lunes, 27 de junio de 2016

El regreso

Escribo desde el avión que me está sacando de Chad, después de estos trepidantes veinticuatro días. Son las seis de la mañana. He podido ver salir el sol a través de las ventanillas de mi derecha, mientras las escasas luces de Djamena se hacían pequeñas a mi izquierda.

No me gusta llamar “proyecto” a EnganCHADos. He asistido, inicialmente más como espectador, luego subiendo a ratos al escenario, a cómo se ha ido fermentando esta marea de ilusión entre quienes trabajamos en el Hospital de Fuenlabrada, y otras muchas personas que, quién sabe por qué enredos de los hilos que tejen nuestras vidas, nos habéis conocido y os habéis ilusionado también con nosotros. Me he admirado y emocionado viendo cómo familias de los colegios de nuestros hijos, parientes lejanos con los que no nos da la vida relacionarnos a menudo, compañeros de academias de pintura o de teatro, amigos de grupos de ocio y actividades de tiempo libre, conocidos cercanos y lejanos de redes sociales, muchísimas personas que por el motivo que sea nos conocen a los que, desde el hospital, participamos en esta iniciativa, nos habéis seguido, os habéis implicado y habéis participado en algunos de los eventos (teatro, exposiciones, mercadillos, conciertos, torneos, carreras…) y arrastrado a otros a que lo hagan.

Sabiendo de esta ilusión he querido acercaros mis vivencias y sentimientos a través de las pequeñas crónicas que le he ido mandando a Javier de la Torre, cuando la precariedad de las conexiones de Internet me lo han permitido, para que las publicase en el muro de Facebook.

He creído que tendríais tanta ilusión por saber, por conocer, como desbordáis cuando participáis en nuestros eventos y arrastráis a otros a hacerlo. A juzgar por algunos mensajes que me han llegado, así ha sido. La misma ilusión e interés que yo por vivir de primera mano cómo es el corazón pobre y enfermo de África, cómo se lucha contra la enfermedad con la carestía de medios y el exceso de insalubridad.

Muchas escenas, situaciones y sentimientos se me han quedado en el tintero, pero me he propuesto irlas dando forma de trazo y sacarlas a la luz.

Quiero tener un reconocimiento especial para las personas que me acompañan en este viaje de regreso. Anita, la ginecóloga que conoció Rosa en un congreso y que lió para esta aventura en una llamada de teléfono y que accedió sin pensarlo dos veces. Ha demostrado ser una gran profesional, ambiciosa por mejorar y aprender, por adquirir más recursos aún de los que tiene para poder ayudar. Ha trabajado muy duro, sin descanso llevando el busca que la ha despertado varias veces casi todas las noches desde la Maternidad. Se ha ocupado y preocupado de situaciones muy difíciles, haciéndolas frente con entereza y buen hacer. Me ha prestado las palabras con su conocimiento fluido del francés. in su presencia no habría podido hacer este viaje.
Alejandro y Sylvia, un matrimonio mejicano, anestesista y médico de urgencias respectivamente. El azar les llevó a contactar con nosotros, se enteraron de que buscábamos médicos que quisieran ir a St. Joseph, y se liaron la manta a la cabeza, cruzando el Atlántico y dejando sus trabajos, para venirse hasta lo más profundo del África más profunda. Habían apostado por permanecer hasta agosto, pero se quedaron solos al frente del hospital a la semana de haber llegado. Carmen finalizó su periodo de estancia y sor Elisabeth se ausentaba dos meses (para sustituirla me pidieron que viniese). Con eso, que ya era bastante, contábamos todos. Pero, además, el médico chadiano que estaba en plantilla se despidió. Las dificultades con el idioma, la sobrecarga impensable de trabajo que supone estar de guardia a tiempo completo todos los días, la necesidad de verse obligados a realizar cesáreas y atender patologías que les resultaban novedosas, y el precio que han pagado con su propia salud, ya repuestos, les han llevado a adelantar su vuelta. No lo han pasado nada bien. En realidad, lo han pasado bastante mal. Han dado mucho más de lo que se esperaría de cualquiera. Nuestra presencia en este mes les ha ayudado a aguantar el tipo. Para ellos, todo mi reconocimiento y mi agradecimiento en mi nombre y en el de todos los EnganCHADos.

De mi viaje me quedo con muchas cosas que no puedo concretar ahora, que habré de reposar. Algunas voy a dejar escapar.

Una es que tenemos que coordinarnos mejor con la institución de St. Joseph para que ellos nos sepan transmitir cuáles son sus necesidades más inmediatas. No solo a corto plazo, para poner parches y tapar agujeros, si no a la larga para que los agujeros que surjan sean cada vez más pequeños. Cuando uno se está ahogando, busca la manera de dar la siguiente bocanada y no es capaz de dirigir el esfuerzo que gasta en mover los brazos para que le lleve a la seguridad de la orilla. Pero no siempre lo que desde Fuenlabrada percibimos como necesario se ajusta a lo que realmente desde Bebedjiá están necesitando.

Otra es que tenemos que coordinarnos mejor con otros grupos que también les ayudan para hacerlo todos en la misma dirección y de la mano del propio hospital.

Y la última es que tenemos un potencial enorme para ayudar a esta gente. Lo que al principio de nuestra andadura se me antojaba como una empresa imposible y utópica –ayudar a hacer sostenible el Hospital de St. Joseph–, lo veo ahora posible. Lo veo así, porque sé de la ilusión con la que trabajamos en Fuenlabrada y sé de la ilusión con la que se trabaja en Bebedjiá.

Pero para esto también hace falta dinero. Sí, el maldito dinero. El que nos cuesta ganar y que no nos llega a fin de mes, el que no sabemos cómo estirar para pagar la hipoteca o los libros del colegio de nuestros propios hijos, o el recibo de la luz. Y solo hay una manera: ser muchos. Muchos más. Muchísimos más EnganCHADos que, con pequeños gestos (el euro al mes, la participación en las actividades culturales y lúdicas, la suscripción…) sumemos mucho. Que, como dicen en mi tierra, “pedrina a pedrina, fizo el mio Xuan una casina”.
Alfonso, tengo que darte la enhorabuena por haber prendido esta mecha y por el logro que ha supuesto arrastrarnos a todos en esta aventura. Esa libreta que me regalaste viene cargada de vivencias y de sentimientos que compartir. Ahora ya comprendo por qué te has enganchado a este lugar.



Daniel Huerga, el 27 de junio desde el cielo sobre algún lugar de África.

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