jueves, 10 de abril de 2014

Entre acacias

–¡Daniel!

Estoy entrando en el portal y la voz de Manuel suena a mi espalda. Es el portero. Una de las personas más amables que he conocido. Vuelvo sobre mis pasos y me asomo a la portería. Me tiende la mano sosteniendo un paquete.

–Gracias.

Continúo hacia el ascensor mirando el sobre.

–¡Eres la monda! –No puedo reprimir dar un medio grito envuelto en sonrisa.

He buscado el remitente, pero no figura ningún nombre de persona. Contiene una pista, eso sí: Entreacacias S.L.

Mi casa, la terraza desde la que ahora escribo, está entre acacias. Y mi vecina está esperando al ascensor –ha entrado en el portal unos metros por delante de mí– y me mira con cierto desconcierto después de haberme oído gritar. Es una mujer hermosa, delgada, de pelo liso, mirada tímida y sonrisa cortés. Hace más o menos un año que vive en la puerta de enfrente. Me da cierta vergüenza no saber su nombre. Tampoco estoy seguro de habérselo preguntado. Tiene una niña de unos cuatro años que se esconde detrás de sus piernas cuando coincidimos en el ascensor. Pero ahora no está con ella. Su marido es un tipo alto, simpático, fuerte, de esos que transmiten seguridad. Tampoco sé como se llama, pero esto no me da ninguna vergüenza. Uno no puede evitar ser como es.
Bueno, ahora sí sé cómo se llaman los dos, porque he tenido que bajar a comprar cervezas y he solventado mi “hurañez” mirando sus nombres en el buzón. 

–Hola. –Me siento en la obligación de darle una explicación (o se la doy porque me da la gana, porque es mona y porque me apetece darle conversación; vaya usted a saber).

–Hola.

–Lo siento. Estaba pensando en voz alta. Es que he recibido un paquete y, aunque no pone el remite, he deducido quién me lo ha enviado por las acacias.

En este momento, mi vecina me mira como si yo fuese extraterrestre. Y puede que no ande muy desencaminada.

–Sí. Es que la acacia es un árbol que tiene una simbología especial para los masones. –No me atrevo a levantar la vista del paquete porque estoy seguro de que si le veo la cara de alucinada que me estoy imaginando, suelto una carcajada y va a pensar que le estoy tomando el pelo. Así que respiro hondo y continúo con mi perorata.

–Es que tengo un amigo que es masón y ha escrito un ensayo. Y me da que ha tenido el detalle de mandarme el libro. 

Sospecho que a mi vecina nunca se le han hecho tan largos los segundos de ascensor compartido. Le cedo el paso en la puerta y me despido de ella en el descansillo. No sé qué pensará. ¿Tendrá prejuicios? Me acuerdo de Jane Austen. Orgullo y prejuicio. Quizás sea por eso. Vaya usted a saber.

Ya en casa, dejo el paquete encima de la mesa del comedor. Retraso el momento de confirmar mis sospechas porque me gusta darme pausas para saborear un momento que me parece bonito, y porque me hago pis. 

La calle es un hervidero. De gente, de luz, de flores, de bullicio. He salido rápido de casa para no llegar tarde a recoger a Arancha de padel. Está abril lleno de acné. Hay días en los que se respira intensidad, energía y buen humor. Hoy comienzan las vacaciones de Semana Santa en los colegios. ¿Os acordáis de esa sensación de euforia? Es contagiosa. Subo la cuesta de Islas Filipinas observándolo todo. Procesando detalles. El policía municipal que detiene el tráfico. La calle que cruzo corriendo para adelantarme al coche que se acerca. El coche que hoy es todos iguales; de color negro. Hace calor. Voy hablando solo. ¿O voy escuchando mis pensamientos? Mi cabeza también es un hervidero. Me hierven los pensamientos. 
Ahora canturrea un pájaro, pero no sé distinguirlo. Hay cosas que no se pueden hablar por teléfono. Y menos con el manos libres del coche y la boca llena. Yo también me voy a tomar una cerveza a tu salud. Cruzamos el parque para acompañar a Alejandra. Todo el mundo cruza hoy el parque. ¡Anda, Celia! Y saca el móvil de la funda. No tienes wifi. Es igual. Los escribo y luego se envían. Soy su espía. ¿Le espía de quién? No entiendes nada, papá. Pues explícamelo. No, es muy largo. ¿Qué haces? Señalo el cielo, la calle. Hoy todo es especial. ¿Por qué? No lo sé. Estás loco –y sonríe–. No, no lo estoy.

Salgo del supermercado con seis latas de cerveza y una botella –de cerveza–. Es para tomármela a tu salud –la botella, ya sabes–. El tipo que pide a la puerta también sonríe. Sonríe siempre. Le doy un euro. Gracias, me dice. Gracias a usted por sonreír. Cruzo la calle. Deme una apuesta para La Primitiva de esta noche. La que va a tocar. Son veinte millones –sonríe–. Si me tocan le regalo uno –le devuelvo la sonrisa–. Regreso a casa (muchas sonrisas en este párrafo; eso es bueno). 
Paro en el buzón. Miro los nombres de mis vecinos. Subo a la terraza. Las acacias ya han brotado, Guillermo. Vuelven a tener hojas. Y la luna está creciendo. La observo entre las ramas de la acacia. También tiene un simbolismo para mí. Y para nosotros.



Ha sido un detalle bonito y me ha hecho mucha ilusión. Quiero salir a correr un rato. Luego me doy una ducha y me leo tu libro. Cuando vengas a la presentación, me lo dedicas. ¿Vale?


El ensayo de Guillermo. Al fondo, las acacias de mi calle.





martes, 8 de abril de 2014

Iscayachi


Iscayachi es un pequeño pueblo en una vasta llanura. El altiplano. A tres mil metros sobre el mar. Cielo azul. Tierra ocre, sin más vegetación que los cactos pintados del mismo polvo que todo el horizonte que la vista alcanza. Bolivia. No muy lejos de la frontera argentina.

En el cementerio local duerme Esther. Tendría diez o doce años cuando se retiró a descansar allí. Ella no lo sabe, pero su nombre perdura en el corazón de mis hijas.

Siempre he tenido un respeto reverencial por las personas que han salido de su tierra y han dejado atrás, a miles de kilómetros, a sus hijos, a sus parejas, a sus padres. Dan sus vidas por ellos. Sacrifican verlos crecer, sonreír, jugar. Sacrifican sus besos, abrazos, caricias, por conseguir recursos económicos con que sostenerles. Cuando observo a mis hijas, su buen humor, sus risas, sus gestos cariñosos, no puedo evitar pensar que en buena parte son así por el cariño que recibieron de tantas mujeres como ella, que nos ayudaron a cuidarlas. Les dieron a mis hijas todo el amor que tenían guardado sus propios hijos. Y era mucho. Tanto, como el sacrificio que estaban haciendo.

A ella la conocí hace ocho años, cuando comenzó a trabajar en casa cuidando de mis hijas. Salió de su patria para ganarse la vida en España y pagarle los estudios a la suya, soñando con poder costearle algún día una carrera universitaria y traérsela aquí. He conocido personas “echadas p’alante”, pero pocas como esta mujer. La coyuntura que fuera la del momento, dificultaba los visados que autorizaban a los peruanos entrar en España. Las cosas estaban más favorables para los bolivianos, supongo que porque se puso de moda en La Moncloa el jersey de rayas de colores. No lo sé. Las mafias que introducen emigrantes en Europa se lo saben. Ella necesitaba un pasaporte. En un país con alta mortalidad infantil, se puede buscar la tumba de un niño en un lugar muy apartado, que haya nacido más o menos en el mismo año. En un país sin registros, se puede solicitar un pasaporte con una partida de nacimiento. Pasó de Perú a Bolivia y de Bolivia a Argentina. Allí trabajó mientras le gestionaban el visado a España, también cuidando niños en una familia. Sus niños argentinos. Me enseñaba las fotografías que guardaba en su cartera.

Entró en mi casa con un nombre que no era el suyo y con pasaporte boliviano. No llevaba ni un día cuando se acercó a mi despacho.

–Señor, tengo que decirle algo.

Y me contó que el pasaporte era falso, que su identidad era otra. Me contó su historia. Asustada.

Hace dos años que no sé de ella. Vino una noche a dormir y cuidar de mis hijas para que yo pudiera ir a la fiesta de cumpleaños de José. Seguía trabajando de interna para ahorrarse el dinero del alquiler. Entonces, en una familia en Pozuelo. La acerqué por la mañana. Luego supe que viajaba a Perú para traerse a su hija. La he llamado en varias ocasiones, pero el número que tengo ya no está operativo.


Recuerdo siempre el día de su cumpleaños, pero ahora mismo no recuerdo su verdadero nombre. Y, quizás, no quiero recordarlo. Porque cuando el pasado jueves les digo a mis hijas que tengo una sorpresa para ellas, no preguntan. Exclaman.  Y siempre es igual:

–¡Viene Esther!

Y las miro. Y sonrío.

–No, no es esa la sorpresa.

La sorpresa, pues no deja de sorprenderme, es que se sigan acordando de ella con tanto afecto después de tantos años. Que la sorpresa que más anhelan es volver a verla. Y que el nombre por el que la recuerdan sea, en realidad, el de una niña que duerme bajo una lápida del cementerio de Iscayachi desde que tenía más o menos la misma edad que ellas. Esa mujer lo tomó prestado para cincelarlo a golpes de cariño en los corazones de mis hijas. Y ahí perduras, Esther.






lunes, 7 de abril de 2014

La peonza

Observo a un niño jugar con una peonza.

Enrolla la cuerda, la lanza al aire y la recoge girando en la palma de su mano.


La deja caer al suelo. Sigue girando. Le da una vuelta al cordón por la punta, da un tirón hacia arriba y la lanza de nuevo al aire para que caiga en su mano otra vez.


Y así, hasta que la peonza deja de rotar.


Estoy en el vestíbulo de la entrada del colegio de mis hijas. Es jueves y he venido a recoger a Jimena. Le gusta quedarse un rato en la biblioteca al terminar las clases. Se siente mayor. Lo que más le gusta es que la avisen por megafonía. Se siente importante.


–¡Jimena Huerga, te esperan en portería!


Tarda en bajar. Mientras espero, observo al niño jugar con la peonza.


Aparece al fin con la mochila llena de libros a la espalda y el abrigo nuevo en la mano. Arrastrándolo por el suelo. Si lo ve su abuela (mi madre), pone el grito en el cielo. Se lo regaló ella.


Siempre aparece sonriente cuando cruza la puerta. Hoy no.


–Hola Jimena.


–Hola.


–Ponte el abrigo, que hace frío. Ten cuidado, no lo arrastres, que se ensucia. Trae la mochila, anda, que te la llevo yo.


No sé qué llevan en las mochilas para que pesen tanto; bueno, sí lo sé: un cargamento de libros. Salimos a la calle.


–¿Qué tal?


–Mal.


–¿Y eso?


Arranque de sollozos.


–¡Me han castigado por culpa de un niño!


Cambia a llanto con hipidos.


–A ver. Tranquilízate. Espera un poco, respira hondo, deja de llorar y me lo cuentas.


Le paso el brazo por el hombro. Caminamos. No controla el llanto.


–Venga, cuenta. Qué ha pasado.


–¡Que me han castigado! A mí y a otra niña. Es que ese niño es tonto. Se ha puesto a molestarnos desde la puerta tirándonos un avión de papel. Le hemos dicho que nos dejara en paz. No nos ha hecho caso. Se lo hemos dicho a la bibliotecaria y nos ha castigado.


Palabras entrecortadas por las lágrimas.


–Pero os ha castigado ¿a qué?


–Nos ha castigado. ¡Teresa es tonta!


No responde a la pregunta. Teresa es la bibliotecaria. Omito cualquier comentario a su juicio de valor: no conozco a Teresa.


–¿A qué os ha castigado? ¿Os ha echado de la biblioteca?


–Sí. No ha dicho que nos fuéramos, que estábamos molestando. ¡Nosotras no hacíamos nada! ¡Era el niño que nos tiraba un avión...!


–¡Pero eso es estupendo! ¡Así habéis podido jugar en el patio todo este rato!


Yo, en plan positivo.


–No hemos ido al patio.


–¿No? ¿Y qué habéis hecho?


–Nada. Nos hemos quedado en la puerta de la biblioteca.


–¿Por qué?


–No sé.


Retoma el llanto.


–¡Y es que no he podido hacer los deberes!


–Bueno... No importa. Así los haces conmigo ahora en casa. Yo te ayudo.


(16-1-2014, una tarde de jueves).


martes, 18 de febrero de 2014

La Cuerda de la Gitana.

Llovía. Había terminado de amanecer poco antes. Un velo de bruma cubría el bosque de pinos, y el cielo encapotado no dejaba ver las cumbres.

Echamos a andar. Abrigados. Con capuchas, polainas y capas de agua. Con bromas y risas. Al rato, nos salimos del camino hacia un barranco a la derecha. Víctor guiaba al grupo. Con paso tranquilo, afable y decidido. Parando a explicar curiosidades. Ojos claros y amables. Voz serena. 

–¿A que es bonico este barranco?

Comenzó la ascensión. La lluvia se hizo nieve al ganar altura, y la nieve quería alfombrar el barro según avanzábamos. Lo consiguió al llegar al collado. Mientras la espera para reunirse el grupo, que se había disgregado con la pendiente, Víctor nos mostraba sobre el mapa cómo buscar el rumbo con la brújula. Arriba. Noreste. Un repecho más. Más nieve.

Y en la cumbre, en el Pico de Moratalla, el cielo nos quiso obsequiar la visa apartando un rato a las nubes. Fotos. Bromas. Caídas tontas, llegando y parados. Guerra de bolas de nieve. Revolcones en un nevero. Una andolina en la cuerda. Comenzó el descenso.


–¡Cuidado con los tobillos!

–¿Pero por dónde nos metes?–, risas.

–¡Ay, mis rodillas!

La vista del valle, un regalo. Y la compañía, otro.

Ya no llovía. Hasta casi quiso salir el sol. Y alcanzamos un camino, ya en el llano –en el altiplano–, y la nieve se volvió barro. Se pegó a las botas y se aligeró el paso. Había apetito y ganas de ropa seca. 

Y algunas prisas.

–¡Adelanta!– susurros. –Me hago pis.

Terminamos alrededor de la mesa.


–¿”Habita”? ¿Pero tú de onde ere? Son haba –y risas.

–Vivo en Madrid.

–Ya me parecía a mí. ¿Tú nunca ha probado la haba? –más risas.

Caldo de pelotas.

–Son albóndigas, pero cocidas. Aquí les llamamos pelotas.

–¡Uy, cómo pica! Se han pasado con la pimienta.

Chuletas de cordero.

–¿Qué haces? ¡Te he visto! Esta de palo es tuya. 

–¿Has probado el orujo de miel? Es el licor típico de aquí.

–Bueno, os voy a contar mi vida: yo de niña era majorette y por eso me conozco todos estos pueblos.

Y así pasamos el día. Y lo pasamos bien.


La niebla no nos dejó apreciar del todo el paisaje. Las nubes nos taparon las cumbres. Quizás, gracias a eso, pude observar mejor la risa contagiosa de Bololo. La buena disposición de Miguel. Los ojos de Débora, intensos de negro, imposibles de pestañas. El gesto observador de Lola, que se transformó en sonrisa y complicidad cuando la pendiente trató de vencer la fortaleza de Pilar –sin lograrlo–. La paciencia generosa de José. La elocuencia de Carmen. La serenidad de Ginés, la simpatía de Jeane. La voz de José Merche. La mirada iluminada de Vic. La cara atenta de la otra Carmen. La presencia de Roberto.




domingo, 26 de enero de 2014

El sueño de Merlín

 –Jimena, necesito que me ayudes.

–¿A qué?

–Quiero escribir un cuento pero no se me ocurre qué contar. Tú tienes mucha imaginación.

Jimena pone cara de sorpresa aderezada con sonrisa y ojos brillantes.

–¿Pero un cuento de niños o de mayores?

–De niños y de mayores. Es lo mismo.

–No. Si es de niños, es un cuento. Si es de mayores, es un libro.

–Entonces, de niños.

–¿Pero de qué trata el cuento?

Jimena está metida en mi cama, tapada con el edredón y jugando a Animal Crossing con la Nintendo. Yo, hace rato que me levanté. Me ha dado tiempo a preparar café, tomarme dos, mojar rebanadas de pan untadas con mermelada de naranja, leer un rato y medio recoger la cocina que ha quedado –la frase no es mía, pero me ha encantado­– en “modo aleatorio”. Luego me di una ducha y, con el albornoz puesto, me acosté al lado de mi hija.

– Quiero escribir un cuento que trate de la leyenda de Arturo, pero en el mundo actual. ¿Conoces la historia de Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda, y el Mago Merlín?

–No.

Ahora el que pongo cara de sorpresa soy yo.

–¿En serio? ¿No has visto la película de Merlín de dibujos animados?

–No.

–Es una leyenda. Es como un cuento, que ocurrió hace mucho tiempo, en Inglaterra, en la Edad Media. Es la historia de un niño que… A ver. Había una espada clavada en una roca. Le leyenda decía que el que sacara la espada de la roca se convertiría en el rey de Inglaterra. Todos los años se celebraba una fiesta en aquella ciudad y la gente intentaba arrancar la espada, pero nadie podía. Un día, Arturo –que así se llamaba el niño– probó a coger la espada y se quedó con ella en la mano. Estaba destinado a hacerse rey. Cuando fue rey, se juntó con otros once caballeros y se reunían alrededor de una mesa redonda: los Caballeros de la Tabla Redonda. Entonces decidieron ir a buscar el Grial y cada uno viajó por todo el mundo corriendo aventuras, tratando de encontrarlo.

–¿Qué es el Grial?

–Se llama así al cáliz que utilizó Jesús en la Última Cena. ¿Sabes lo que fue la Última Cena?

–Eso sí.

–Cuenta la leyenda que ese cáliz lo guardó un hombre que era bueno y se llamaba José de Arimatea, y en él recogió la sangre de Jesús cuando lo crucificaron y le dieron la lanzada en el pecho. Pero hay más en esta historia. Arturo se casó con una mujer que se llamaba Ginebra. Uno de los caballeros de la Tabla Redonda, que se llamaba Lancelot, y era el mejor amigo de Arturo…

–Había sido su novia– me interrumpe.

–No exactamente. Cuando Ginebra y Lancelot se conocieron, se enamoraron perdidamente. Y, además había un mago. Merlín.

–Lo primero que necesitas es un título– me aconsejó Jimena.

–Yo había pensado en uno: “La pasión de Lancelot”.

–No. Mejor “El Mago Merlín”.

–Vale. El Mago Merlín. Espera, que voy a coger algo para apuntar.

–¡Nooo, pero el ordenador, no que luego lo escribes!

Me levanté de la cama, prometiéndole que no cogería el ordenador y fui a buscar mi cuaderno Moleskinne de tapas negras. Regresé a la habitación y me metí de nuevo bajo el edredón, cuaderno y boli en la mano.

–Ponlo.

–¿El qué?

–El título. Ponlo.

Busqué una página nueva y escribí: “El Mago Merlín”.

–¿Dónde quieres que sea el cuento y en qué época?– me pregunta.

–En la época actual y en Madrid.

–¿Pero en primavera, verano, otoño o invierno?

–Me da igual. Decídelo tú.

–A mí me gusta que haga sol.

–Pues en primavera–, concluyo. Y empieza a dictarme.

“Érase una vez en primavera, un niño que vivía en una choza. Era rubio, con ojos claros. Se llamaba Jaime.”

–¡No, Jaime, no!– Se interrumpe a sí misma. –¡Merlín!–. Sigue dictando.

“Merlín…” –¡Qué pongas Merlín!

–Ya lo he puesto–. Le enseño el cuaderno.

“Merlín era destinado a ser mago. Un día Merlín fue a la plaza y vio que mucha gente estaba intentando sacar la espada de la roca. Merlín lo quiso intentar y…”

–¿Cómo se dice…?– Se interrumpió a sí misma. –¡Sí!

“Y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, tenía la espada en su mano. Todo el mundo se quedó asombrado”. –Ahora sigue tú un poco.

“Merlín siempre había querido ser el rey. No podía soportar que fuese Arturo el destinado a serlo. Se hizo su confidente para estar cerca de él…”

–¿Qué es confidente?– me preguntó.

–Confidente, amigo.

“Se hizo su amigo y confidente para estar cerca de él, pero por envidia, para ganarse su confianza y hacerle daño.”

–Podemos cambiar el título–, dije. –“El sueño de Merlín”. ¿Qué te parece?

–Vale. Y retoma ella el relato.

“Todo el mundo quería haber sacado la espada pero, en cambio, la sacó Merlín. Todos tenían envidia de Merlín, pero Merlín tenía envidia de Arturo. Pasaron tres años y Merlín ya se había hecho mayor. Se casó con una joven que se llamaba Ginebra. A la boda de Arturo y Ginebra acudió un señor que Merlín no conocía. Era el padre de Merlín. Se llamaba Rodrigo. Sabía que se casaba su hijo”.

–A ver, Jimena, que todo esto es un lío. El que se casa es Arturo, no Merlín. Que lo estás liando todo…

–¡Es un sueño, papá! ¿Qué más te da?

Argumento incontestable, sostenido por una sonrisa gigante. Inapelable. Es cierto: es un sueño y puede ocurrir cualquier cosa.

“El padre de Merlín quería explicárselo a su hijo, pero al verle en el altar vio que estaba todo perdido. Ya no tenía tiempo de explicarle nada porque ya había empezado la boda”.

–No entiendo dada, Jimena. ¿Qué es lo que tenía que explicarle a Merlín?

–Que era su hijo.

–Pero pudo explicárselo después de la boda…


–Sí, pero eso cuéntalo luego, al final. Y luego, Merlín se despierta y se da cuenta de que todo era un sueño.


lunes, 6 de enero de 2014

Cabalgata de los Reyes Magos


A Alfredo le brillaban los ojos. Subido al último peldaño de la escalera de aluminio que su padre sujetaba, aún se ponía de puntillas para tratar de adivinar el cortejo de luces y color que bajaba por el centro de la calle. Apenas había probado dos bocados en la comida, a pesar de que su madre le había preparado macarrones con tomate y salchicha, que era el plato que más le gustaba.

–Papá, la carta. ¿La has tirado?

–¿Tirado? ¡Claro que no!– Respondió el padre con una sonrisa. –¡Cómo la voy a tirar!

–¡Jo, Papá!

–Pero cómo la voy a tirar. ¿A la basura?

–¡No! ¡Al buzón!

–¡Ah! Te refieres a que si he echado la carta al buzón… ¿Crees que es importante?

–¡Claro!– Frunció el ceño. –Si no, no me traen los regalos.

–Los Reyes son Magos, Alfredo. Aunque no hubieras escrito la carta, pueden saber lo que has pedido. Si hay algo que deseas mucho, mucho, mucho los Reyes Magos lo saben, hijo mío. A mamá y a mí, nos ocurrió una vez, hace nueve años.

–¡Pero la has echado o no, Papá!

–Claro que sí, Alfredo. Estate tranquilo. –Le pasó la mano por la cabeza revolviéndole el pelo castaño claro, fuerte y alborotado.

Alfredo acababa de cumplir nueve años. No había perdido la ilusión. Estaba deseando ir a la cabalgata. Lo que más le gustaba era coger caramelos. Llevaba una bolsa grande. Cuando pasara la última carroza, se colaría entre las piernas de la gente para saltar la valla y llegar a la calzada a recoger los que habían caído al suelo. Era una fiesta de niños correteando de un lado a otro, antes de que llegaran los coches de la limpieza barriendo la calle con esos escobones giratorios que se tragaban los restos de confeti y de envoltorios.

Hacía frío. Mamá le había puesto el anorak nuevo. Con las manoplas y la capucha ribeteada de peluche puesta en la cabeza, parecía un esquimal. Ahora veía un hombre vestido de fantasía caminar sobre unos zancos gigantes. Abría la caravana una mujer metida dentro de una esfera de cristal que hacía rodar por el asfalto. Cuatro medusas rosas y gigantes, flotando en el aire, se acercaban y alejaban de la gente, escoltando a un globo enorme con forma de pez manipulado desde el suelo.

Fueron pasando las carrozas de muñecos de la tele, de personajes de dibujos animados. El Cartero Real, en una grande y amarilla con la trompeta de infantería tatuada en los lados y repleta de sobres.

–Allí va tu carta, hijo.– Escuchó a su padre señalando con el dedo. Se sentía feliz.

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Aquella mañana había amanecido lloviendo.

–¿Qué se puede hacer una mañana de víspera de Reyes lloviendo?– Le había preguntado su mujer. –Me gustaría saber qué te gusta de los días lluviosos, a ver si le pillo el punto a este…– le sonrío.

–Calzarse unas katiuskas, ponerse un buen anorak con capucha, y salir con el niño a pisar charcos.­– Respondió el padre. –No hay cosa que más divierta a un niño que meterse en los charcos. Y a algunos adultos también.

Se rieron mientras apuraban el café y miraban a su hijo que les escuchaba divertido.

Más tarde, mientras le secaba el pelo y le ponía ropa limpia, padre e hijo seguían con su conversación.

–Papá, yo una vez vi a los Reyes Magos.

–¿En serio?

–Sí. Yo era muy pequeño. Estaba asustado. Había mucha gente siempre. Y sonidos.

–¿Sonidos? ¿Quieres decir música?

–No. Sonidos. Como pitidos. Y yo tenía cosas pegadas. No sé. Como hilos, o cuerdas. Y tenía algo en la nariz que me molestaba y me picaba. Mamá y tú me hablabais, y me cogíais en brazos. Pero cuando vi a los Reyes estaba solo. Baltasar se acercó a mí –sé que era él–  y me dijo algo. Algo de mamá y de ti. Que no tuviera miedo. Que me queríais mucho y que me iba a cambiar a una cuna nueva, sin las cuerdas de la nariz. Entonces me cogió en brazos y aparecisteis mamá y tú.

Enmudeció con las palabras de su hijo. Retiró la toalla de la cabeza y le abrazó. Emocionado. Como aquella misma mañana de 5 de enero, nueve años antes. El hijo, de apenas dos meses, en sus brazos; su mujer con el móvil le hacía una fotografía al bebé. Luego, escribió en un mensaje que mandó a toda la familia acompañando a la foto:


"Buenos días. 
Acabo de salir de la UCI, 
me han pasado a un box nuevo 
y me han quitado las gafitas 
a ver qué tal respiro."
                                                      


La cabalgata terminaba. Habían pasado ya los tres reyes. Alfredo había saltado de la escalera y se había escabullido  a recoger caramelos por el suelo. Su padre le seguía con la vista. Tenía agarrada la mano de su mujer. Ella reclinó un poco la cabeza sobre su hombro y le sujetaba con fuerza. No se dijeron nada. No hizo falta. Al pasar la última carroza, Baltasar dirigió la vista hacia ellos y, entre toda la multitud, el griterío y la música, sintieron un escalofrío cuando les dedicó un guiño y una sonrisa.




martes, 24 de diciembre de 2013

Canción de Navidad

Las llamas bailaban en la chimenea consumiendo el tronco de encina. Ismael, sentado frente al fuego, observaba las brasas incandescentes que se reflejaban en sus pupilas. El salón, iluminado solo por la luz de la hoguera, era el campo de batalla de una fiesta en la que el niño se sintió como un mueble más.

Quedaban trozos de espumillón y de confeti por el suelo, copas a medio vaciar en la mesa, algunos platos con restos de comida. Hacía rato que todos se habían ido a dormir. Los mayores, se cansaron antes. Los niños se quedaron un rato más, contando chistes, riéndose. Él se quedó sentado en el sofá, invisible, apartado, quieto, callado. En un rincón del salón, el parpadeo de las luces del árbol jugaba con las sombras producidas por las llamas. Como una danza desacompasada. La cadencia fija de un bailarín contrastaba con los movimientos al azar del otro.

No tenía sueño. Al pie del árbol seguía el regalo, que no había querido abrir. Aquel año que ahora se consumía como la leña, le había traído dolor y soledad. Fue en septiembre cuando sus padres le dejaron un fin de semana en casa de sus tíos para hacer una escapada. Celebraban su aniversario. Nunca regresaron. Fue su abuelo quien le dio la noticia. Volvía de un cumpleaños en casa de su mejor amigo. Al bajar al portal, el abuelo tenía el gesto serio y triste, a pesar de disimular una medio sonrisa. No necesitó preguntarle. La punzada que sintió en el pecho fue suficiente para saber lo que había ocurrido. Y así, abrazados, el abuelo de rodillas, rompieron los dos en un llanto silencioso que duró una eternidad.

–Yo también les echo de menos, Ismael.

La voz grave de su abuelo le sobresaltó. No se había percatado de su presencia. Ahora estaba sentado a su lado.

–No has abierto tu regalo.

–No.

–¿Tú crees en la magia?

–¿Magia? ¿Hay que creer en la magia?

–La magia existe, Ismael.

–¿Te refieres a los juegos de magia? ¿Con cartas? ¿Sacar conejos de un sombrero?

–No. Me refiero a la magia que nace de la ilusión, del deseo de hacer real lo que parece imposible o inalcanzable, de los sueños.

–No lo sé, abuelo. Están siendo unas navidades tristes. Yo no tengo ilusión por nada.

–Imagínate por un momento que hubiera sido al revés. ¿Cómo se sentirían tus padres?

–Muy tristes…

–Indudablemente. Pero si tú les pudieras estar viendo aquí, sentados, mirándose con los ojos humedecidos, abrazados y sin consuelo, ¿cómo te sentirías?

–Mal supongo. No me gustaría verlos tristes.

–Eso les pasa a ellos. No les gusta verte así.

–Pero yo no puedo evitar sentirme mal, abuelo.

–¡Claro que puedes!

–No, no puedo. Antes, cuando estaban mis primos cantando, cuando estábamos cenando… No podía dejar de pensar en mi madre, que preparaba siempre una obra de teatro con todos nosotros, o inventaba juegos, o en mi padre, que se disfrazaba que contaba chistes malos, que ponía la música…

–¿Y? Tus padres están vivos porque existe la magia, Ismael. Están en tus recuerdos y en los míos. Están en tu corazón. Anda, toma.– Le tendió con un guiño la cajita envuelta en papel verde con un lazo rojo. –Abre tu regalo. Yo me voy a dormir.

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Las llamas bailaban en la chimenea consumiendo el tronco de encina. Ismael, sentado frente al fuego, observaba las brasas incandescentes que se reflejaban en sus pupilas. El salón, iluminado solo por la luz de la hoguera, era el campo de batalla de una fiesta. Quedaban trozos de espumillón y de confeti por el suelo, copas a medio vaciar en la mesa, algunos platos con restos de comida… Ahora estaban sentados alrededor del fuego. Los niños miraban a sus padres. Ismael apartó la vista del fuego. Los padres entonaban canciones al son de las guitarras. Eran canciones de amor, que recitaban entretejidas por el hilo de la complicidad.
Sonriéndose. Los acordes, el arpegio, la voz de ella, hermosa, dulce, que se elevaba por encima del fuego. Ismael levantó un segundo la mirada de los ojos de la mujer y la dirigió al retrato de su abuelo que colgaba de la pared. Y sonrió: su abuelo, desde el cuadro, le había guiñado un ojo.

–Es cierto abuelo.– Pensó. –La magia existe.

Y volvió de nuevo la vista hacia ella, para acometer juntos la siguiente estrofa de aquél poema de Silvio que habían comenzado hace tantos años a cantar.