martes, 12 de noviembre de 2013

El regalo


Hoy me han hecho un regalo. 

Los regalos tienen de algo mágico, más si se reciben por sorpresa. Cuando he llegado a casa esta tarde, me esperaba un paquete enorme en la portería. Tardé en abrirlo, porque llegaba justo a recoger a mis hijas al colegio. Quedó encima de la mesa del comedor. 

Era un sobre verde, de esos que venden en correos, que por dentro van acolchados con papel burbuja. Estaba lleno de cosas. 

Había una novela. Un libro que recomendaba Ana Vico en Old Viernes, y cuya reseña compartí hace unas semanas en mi muro. Es un libro muy especial porque ya ha sido leído, y eso le da vida. Lleva en sus hojas el roce de los dedos que las pasaron y, en la tinta, la sombra de los ojos que recorrieron las letras. Los libros ya leídos suelen guardar sorpresas entre sus páginas. Como aquel ticket de compra que encontré este verano entre las de uno que cogí de la biblioteca. Este también tiene un regalo: una tarjetita, amarilleada por el tiempo, con el dibujo de tres osos de peluche. Por en reverso lleva escritos dieciocho adjetivos que perfectamente podrían describir al autor del regalo. Me ha dado por leer la página marcada por la tarjeta y no he podido reprimir la sonrisa. Si ha sido intencionado, doble risa y cien por cien de acuerdo con el primer adjetivo. Si ha sido casual, es que existe una fuerza misteriosa oculta en esa tarjeta: la fuerza de la magia del regalo.

Venían también dos banderines negros con un par de tibias y una calavera. Uno va destinado a presidir la mesa de mi despacho. Quedará gracioso. Javier tiene en la suya un banderín con la de España. Yo tendré la del "Pirata Cojo”.

Además, contenía una bolsa de papel precintada. Como esos paquetes que, tras quitar el envoltorio, tienen otro papel debajo envolviéndolo, y otro, y otro, y otro… La bolsa tiene un sugerente rótulo: “Sweet pharm dulce terapia”.  Dentro de ella, un paquete de acetato transparente, atado con una cinta roja rematada con forma de flor, que terminó sujentando el pelo de Jimena (esta niña termina llevándose todo a la cabeza). El paquete contiene tres frascos de “pastillas” (caramelos), para los días sin sonrisas. Cada frasco viene etiquetado de diferente manera. El de Conguitos, “No es mágico, pero te dará poderes”. El de gominolas, “Indicado para no llevar la vida muy en serio”. Y el de Lacasitos, “Para cuando quieres ser invisible”. Las etiquetas, además advierten sobre las normas de consumo: “Dulce y alegremente”.

Mis hijas se lo han tomado al pie de la letra y, después de la cena, nos hemos reído a carcajadas con las pastillas para cuando quieres ser invisible. Arancha y Jimena se han atizado una sobredosis y han paseado invisibles por todo el salón, levantando objetos como si estuvieran embrujados y dándome sustos con ellos. Yo no tengo necesidad de hacerme invisible, pero una amiga mía sí. Y con cierta frecuencia. Se las voy a prescribir.

Un último curioso y bonito detalle venía dentro del paquete: una fotocopia de la portada del diario El Norte de Castilla, del día de mi nacimiento.

No voy a revelar la identidad del autor del regalo. No es un secreto, pero es más divertido así. Ha debido tomar una buena dosis de Conguitos, porque tiene poderes. El poder de producir una sonrisa, de hacer pasar un buen rato. Tiene el poder de hacer sentirse mejor a las personas con las que se encuentra. Es un auror. Ya conozco a más de uno. Espantan a los dementores con su sola presencia. Abren las ventanas para que se vayan los monstruos. Son mágicos. Como los regalos.

Gracias.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

La boina

Basta que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato…

Todo comenzó por la boina. Sé que no es la prenda de moda de este invierno. Ni lo fue del pasado ni, me temo, lo vaya a ser del que viene. Es una lástima, porque a mí siempre me ha parecido una prenda muy distinguida. Será porque mi abuelo Argimiro, que era un hombre muy serio, no se la quitaba ni para dormir la siesta. O será porque estoy platónicamente enamorado de Victoria Vera desde que la vi de niño en Ninette y un señor de Murcia, tocada en esa prenda tan de mujer francesita. Lo que sea. A mí me gusta mucho. Y tenía yo ilusión por tener una boina... Realmente tengo una. Es de color verde y lleva una insignia dorada que representa un machete rodeado por dos ramas de laurel. Aunque no me veo yo yendo por la calle con la boina verde calada. No soy especialmente vergonzoso, pero esto ya me parece excesivo. Tampoco sé dónde la tengo. Afortunadamente, porque capaz soy un día de enajenación de ponérmela…

Ayer me invitaron a una tertulia en el Café Gijón. Suena un poco a cultureta. Pero no. Fue una reunión muy divertida en la que conocí a unas personas maravillosas y pasamos un rato muy agradable. Para empezar, a esa tertulia hay que ir con boina. Sí. La idea parece ser que partió de Coque. Un tipo muy simpático, que vino de Alicante solo para asistir a la tertulia. Yo era la primera vez que participaba y no tenía uniforme. Coque traía una boina para mí. Todo un detalle. Regresé a mi casa muy orgulloso con la boina puesta. Es cierto que la gente me miraba por la calle, pero tampoco me importó demasiado. Manuel, el portero, que es un hombre muy discreto, me saludó con la voz queda y la educación de siempre, aunque no pudo disimular levantar los ojos hacia mi cabeza, cuando crucé el portal.

Cuando esta tarde salía de casa para llevar a mis hijas a la de su madre, me calcé la boina. Ahí empezó todo. Realmente, no tenía intención de llevarla. Solo quería hacer la gracia.

María: -“Papá, si sales así de casa, reniego de ti como hija”.

Arancha. -¿No te irás a poner eso?

Jimena me la quitó de la cabeza y, riéndose a carcajadas, se la puso ella, toda coqueta, de lado y se fue hasta el espejo para mirarse. 
-¿Qué tal me queda?

¡Ay, mi pequeña Ninette! ¿Quién dice que un hombre no puede enamorarse de más de una mujer a la vez? Yo estoy enamorado, al menos, de estas tres (sí, al menos, pero no voy a dar más detalles).

-¡Venga, papá! ¡Vamos!

-Espera que me miro en el espejo.

-Vamos, Jimena, que es tarde.

-¡Papá, que están protestando por el ascensor!

-Cógeme la mochila.

-Dame la boina, Jimena.

¡Zas! Cierro la puerta.

-¡Eh! Esperad, que voy a dejar la boina en casa. ¡Vaya! Con la coña de la boina, me he dejado dentro las llaves.

-¿Y ahora cómo vas a entrar?

-Con un plástico fuerte, o una cartulina puedo empujar el resbalón. Tranquilas, no es problema. ¿Tenéis algo así en las mochilas?

-Pues no.

-Con lo que pesan, ya podrían llevar hasta una caja de herramientas,- pensé.

-Me valen unas hojas del cuaderno dobladas.

-Pues cógelas del mío.- Jimena se había vuelto a colocar la boina mientras bajábamos en el ascensor. ¡Me encanta!

Vuelta de regreso a casa, todo bien. Por el momento. Con la boina en la cabeza (abriga bastante y está refrescando ya en Madrid). Yo estaba de un humor excelente. En parte, por mis hijas. Y en parte, porque caminaba delante de mí una mujer con un culo estupendo, que me recordaba mucho a otro más estupendo todavía, cuya propietaria no voy a desvelar. Ya lo sabrá ella si me lee. Y si no, también, porque no me canso de decírselo. Hoy mismo se lo he recordado (porque no me cree).

Así, con una sonrisa de medio lado y la chapela calada a modo de visera, me planto en la puerta del portal. En jarras. Una mujer, que estaba parada delante del escaparate de la tienda de ropa que hay en el local de al lado, me observaba de reojo con cierta desconfianza. 

-Con suerte, esta señora vive en mi portal,- pensé.

Pues no. Al poco, se da media vuelta y cruza a la otra acera. O sí, y huyó asustada. ¡Vaya usted a saber! Con boina debo impresionar mucho (que estoy impresionante, o sea). Yo, "quieto parado". Alguien vendrá pronto... 

No. 

Basta con que esperes a que algo ocurra, para que no pase. Mi portal suele ser bastante concurrido. No transcurre ni un minuto sin que entre o salga nadie. Pero hace un rato, cuando estuve parado en la calle, no venía nadie. Cinco, diez, quince minutos… ¡Por fin! Mi vecina la del perro. Bueno, realmente tiene tres. Los saca a pasear por el jardín de detrás de casa.

-Hola, buenas noches.- Sonreí y me quité la boina. Con ella en la mano, me vi a mí mismo como la estampa viva de Alfredo Landa en Los santos inocentes

Mi vecina la del perro (bueno, realmente tiene tres), debe estar acostumbrada a mis excentricidades. Ya me ha pillado en alguna otra. Aún así puso cara de entre sorna y curiosidad.

-Hola.

-Gracias. Llevaba esperando un rato porque estoy sin llaves.

Le resumí los acontecimientos (obviando lo del culo de la transeúnte, que no me pareció adecuado mencionar), y se despidió de mí deseándome suerte.

-Cualquier día esta llama a los loqueros,- pensé.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué los folios arrancados del cuaderno de Jimena, tratando de introducirlos entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Caminé hasta el coche. Esta vez, no hubo transeúnte, así que me conformé con recrearme en el recuerdo y la imaginación del otro; del que me gusta. Mucho mejor. El recuerdo, digo. Y la imaginación. Esos nunca te fallan. 

Esperaba encontrar algo más consistente que los folios de Jimena, rebuscando en la guantera. Deseché la rasqueta del hielo. Muy gorda. Eso no cabe. ¡Albricias! La tarjeta de la O.R.A. Deshice el camino y llegué al portal.

Dos mujeres hablaban en la puerta. Parece que esta vez no tendría que esperar. 

-Hola, buenas noches. ¿Vivís aquí? Es que no tengo llaves.

Me miraron con desconfianza (se me había olvidado quitarme la boina).

-Sí,- afirmaron con la voz apagada.

No me pareció que fueran a abrirme. Silencio incómodo, interrumpido cuando se enciende la luz de dentro y sale por la puerta mi vecina la del perro, que realmente tiene tres (lo he dicho ya ¿no?).

-Hola. ¿No has podido entrar?

Me quité la boina.

-No. Voy a probar con otra cosa.

Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Arrugué la tarjeta de la O.R.A., tratando de introducirla entre el marco y la puerta. Sin éxito.

Me volví a poner la boina. Cogí el ascensor. Bajé. Salí a la calle. Allí estaban mis tres vecinas de tertulia a la puerta. La del perro, también (sí, que tiene tres, que ya lo has dicho, “pesao”). Me uní a la tertulia.

-Necesitaría una radiografía.

-Yo tengo una en casa. Te la bajo.

-Muchas gracias.

Cinco minutos con tres desconocidas parado de pie en la calle a la puerta del portal, y con boina, se hacen muy largos. Casi tanto como coincidir en un ascensor. 

-Pues a mí me pasó una vez y tuve que llamar al cerrajero.

-¿Has preguntado al portero?

-Y con una radiografía ¿cómo vas a abrir la puerta?

Por fin, aparece la señora con su radiografía. Un enema opaco que no pude reprimir echar un vistazo. Todo en orden (defecto de profesional).


Cogí el ascensor. Subí. Dejé la boina sobre el felpudo. Maniobré unos minutos con la placa tratando de introducirla entre el marco y la puerta.

-Hoy duermo en la escalera,- pensé. 

Finalmente conseguí hacer ceder el resbalón.

Ahora estoy sentado en el sofá, los pies encima de la mesa y el ordenador sobre las piernas. Me he atizado un par de vasos del orujo de manzana que me regaló Carlos (está buenísimo, pero da un poco de resaca). La boina en el apoyabrazos del sofá. Con un poco de suerte la pongo de moda. 

Apuro la copa y me voy a la cama. A soñar con el culo más perfecto del mundo. Y con Ninette.

lunes, 21 de octubre de 2013

Luis


No tengo especial manía por las peluquerías. No soy cliente fijo de ninguna, ni tengo peluquero "de cabecera". Generalmente, voy a la más barata que tengo cerca de casa, que es una peluquería de mujeres. Me fijo tan poco, que ni si quiera recuerdo el nombre de la  franquicia a la que pertenece. Asomo la nariz y le pregunto a la encargada si hay mucha cola. Si tengo que esperar, me voy y vuelvo otro día.

-¿Quiere que le corte el pelo alguien en particular?

-No. Me da igual.

Una vez me cortó Vanesa, y me gustó. Así que, a la siguiente vez que volví, respondí:

-Sí, Vanesa.

-Lo siento, Vanesa está muy liada. Hoy no va a poder. Si quiere a Vanesa, lo mejor será que llame por teléfono para pedir cita.

-Creía que no se podía pedir cita…

-Y no se puede. Pero para Vanesa, sí.

Ahí se acabó mi relación con Vanesa. Que me lo corte quien sea.

Otra vez me tocó a Felipe. Era un chico regordete y gay. Simpático, hablador, y muy amanerado. Tenía unos dedos cortos que parecían salchichas, las cara redonda, los ojos pequeños y vivaces, y llevaba el pelo rapado a maquinilla. Como mucho, al dos.

Realmente, no me tocó. Me eligió el.

-¡Yo le atiendo!- Casi gritó apenas asomé por la puerta del local. No es que me importe demasiado, pero siempre he tenido la sensación de que le gusto a los chicos (a los chicos a los que les gustan los chicos, se entiende).

Lo de Felipe fue toda una experiencia. En serio. Nadie. Nadie jamás de los jamases, me ha lavado el pelo como me lavaba Felipe. ¡Qué tío! Esperaba a que el agua estuviese a la temperatura justa. El chorro de la ducha con la presión adecuada, tirando a flojito. Me mojaba la cabeza con parsimonia y extendía el jabón con cuidada suavidad por toda la cabeza, eternizándose en un masaje que terminaba en las sienes y remataba en la nuca. Despacio y con cariño. Recreándose. Con la punta de los dedos sin apretar casi, moviéndolos en círculos… Cerré los ojos y le dejé hacer. ¡Tuve la tentación de volver al día siguiente, solo para que me lavara la cabeza!

Con Felipe sí repetí. No estaba tan solicitado como Vanesa. Igual es que no se esmeraba de la misma manera con la cabeza de las señoras… No lo sé. El caso es que duró poco. Dos o tres veces, no más. Me contó que vivía en Fuenlabrada y que quería abrir su propia peluquería en Chueca. Me pareció de lo más apropiado por su parte. Cuando volví a preguntar por él, ya no trabajaba allí. Quise suponer que habría hecho realidad su sueño, pero preferí no indagar. Si me planto en una peluquería de Chueca a que me den un masaje en la cabeza, podría haber dado lugar a algún tipo de malentendido.

Esta mañana me he cortado el pelo. Tenía que hacer un recado por Madrid y terminé antes de lo que había previsto la hora del tíquet de la O.R.A., que ahora no se llama así. Se llama S.E.R., que no sé qué significa (tampoco sé lo que significaba lo otro). Había una peluquería de Marco Aldany en frente de mi coche y aproveché. Hace días que quiero cortármelo y no encuentro el momento (y echo de menos los dedos de Felipe, ¡ay!).

Había una fotografía gigante de un rubio macizo y bronceado, con barbita de tres días en el escaparate. "Hombres 9,99 €". Perfecto para tiempos de crisis. Y si me dejan como al de la foto, ni te cuento.

-Hola buenos días. ¿Tengo que esperar mucho para que me corten el pelo?

-Hola buenos días.- Me respondió la mujer del mostrador detrás de la caja. No le pregunté su nombre. Rubia también, aunque teñida. Pelo liso, por los hombros. Delgada. Sonrisa correcta, aparentaba algo más de cincuenta.

-No. No mucho. Unos diez minutos.

-Vale. Espero.

Me senté en un silloncito y me puse a ojear El Mundo. No suelo leer ya la prensa, porque me pone de mal humor. El titular de la portada: "Una empresa de chorizos vincula el escándalo de los ERE con el de UGT-A". ¡Bordado! Hoy el periódico abre con páginas de humor (es que ya no queda otra que reírse…). A la cuarta página, y cuando empezaba a sentir nauseas, aparece Luis.

Metro ochenta, por lo menos. Ancho de hombros. Cachas, pero sin pasarse. Vaqueros y camiseta. Acento cubano. Pelo muy corto ensortijado. Moreno. Y con esa sonrisa blanquísima que sólo los negros tienen.

-¿Está esperando para cortarse el pelo?

-Sí.

-Pues venga conmigo.

-¿Me lo va a cortar usted?

-Sí.

Le seguí escaleras abajo. El local era enorme y no me había dado cuenta de que tenía, además, otra planta en el sótano.

-Siéntese aquí, por favor.- Me señaló el sillón de barbería, delante del espejo. No había otro, y no había nadie más. Sesión privada de peluquería, pensé. La bacía quedaba detrás del sillón, a un par de metros.

-¿Cómo quiere que le corte? ¿A maquinilla, a tijera o con ambas?

Me dejó descolocado. Nunca sé cómo responder a esa pregunta. En serio. No sé cómo explicar cómo quiero que me corten el pelo. Me parece la pregunta más subjetiva. ¿Corto? ¿Qué entenderá el peluquero por corto? ¿Me meterá la maquinilla al uno? ¿No muy corto? Salgo igual casi que entré, pero con diez euros menos… Ahora, que lo de darme a elegir el instrumental, resultó una novedad. En las peluquerías de barrio, hace muchos años, la pregunta era "¿A navaja, o a tijera?" La última vez que me hicieron esa pregunta fue este verano en la de Oscar. Sí, sé que se escribe Óscar, pero es que en Cangas, yo toda la vida he escuchado nombrar al peluquero con el acento cambiado. La peluquería de Oscar, es mi única peluquería "fetiche". Allí me corto el pelo todos los veranos que he ido a Cangas desde que era muy niño. Entonces, me acompañaba mi abuelo. Le recuerdo con un gesto entre solemne y socarrón, mientras Oscar padre me invitaba a sentarme en el sillón sobre un taco de periódicos, para compensar mi estatura de chiquillo. Cuando mi abuelo faltó, fue mi padre quien me llevaba. Me encanta que me lo corten a navaja. El ris-ras que hace la cuchilla contra el pelo y los movimientos acompasados de los brazos del peluquero, alternando las pasadas de la hoja en una mano con el peine en la otra.

Fui sincero:

-Nunca sé explicar cómo quiero que me corten el pelo- le espeté con una sonrisa de timidez. Es un tipo de sonrisa que viene muy bien para estas situaciones. Tengo una amiga que la utiliza con frecuencia, así como bajando un poco la cabeza y mirando con ojitos hacia arriba, y que me desarma cuando lo hace. A mí no me sale igual. Tampoco pretendía desarmar al peluquero.

-Así, más o menos. Por aquí- Me cogí el pelo entre los dedos, mirándome al espejo, mostrándole la medida del corte.

-No sé, corto, pero que no me quede de punta- añadí. -Me peino con la raya a la derecha y no uso gomina.

Luis se estaba rompiendo de risa por dentro. Lo vi en sus ojos. Pero el gesto, incólume. ¡Muy profesional!

-¿Y a tijera o a maquinilla...? Siempre me lo corto a tijera.

-Entonces, lo quiere con el mismo estilo, pero un poco más corto- sentenció.

-Será así- pensé. Tampoco era cuestión de entablar un debate sobre semántica. Se puso manos a la obra.

-Normalmente, me lavan la cabeza antes de empezar a cortarme el pelo- le dije (yo, añorando a Felipe, claro).

-Yo prefiero lavar el pelo al cliente cuando termino de cortarle. Si es que luego no va a ir a su casa a ducharse, es muy molesto estar con los pelitos, que le pican a uno, por el cuello de la camisa todo el día.

-Sí, pero lo que me dicen otros peluqueros es que es mejor cortar el pelo mojado que seco.

-Es mejor para el peluquero, porque es más fácil. Pero no para el cliente. Yo prefiero cortar el pelo en seco, porque así sé cómo va a quedar.


Son apasionantes las conversaciones en las peluquerías. Allí siguió explicándome Teoría del Arte del Corte de Pelo, mientras mechones del mío iban tapizando la sábana que me cubría los hombros.

-Depende del tipo de pelo, también. Y de la parte de la cabeza. Por arriba, se lo voy a mojar.

Pasé un rato divertido escuchándole. Cumplió su palabra y me lavó la cabeza. El agua fría y el enjabonado rutinario. Al terminar, me acompañó hasta la caja. Nos dimos la mano y, yo a él, una propina. Me había caído muy simpático el cubano.

-Me llamo Daniel. ¿Y usted?

-Luis.

-Me ha gustado mucho cómo me ha dejado. Muchas gracias.

-Es que Luis es mucho Luis-, sentenció la rubia de la caja.

-Sí-, pensé yo. -Pero nunca nadie me ha lavado la cabeza como Felipe.



miércoles, 9 de octubre de 2013

El pupitre.



Hay cuadernos en los cajones, un semicírculo graduado, un estuche… Al fondo, en la pantalla, el cañón del ordenador proyecta la fotografía de la clase. Todos los niños sonrientes. Mi hija entre ellos.

Es simpático verme sentado en un pupitre, la silla pequeña. No es nostalgia. Es la divertida sensación de sentirme proyectado en la infancia.

Maite sigue hablando. Es la tutora de Arancha y es una mujer agradable. Sonrío. Mientras la escucho y escribo estas notas, parece que estoy tomando apuntes. Debe pensar que soy muy aplicado.

-Me estoy enrollando y no voy pasando las diapositivas que preparado- la oigo decir. Y lo apunto.

Me está cayendo bien esta mujer de pelo corto, moreno pintado de gris, con raya a la derecha.

-Como ya voy siendo mayor me puedo permitir manías. Una es que no soporto el desorden. Seguro que en casa os dirán vuestros hijos: ¡Qué pesada es Maite con el tema del orden!

Vuelvo  de nuevo mi mente al aula. Al fondo hay un póster en el que dos manos hacen un cuenco con tierra, del que brota una pequeña planta.

Paula emplea dos horas al día en jugar con niños. Sus hijos y otros. Estaría disfrutando de estar sentada en una de estos pupitres, pero no en la reunión. En el aula con el resto de los niños.

-No responsabilicéis de lo que os pasa a agentes externos: "Me he dejado el libro por culpa de mamá…"- Maite sigue con su charla. 

Esta frase se lo digo yo a mis hijas a diario. Me sale otra sonrisa.

Hay margaritas de colores, hechas con cartulina, pegadas en el corcho a mi espalda.

-El control de naturales estaba "chupado".

Me río otra vez. ¡Me encanta el colegio!

-¿En la tercera pregunta, donde dice que explique las características de la estrellas, hay que explicar? Y donde dice definir, ¿hay que definir?- Imita Maite las preguntas de los niños.

-¿Queréis tener hijos solidarios? Supongo que sí. ¿Verdad?- Nos explica el lema del "Bocadillo Solidario": Es un error no hacer nada porque se crea que se haga poco.

Apunta su e-mail en el encerado. Tiene letra redonda, cuidada, bonita. Escribe recto. Lleva un pañuelo azul, estampado de hojas blancas, colgando del cuello. Como una estola, anudada con una vuelta a la altura del ombligo. Una camisa blanca larga le cubre hasta los muslos el pantalón negro.

Entonces vibra el teléfono encima del pupitre. Es mi hija.

-Papá. ¿a qué hora termina la reunión? Es que me cierran la papelería y tengo que comprar, y es para mañana…- Voz quejosa.

Me salgo fuera.

-María, no sé a qué hora termina la reunión.

-Jo, papá. Es que necesito seis DIN A3, bueno-solo-necesito-tres-pero-le-dije-a-Ángela-que-le-compraba-yo-las-suyas-y-dos-planos-mudos-físicos-y-uno-politico-de-España-pero-tienen-que-ser-mudos. 

Ahhhh (pausa para tomar aire).

-¡Y es que cierran en veinte minutos!

-María: no tengo una bola de cristal para adivinar que tienes que ir a la papelería. ¿Me lo dices ahora? He dejado la cartera en casa.

-¡Papaaa!

-Coge mi cartera. Te espero en la papelería.

-Pero eso es una bobada. Si voy a tener que ir yo, que vayamos los dos.

-Deja de protestar, y haz lo que te digo. No saqué dinero y tengo que pagar con tarjeta, y tú no puedes pagar con mi tarjeta.

Ocho menos cinco. Papelería. María llega sofocada. Ha venido corriendo. Yo la espero en el mostrador con dos mapas físicos de España (mudos), uno político (mudo, insisto), y seis DIN A3 (pero tres son para Ángela).

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Seis menos cuarto. Un sol radiante en este octubre primaveral que estamos disfrutando. Hace calor, y más si llevas desde las cinco caminando (colegio-catquesis, catequesis-casa, casa-colegio...). Ahora recojo a Arancha para llevarla a padel. 

-Papá, me tienes que preguntar los verbos.

-¿Qué verbos? ¿Los de inglés?

-No. En español. Lo de pretérito perfecto del indicativo y eso.

-¿Te referes a las conjugaciones de los verbos?

-Eso.

Ya tengo entretenimiento para el paseo. Suena el móvil. Llaman desde mi casa.

-Papá, ¿este pastel de chocolate que hay en la nevera es nuestro?- Es Jimena.

-Sí, claro.

-¿Puedo comer un poco?

-Por supuesto.- (A Cristina le haría ilusión escuchar esta conversación, pienso)

-¡Mariaaaa! ¡Que síííí, que podemos comer!

-Está muy bueno, Jimena. Y si lo mojas en colacao, más.

-¡Es lo que voy a hacer...!- La "veo" sonreír a través del teléfono.


Ser padre está siendo la mejor aventura de mi vida.



domingo, 29 de septiembre de 2013

The letter


Benito was thoughtful as he took the envelope. It was a cold morning in early March. He could see the side of the Cogolla from the window of his office, covered in white. It had snowed heavily the previous evening. The Orbayo only had melted the snow from the streets.

"Manuel Fernandez Riesgo Family (Trascastro). Comercios del Médico. Cangas del Narcea." The envelope was stamped letterhead Oviedo Military Command.

It was common for people in the villages to direct mail to Cangas stores. The service could not reach each of the houses scattered around those steep hills, connected by dirt roads transitable only on foot or horseback. On Saturday, market day, down the people in the villages. The church square is carpeted with potatoes, beans, cabbage, fabas, cottage cheese, eggs, tomatoes, peppers... cages with rabbits and chickens that rattled more than the voices of the market women. The "countrywomen" bustled with roman scales, sitting on stools behind bags and blankets that transform the floor in makeshift stalls counters. The people, who lived deep in the quiet week routine, dressed in bustle. "Countrymen" down the cattle market in La Vega: a meadow at the edge of the river, two hundred yards from the church down the street. If they could sell the calf or gocho, they rose to High Street to spend the profit on snuff, tillage tools, fixtures for home, oil for lamps... There were main shops of Cangas. Among them, Comercios del Médico (the Physician's Store). The business name came from its founder: a physician also called Benito, who started it along with Manuela, his wife. The peasants draw on the visit to collect mail and upload it to the dorps.

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Manolin was a robust man, sly gesture and face bread. As his soul. Noble character. Temperamental sometimes. He rested his arms behind the desk of bar he owned, watching with hawk eyes the tables full of kids, laughing and shouting carefree sometimes, drinking tankards, portions of sausage, pieces of meat pie. Business was going not bad though, suspicious because of the life and approaching retirement, he did not hide the displeasure that this clientele gave him. Nearby University Campus, surrounded by student dormitories, the place had become a meeting point to start the night out drinking on a full stomach. Much had struggled since, as almost a child, he left a remote village high in the mountains of Asturias, in the municipality of Cangas del Narcea, called Trascastro .

When that whippersnapper smugly nerd glasses talked to him, tired of the noise of the kids, he felt annoyed.

- Are you from Asturias?

The student did assume the fatherland of the owner because of the name of the bar and the menu supply. Madrid was plagued with Asturias gastronomic embassies.

- No.  I'm galician.

- Galician? Where from?

- From Lugo .

Boy's insistence was getting him cranky, but he continued ignoring the sullen pose.

- What part of Lugo?

- Do you know Galicia?

- A little. But you have no galician accent . If you are from there, it must be about Ibias or thereabouts.

The big man could not suppress a wry twisted smile.

- I am from Cangas. - He said at last.

- I thought. - Smiled the student. - Just Cangas village?

- From a dorp.

- My mother is from Cangas. She is the daughter of Benito "the doctor ". The "phisisian's trade", you know.

Manuel opened his eyes. He turned pale. His lip trembled. Upon hearing Benito's name, he began to mourn .
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The Northern Army was going to Teruel. On Christmas Eve 1937, the Republican troops had entered into the city and, after several days fighting house to house, they rendered it. This forced to change the plans of "The Nationals" and deviate from the initial target: Guadalajara. Franco could not afford the propaganda effect of losing a capital of a province.

Manuel was traveling with eleven soldiers crammed into a truck, trying to ease unsuccessfully the unbearable cold. The war surprised him newcomer to military service. No, he belonged to the Army Corp "Galicia". A muddy road was heading to Teruel. Vehicles moved slowly at night. They were scared. They did not speak. Some were able to sleep despite the constant chatter and noise of the engines. Manuel looked down. His mind was far away. In the green Naviego's valley. In the eyes of his mother in front of the door, when he letf home a lifetime ago. The shy kiss that Mary gave him the evening before. In the rustling of the leaves of the chestnut trees caressed by the wind. He was seventeen. The most far away he had been from home was to accompany his father to the cattle market. They left at night to arrive early to Cangas after walking seven hours, taking turns in grabbing the halter tied to the head of a calf. His father told him stories of trasgus, xanas and vaqueiros, to help him forget the fatigue. Now his father was not with him, and chest twinge not relived with homesickness that prevaded his memories.

The roar of the explosion stunned him. He felt lifted the truck. The clay shrapnel caused him a terrible pain in the face. The shell had exploded next to the last truck in the convoy, making a hole and throwing it into the ravine. His body rolled out of the vehicle slamming into the rocky ground. He heard his father 's voice trying to reassure him. And nothing more. Everything went off.
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After hesitating for a minute, Benito opened the envelope. It was an official letter. The content could be important. The snow had become impassable the pathways and, in winter, the most remote houses were supplied to survive isolation. It could pass weeks until a neighbor of the doprs near Trascastro walked down to Cangas. He knew almost every family in the council where he was born. Many had sons mobilized in the fight. Others cast the mountain with the Maquis. Some, also in the mountains, hidden from stale petty quarrels that had wanted coward revenge charged with delation. He knew Fernandez Riesgo family. They had the only son mobilized. It was a very humble family, like all. The loss of a child entailed a loss in life resources, added to the tragedy of grief. He feared the worst.

He left on the desk the typewritten sheet, ended with the sign of the Military Governor, and lit a cigar. Squinting in the smoke. He finished his coffee slowly. He went to the rack, took his hat and umbrella, climbed down the stairs putting on his coat, got outside and walked home of Tomás.

- Good morning, Tomás.

- Good morning, Don Benito .

- Bring the car, please. We're going to Oviedo. I'll wait in the cafe of El Paseo .

- Right now.

Tomás turned to get the coat and they walked along a stretch dodging puddles.

- Rain has stopped. Hopefully, the road will be practicable. - Benito said.

Yesterday, the bus came without problem. The snow did not cacht on too much on asphalt and has been finished to melt in the rain.

- Hope we were lucky. See you later.

They separated to reach the Paseo and Benito took refuge from the cold behind the cafe's door, waiting for Tomás. A few minutes later, the car crossed, Bridge of Hell on te Oviedo's way. They would spent in the trip more than three hours by that bad bumpy road in 1938.

They arrived past two in the afternoon, without other mishap that routine checkpoints. They surrounded the Campo de San Francisco, and fell to Pelayo barracks, where the Military Command was located. Benito was identified by the soldier guarding the barrier. Once in the building, he asked to see the Military Governor. Another soldier walked into a room on the first floor and asked him to wait. Sitting in a chair, he missed time staring absently his fingers that held the letter he had opened in the morning.

- Don Benito Alvarez?

- Yes.

Follow me, please. Aranda Colonel will see you now.

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The student watched in silence Manolín excited face. Uncomfortable and embarrassed, he waited for the man to calm down. The man pressed his face with his hands and wiped her eyes. Containing the feeling, he exclaimed:

-So you're the grandson of Don Benito!

-Yes-, he answer, not hiding his surprise for that reaction.

- Due to your grandfather, I'm here. In this world.

The boy did not quite understand. His grandfather had run a small family banking. He knew some business, owned to people of Cangas in Madrid, that had been able to start due to his grandfather credits granted without no more guarantee that the word and the confidence in the honesty, tenacity and sacrifice of male villagers whom he knew personally, that wanted to get ahead and make a living in the city. Loans that other banks had denied before for lack of guarantees. Manuel interrupted his thoughts:

- Your grandfather saved my father's life. He saved my life before I was born. Before he married my mother. When he was seventeen or eighteen.

The student listened dumbfounded.

- During the civil war, my father was sent to the front of Teruel. The truck they were overturned by a bomb. Only he survived. He was unconscious on the floor. When he woke up, walked home in the opposite direction. He was arrested near Zaragoza and charged with desertion. He was moved to Oviedo and they subjected him to a military court. He was sentenced to death. He wolud be shoot.

The tears stopped. The boy did not know what to say.

- Your grandfather went to Oviedo and brought him back to home. I do not know how he did it. But I came into this world, because of him.

Silence. Manuel gulped.

- I still have the letter notifying the death sentence.

The boy looked at him in silence with a lump in his throat. A chill ran down his face.

- What's your name?

- Daniel, I said. -My grandfather Benito was a great person.


viernes, 27 de septiembre de 2013

El café


Se detuvo delante del escaparate de Prada. Quedó ausente un instante, perdida la mirada más allá del reflejo del ejemplar de La Reppublica que llevaba doblado en la mano junto con un clavel que se solapaba con la flor de cerezo del estampado de un vestido gris, al otro lado del cristal. Respiró hondo.

-Estoy loca- se dijo, sacudiendo la cabeza y esbozando una sonrisa que se superpuso a la del maniquí.

Caminó los pocos metros que le faltaban hasta el café. No quiso intentar reconocerle a través del cristal. Le avergonzaba que la descubriera. No le pareció mal que Sandro la hubiera citado allí. Era un lugar muy turístico, pero siempre le había gustado la decoración clásica del Greco, con las paredes repletas de cuadros y las sillas isabelinas tapizadas de terciopelo. Además, le quedaba cómodo para acercarse en metro, sin hacer transbordo, desde la estación de Anagina.

Respiró hondo y empujó la puerta.

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Berta había decidido separarse un año antes. Su marido terminó resultándole tremendamente aburrido. Cuando empezó a verlo como un mueble más de la casa, supo que tenía que sacarle de su vida. No fue fácil. Estas cosas nunca son fáciles. Enrique era un hombre bueno. Le tenía cariño y sus hijos le adoraban. Pero era tremendamente tedioso, desganado, carente de iniciativa, abrumado por preocupaciones exageradas. No era feliz a su lado.

No llevaba mal la soledad. Tampoco se sentía sola. Vivía con sus hijos y, entre estos y el trabajo, tenía ocupado prácticamente todo su tiempo, sin opción a pensar mucho. Lo único que echaba de menos era el sexo. No quería ninguna relación de compromiso. No era tan fácil como podría parecer. Le avergonzaba planteárselo a sus amigos solteros y más a los casados.  Berta no veía nada malo en ello, pero temía que no lo comprendiesen. O que interpretaran otra cosa.

Una tarde frente al ordenador, armada de valor o de inconsciencia (aún no estaba muy segura), se creó un perfil en una página de encuentros. Su bandeja de entrada se lleno de moscones en pocos minutos. Que hubiera dejado claro que solamente buscaba alguien con quien irse a la cama sin ningún compromiso, había influido, quizás, en el éxito de su convocatoria. Se sintió divertida sorteando proposiciones de todo tipo de personajes. Tomó la precaución de no revelar datos personales y de no subir su fotografía. Finalmente, entabló amistad con un hombre separado, licenciado en derecho, con pinta de normal: Sandro.

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Sandro llevaba un año separado. Su mujer se había enamorado de otro hombre. No era fácil digerirlo. Pasó muchas noches llorando de rabia y de tristeza. Echaba terriblemente de menos a sus hijos. Cada vez que los dejaba en casa de su madre, una losa le aplastaba el corazón. Tenía buenos amigos, que trataban de animarle y hacerle compañía, pero se sentía terriblemente solo. Al final, todos tenían su vida y él se quedaba en casa abrumado, tirado en el sofá, con una copa de güisqui en una mano y el mando a distancia en la otra. Insomne.

Una de tantas noches sin dormir, sentado frente al ordenador, se creo un perfil en una página de citas. No tenía la conciencia de estar buscando algo en concreto. Lo hizo más por aburrimiento y curiosidad, que por convencimiento. Mientras rellenaba los campos con sus gustos y aficiones, o se describía así mismo, no pensaba. Se entretuvo varias noches más en curiosear los perfiles de otras personas. Cuando leyó el de Sandra, le sorprendió su sinceridad.

-¡Qué tía! ¡Qué valor!- se dijo sin aguantarse la sonrisa.

Tardó un rato en decidirse.

-Bueno. Lo peor que puede pasarme es que termine echando un polvo y, bien mirado, no me vendría nada mal.

Pinchó el link de mensajes. "Hola. Me llamo Sandro. Me gustaría quedar contigo".

Enter. Ya.

Se fue a dormir. Eran las tres de la madrugada de otro martes más.

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Al salir del juzgado encendió el teléfono. Lo apagaba siempre que entraba en la sala de audiencias. Cruzaba distraído el puente de Humberto I cuando escuchó el sonido de haber recibido un e-mail.

"Hola Sandro. Gracias por escribirme. ¿Cuándo te viene bien? Esta semana podría quedar esta noche o mañana. Si no puedes, tendíamos que mirar otro día. Podríamos tomar algo a partir de las ocho. ¿Qué te parece?"


Llegó dando un paseo hasta su casa. Un pequeño piso abuhardillado en el número 31 de la vía de la Fontanella di Borghese, que alquiló cuando se vio obligado a salir de su hogar. Pequeño, pero alegre y acogedor. Una gran terraza orientada al sur le permitía disfrutar del relente de la mañana con la taza caliente de capuccino entre las manos, mientras paseaba los ojos por los tejados, entre de la cúpula del Panteón y el monumento a Víctor Manuel II, en lo alto de la colina capitolina. Nada propenso a la melancolía, vitalista, inquieto, de carácter divertido, le estaba costando digerir la situación. Por eso no dudó en cerrar el trato con la casera sin regatear en la renta, cuando se lo enseñó. ¡Qué mejor estímulo para empezar el día que admirar la luz del amanecer reflejada en las cúpulas de Roma! Pasó una semana encerrado, con el rodillo en la mano y gotas de pintura hasta el pelo, coloreando las paredes y el techo. Verde, rojo, azul celeste… Hasta fucsia. Un arcoiris de tonos alegres, también en los muebles, dio color al apartamento con el deseo de contagiar a su corazón encogido.

Abrió una cerveza, calentó los restos de lasaña de la cena y se sentó frente al portátil, bajo el toldo verde.

-Mañana no me viene bien- escribió. -Podría ser esta tarde…

-Hola :-) - Berta estaba al otro lado del chat.

-Hola- Un rato de silencio.

-Es la primera vez que entro en una de estas páginas. Me da un poco de corte.

-Yo también. Pero viendo tu anuncio, no pareces muy cortada.

Al otro lado de la pantalla, Berta se puso como la grana.

-He leído tu perfil. ¿Eres abogado?- Cambió de tema.

-Sí. Pero yo no he podido ver el tuyo. Está en blanco.

-Ya. Me daba cosa poner nada personal.

-¿A qué te dedicas?

-Soy enfermera.- Una pausa. -Tienes razón. Mi mensaje resulta un poco provocativo. Y me estoy arrepintiendo de haber sido tan sincera. Me separé hace un año. No me siento sola y no tengo tiempo para aburrirme. No quiero complicarme la vida con ninguna relación de pareja, y no la necesito. Pero es verdad que echo de menos un poco de sexo de vez en cuando. Lo que pasa es que tengo el chat lleno de tíos de todo tipo y condición que me dicen algunos cada burrada…. En buen plan, la verdad. Algunos con mucha gracia. Pero me asusta un poco.

-Ya. Me imagino.

-Tú eres el primero con el que voy a quedar.

-¿Y eso?

-No lo sé. Me gustó la sencillez de tu mensaje. Quizás fue eso. Ninguna gracia, ningún piropo soez, nada de hacerte el ocurrente…

-Cuéntame algo de ti. ¿Cómo eres? No has puesto foto.

-Tengo 44 años. Dos hijos. Juego al paddel.

-¿De qué color son tus ojos?

-Azules :-)

-¿Y tu pelo?

-Rubio.

-¡Fiuiuu!  :-)

-Soy bastante normalita :-)

Berta no le preguntó por su aspecto. En el perfil había una foto de un hombre apuesto. Moreno, unos ojos color café que quitan el sueño (o hacen soñar), que sonreían. Mezcla de dulzura y picardía en la mirada. Labios carnosos, torcido el gesto en discreta socarronería, aquel tío estaba buenísimo. Y lo más peligroso: resultaba muy interesante. Tardó un segundo en desear conocerle.

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Paseó la vista por las mesas. Allí estaba. Tamborileaba con los dedos en la mesa, sentado delante de una cerveza. Se puso en pie cuando la vio acercarse y la recibió con una sonrisa.

-¿Berta?

-Sí. Hola.

Se saludaron con un beso en la mejilla. Ella se sentó en frente de él.

-¿Qué quieres tomar?

-Lo mismo.

Sandro avisó con un gesto al camarero. Se sentían incómodos.

Berta fue la que rompió el hielo. Natural, simpática y extrovertida fue saltando de un tema de conversación a otro. El trabajo, los hijos, aficiones, anécdotas, risas...

-¿Quieres cenar algo?- preguntó Sandro. -Vivo cerca y tengo algo de comida preparada.

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Vaciaron la botella en las dos últimas copas de vino y se sentaron en el sofá, abandonando los platos vacíos en la mesa. Sandro, animado por la bebida, seguía hablando y hablando...

-¡Dios mío!- pensó Berta. ¿Es que no se va a decidir nunca?

Dejo la copa en la mesa, se incorporó y se sentó a horcajadas sobre las rodillas de Sandro. Rodeó su cuello con los brazos y le ahogó la voz con un beso en los labios.

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Abrió los ojos. No sabía donde se encontraba. La ventana abierta dejaba pasar la luz de las farolas y el murmullo del tráfico. Las sábanas revueltas al pie de la cama. El tanga negro de lunares blancos perdido entre ellas. Sandro dormía boca abajo a su lado. Ahora recordó todo. Recogió su ropa, se dirigió en silencio al baño y salió de la casa después de vestirse.

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Abrió los ojos. No sabía donde se encontraba. La ventana abierta dejaba pasar la luz del sol que le templaba la cara. Las sábanas revueltas al pie de la cama. Ahora recordó todo. Se había quedado dormido. El güisqui le había arrastrado a un profundo sueño. Calentó café.

El portátil estaba encendido, abierto el navegador por la página de inicio donde le pedían los datos para dar de alta su perfil. Solo había rellenado la primera casilla con su nombre. El resto del formulario estaba vacío. No había llegado a crearse ningún perfil. Salió a la calle después de darse una ducha y se dirigió paseando hasta El Greco. Necesitaba airearse. Se quedo petrificado cuando se acercaba al café. Unos pocos metros mas allá de la puerta, delante del escaparate de Prada, una mujer rubia, parada en la acera, miraba hacia el cristal. Se acercó hasta ella un tanto perplejo, confuso. Le dolía la cabeza aún de la resaca.

-¡No puede ser!- pensó.

La mujer, ensimismada en el escaparate o en sus pensamientos, no se percató de aquel hombre que se detuvo a su lado.

-Disculpe. ¿Es usted Berta?

Ella se sobresaltó. El periódico se le cayó de la mano. Abierto en el suelo dejó al descubierto el clavel rojo que escondía en su doblez. Sandro se agachó a recogerlo y se lo tendió. Periódico y clavel. Mirándola a la cara. Divertido. Sus manos se rozaron.

La mujer fijó la mirada de sorpresa en esos ojos color café que quitan el sueño (o hacen soñar).

-Lo siento- dijo recobrando la lucidez. ¿Nos conocemos? No recuerdo haberle visto antes.

-Yo sí. En mis sueños.

-Este tío me está tomando el pelo. ¿De qué me conoce?- pensó ella. Un escalofrío recorrió su espalda.

Mezcla de dulzura y picardía en la mirada. Labios carnosos, torcido el gesto en discreta socarronería, Sandro añadió:

-El tanga negro de lunares blancos le sienta a usted muy bien.

Berta se puso como la grana.