba, pues, todo el ancho de la extremidad. Nos dijo que la tenía desde hace siete años y que le había ido creciendo poco a poco. Ese crecimiento tan lento, hacía poco probable que fuera maligno.

Un lipoma es una tumoración benigna de las células que contienen la grasa. Es una entidad muy frecuente. Generalmente, se forman debajo de la piel, que es donde tenemos acumulada la mayor cantidad de tejido graso en el cuerpo. A veces se forman en otros lugares más profundos de nuestra anatomía (entre los músculos, en el interior del abdomen, en la región lumbar…). Al fin y al cabo, tenemos grasa en todos esos lugares. Los lipomas siempre son benignos. Existen tumores malignos formados a partir de las células de la grasa, pero son muy infrecuentes. Les llamamos liposarcomas. Es muy raro (imposible no hay nada) que un lipoma se malignice con el paso de los años. Es más probable que, en caso de que el tumor sea maligno, lo sea desde el principio y crezca rápido.
Exploré a la mujer y la programé para quitarle el tumor del antebrazo. Operar un antebrazo es un pequeño reto para un cirujano. Entre los varios paquetes musculares que tienen la función de flexionar los dedos y la mano, pasan las arterias que le llevan la sangre y los nervios que hacen que esos músculos se puedan contraer, o que recogen la sensibilidad de los dedos. Una tumoración tan grande, aunque sea benigna, ha podido desplazar de su lugar original esas estructuras, y hay que conocer bien la anatomía y ser un poco meticuloso para no lesionarlas.

A ello me puse una mañana de junio. Al abrir la piel y separar el músculo, pude identificar claramente que se trataba de lo que había sospechado. Con cuidado lo fui separando de las estructuras que lo rodeaban, hasta extraerlo. En su parte más profunda llegaba hasta el hueso. Terminé la operación cerrando la piel y dejando un pequeño drenaje por si se acumulaba sangre en las horas de después. Al final, una operación poco agresiva, sin más riesgo, a priori, de complicación que una hemorragia (poco probable), o una lesión inadvertida de algún nervio, que descarté con una sencilla exploración, una vez desaparecieron los efectos de la anestesia. Un éxito, vamos.

Esa tarde, la mujer tenía una fiebre muy alta (40ºC), que le hacía delirar, y una tiritona que parecía que estuviera convulsionando.

Una herida de una cirugía como esta se puede infectar (todas las heridas se pueden infectar), pero no es probable. Y es casi imposible que lo haga en menos de seis horas. Los signos de infección aparecerían pasados unos días. Cada vez que, en este lugar de África, un paciente ingresado, o que entra por la puerta del hospital tiene fiebre, y más una fiebre tan elevada, tiene paludismo mientras no se demuestre lo contrario.

Lo primero que hice fue solicitar el test de la malaria. Es una prueba sencilla. Se llama “gota gruesa”. Consiste en colocar una gota de sangre sobre un cristal y mirarla al microscopio. Si se ven los protozoos causantes de la enfermedad (el plasmodium), el paciente tiene paludismo. Algunas muestras de sangre de aquí tienen más plasmodios que glóbulos rojos. La de mi paciente, también.
Le prescribí quinina intravenosa. Es el tratamiento más fuerte que hay. El brote de malaria, con delirio y estado semicomatoso que la mujer presentaba, también lo era.


Cuando, a la mañana siguiente, llegué al control de enfermería, me saludaron con la noticia: la mujer había muerto esa madrugada. No le sirvió de nada haber recuperado la estética de su antebrazo. A mí, la satisfacción de haber hecho una cirugía meticulosa, tampoco.

En Bebedjiá, el 25 de junio de 2016.

viernes, 24 de junio de 2016

Las cunas de la maternidad

Comenzamos cada día nuestra labor pasando visita por la maternidad. Así, la primera mañana en Bebedjiá, la obstetricia fue la primera impresión que nos llevamos del hospital. Había una mujer acostada en su camastro. Había parido esa misma noche y tenía a su hijo recién nacido acostado a su lado. La respiración del niño era muy rápida y superficial. Se lo llevaron a colocarle una mascarilla con oxígeno. En realidad, no tenemos oxígeno, si no un aparato que concentra el oxígeno del aire. Está en el quirófano. Al poco rato, murió.

En otra de las camas, había una mujer que también había parido esa misma noche, pero no había ningún recién nacido acostado a su lado. Había nacido muerto.

En las dos semanas y pico que llevo en el Hospital de St. Josepf en Chad, de promedio, han nacido unos cuatro niños al día. Alrededor de veinte. La mitad han nacido muertos.

Algunos han sido abortos tardíos. Otros, niños a término de su edad gestacional que han muerto por sufrimiento fetal durante el parto. Estos últimos, las mujeres habían llegado al hospital ya con el feto muerto dentro de su vientre, tras muchas horas, a veces días, de trabajo de parto en sus casas o en centros de salud.

La maternidad da mucho trabajo. Continuado. A todas horas. Anita, la ginecólogo que me ha acompañado en este viaje, no tiene descanso. Muchas noches la han llamado o se ha tenido que levantar para vigilar a alguna parturienta pero, curiosamente, después de dos semanas no habíamos tenido que realizar ninguna cesárea. Anita no se había estrenado con la cirugía obstétrica.

Una cesárea supone una cicatriz en el útero. Una cicatriz es una zona de debilidad. No hay cultura en Chad de control de la natalidad. En realidad, no hay ningún control de la natalidad. Las consultas por infertilidad son de mujeres que tienen varios hijos y que están preocupadas porque hace dos años que no se quedan embarazadas. El papel social de las mujeres, asumido por ellas, es parir y parir y parir. Parece que sea el objetivo de sus vidas.

No tenía mucho sentido haber indicado cesáreas, dado que los partos que habían presentado alguna dificultad ya venían los bebés muertos. No había prisa por sacarlos. No había riesgo de que el niño sufriera algún daño en el canal del parto. No había niño. Y, cuando la mujer se volviese a quedar embarazada unas semanas más tarde y llegase el momento del parto, se elevaba la posibilidad de que se le rompiera el útero. Una ruptura uterina es muy grave. Supone la muerte de la mujer por hemorragia si no se consigue quitarlo inmediatamente y quitar un útero de gran tamaño, que acaba de albergar un niño dentro, tampoco es fácil. Tiene sentido tratar de evitar cesáreas innecesarias. Es una manera de evitar riesgos futuros.

El 19 de junio era domingo. Se preveía tranquilo. Pasamos visita sin madrugar y gastamos el día en enredar por el recinto del hospital, pues llovió fuerte durante todo el día. Se cumplían dos semanas sin que hubiésemos tenido que hacer ni una cesárea. Había una mujer de parto desde la tarde anterior. Era su segundo embarazo. El primero, había terminado en cesárea y el niño no había sobrevivido. En este, aún no había nacido y ya estaba muerto. El parto no progresaba. Anita quería evitarle la segunda cesárea, pero la familia insistía en que quería que la operásemos para sacar al feto muerto. Aquí las familias “mandan mucho”. No se puede operar a nadie sin el consentimiento de su familia, aunque el paciente sí haya dado el consentimiento. Eran las 7 de la tarde y Anita indicó la intervención. Pasamos a quirófano. No había prisa. La salud del bebé ya no corría peligro. Cuando estábamos terminando la operación, se asoma una matrona para avisarnos que ha llegado otra mujer y que el niño viene “en transversa” y con una mano asomando por la vagina. Esto sí corría prisa. Si el niño estaba vivo, había que sacarlo lo antes posible.

Pasamos a la segunda mujer al quirófano. Incisión y apertura muy rápidas, Con las manos y el bisturí. Sin perder tiempo en hacer hemostasia. Ya se hará luego. Apertura del útero. Sacar el bebé, cortar el cordón. No tenía buena pinta. Ese niño presentaba signos de haber tenido sufrimiento fetal. El parto había comenzado 24 horas antes y la mujer había llegado al hospital haría unos 24 minutos. Alex, el anestesista, trató de reanimarlo ayudado de la matrona. No hubo manera. A los pocos minutos de haber nacido, su corazón dejaba de latir.

Volvamos a la madre. La teníamos abierta sobre la mesa de quirófano. Antes de sacar al niño, ya nos habíamos dado cuenta de que el útero tenía un hematoma en la cara posterior. Mientras lo cerrábamos, el hematoma se iba haciendo más grande. Tantas horas de parto, su séptimo embarazo, el útero se había roto. Tratamos de parar el sangrado, pero el hematoma se hacía cada vez más grande y la mujer estaba presentando signos de shock por hemorragia. No quedaba otra que quitar el útero, mientras la matrona salía a pedir a los familiares sangre para la paciente. Ya habíamos perdido al bebé, queríamos evitar perder también a la madre.

Salimos tarde del quirófano aquella noche. Cenamos, cansados, las sobras de la comida (íbamos a comprar la cena a la hora en que “comenzó el baile”).

En el pase de visita, a la mañana siguiente, la maternidad estaba tranquila, como una playa cuando ha pasado la tormenta. En la maternidad colocan a las pacientes operadas en una sala aparte de las que han dado a luz de forma natural. En esa sala había dos mujeres. Nuestras dos pacientes de anoche, ya recuperada la segunda de la hemorragia. Había algo más en lo que no me había fijado hasta ahora. Estaban allí, al lado de las camas: eran las cunas vacías de los niños muertos.


En Bebedjiá, la noche de San Juan de 2016.