miércoles, 8 de junio de 2016

De D´Jamena a Bebedjiá.

El avión de las líneas aéreas marroquíes aterriza a las 4 y media de la madrugada. Se adivina el crepúsculo, aunque aún es de noche cuando bajamos por la escalerilla y, malamente, hemos podido dormir en las cuatro horas de vuelo desde Casablanca. Cuando salimos del aeropuerto con las maletas, ya ha amanecido. Nos espera una camioneta gris con el logotipo del hospital de St. Joseph grabado en la puerta, que nos traslada a una casa de acogida Una hora de siesta, una ducha, un desayuno bastante raquítico a base de pan y miel y café con leche en polvo, un trámite administrativo más.

De D´Jamena a Bebedjá hay unos 500 Km. No recuerdo curvas en todo el viaje. Solo baches. Una recta infinita de doble dirección, sin una sola línea pintada, flanqueada por chozas de ladrillo con tejados de paja y con el piso salpicado de socavones. Imposible echar media cabezada con esta sucesión de acelerones, frenazos, y volantazos para esquivar al que adelanta o rebasar a todos los vehículos que viajan delante de nosotros. Algunos niños echan paladas de tierra para cubrir los baches, y ponen la mano cuando los coches aminoran al pasar por su lado. Es una forma espontánea de servicio de mantenimiento del firme.

Al principio el paisaje es seco. Los árboles separados dejan ver una polvorienta tierra ocre. Hay que esquivar, también, algún camello que cruza sin mirar, o vaca, o cabra.

Cada pocos kilómetros hay un control que no se sabe si es militar o de la policía. A veces es una barrera, pero suelen ser unos conos atravesados a mitad de camino. Los tipos que los vigilan llevan gafas de sol y visten guerreras caqui de camuflaje, sin cinturón ni armas. Suelen estar tumbados o sentados a la sombra de la caseta y se levantan para mover el cono y dejarte pasar. Algunas de esas barreras son peajes, y los tipos se acercan a la ventanilla. El chófer enseña un papel fotocopiado que lleva sobre el salpicadero y nos dejan seguir. Metros antes de los controles, algunas mujeres, sentadas al borde de la carretera, esperan vender los mangos que tienen apilados dentro de unas fuentes grandes de latón.

Voy apuntando los nombres de los pueblos por los que pasamos: Guelendein, Molkou, Bongor, Daba, Tougoude, Quelo… Es difícil saber cuándo hay un pueblo, porque no deja de haber casas en ningún momento. Toda la carretera es una fila de personas que caminan por las cunetas llevando cosas. Todo el mundo transporta algo: en la cabeza, en las manos. Circulan bicicletas que transportan hatillos de leña atados atrás y motos que llevan una cabra atada sobre el depósito, detrás del manillar, y una ranchera lleva una vaca subida en la bandeja. De vez en cuándo, circula algún carro tirado por bueyes. A los lados, chozas, y personas haciendo cosas: una mujer cose a máquina, más allá, lavan ropa. Como las casitas de los belenes. Entre dos casas, una yunta de bueyes abre surcos en el suelo arrastrando un arado, guiado por un enjambre de muchachos y niños vestidos de colores. Cuando las casas se juntan más, y los peatones superan a las motos, intuyes que estás en una población.

A la mitad del viaje comienza una lluvia torrencial y, cuando más llueve, se pincha una rueda de atrás. Nouatjingar tarda en cambiarla menos de diez minutos. Luego, paramos en Bongor a reparar el pinchazo. Es el siguiente pueblo –no me atrevo a llamarlos ciudades a ninguno– y el lunes es el día de mercado. Aprovechamos la pausa para comer. El restaurante es un puesto lleno de mugre en el que asan pescado y pollo sobre unas parrillas hechas de retales de bidón. Pedimos pollo para los cuatro. Nos lo trocean con las manos y nos lo sirven en una escudilla grande de metal, que parece una palangana. Lo aderezan con una cebolla cruda cortada en pedazos grandes, y un polvo amarillento que definen como salsa de pimienta, en el que embadurnamos los trozos de carne que vamos llevando a la boca con los dedos, sentados en una mesa dentro del cobertizo, al resguardo de la lluvia.

–Si ellos no enferman, es porque lo mezclan todo. Ese es el truco. Hay que comerlo así. Hay que hacer lo que hacen ellos.

Anita habla a veces como si dictara sentencias. Supongo que es parte del carácter de Calabira
Calabria.

A un par de metros de nuestra mesa, un niño de uno 10 años escalda un pollo para desplumarlo, sumergiéndolo en una lata con agua hirviendo. Lo hace con habilidad y como si fuera un juego. A su lado, otros dos animales, atados entre sí por sus patas, esperan en el suelo la suerte del de la lata y del que nos estamos trajinando nosotros, tan resignados que, de puro quieto parecen muertos. Es un negocio familiar de pollos asados. Lo que no cabe duda es que son pollos de corral.

A la una de la tarde seguimos viaje. Aún nos quedan cuatro horas para llegar a Bebedjá. El paisaje cambia. Se vuelve algo ondulado el terreno, verde el suelo, como las dehesas de Extremadura en primavera, y aumenta la densidad de áeboles. La calzada mejora y la ausencia de baches y el estómagos llenos, nos permiten echar una ligera siesta que nos ayude a recuperar la falta de sueño.


He cruzado una parte de Chad en coche en el día de hoy y he visto todos los rostros, todos los paisajes, de la exposición de pintura que hicimos en diciembre con EnganCHADos. La chica del vestido que parece que se va a volver a mirarnos, el muchacho que pastorea la manda de vacas, el tipo de la moto cromada, los bueyes arando, la mujer de la mano en el rostro, los niños. 

África es como me la habían pintado, pero es mejor al natural.

En Bebedjá, la noche del 6 de junio de 2016.

domingo, 5 de junio de 2016

Casablanca

Casablanca está a la orilla del mar, en la costa atlántica de Marruecos. A unos 500 kilómetros a nado desde Huelva tirando en línea recta hacia el sur. Se fundó en el siglo XI y es el principal puerto del norte de África, según la “Wikipedia”, referencia bibliográfica por excelencia en la Era del Mundo Global. Lo de los 500 kilómetros, no. Eso lo he calculado yo a ojo.

Quienes no crean en las casualidades podrían buscar una explicación a esta peripecia que me ha llevado a visitar Marruecos en la piel de esta ciudad y por primera vez en mi vida. Yo no suelo ser muy determinista. Soy, más bien, un descreído de esos que creen en el azar. Esta carambola me ha permitido sacar cuatro pinceladas de esta ciudad.

La gente es muy amable. Se vuelca cuando la paras por la calle para preguntar una dirección o dónde encontrar un comercio. La Medina es un gigantesco mercado de verduras, hortalizas, carnes vivas y muertas, pescado, frutas, dátiles, especias, aceitunas y encurtidos. 

Los puestos de alimentos están sobre unas mesas a lo largo de una calle larga, cubiertas por toldos, dispuestas en dos hileras que dejan un pasillo estrecho en el medio. Si te cuelas por ese pasillo bajo los toldos cerrados, vas caminando por un túnel de colores y aromas, que se abre al final a unas callejuelas donde los puestos son locales pequeños que dan a la calle y exponen telas, vestidos, calzado y marroquinería. En una placita, ya cerca de la salida del laberinto, en unas tinajas de barro, sobre unas brasas, se guisa y se mantiene caliente el tajín.

Al salir de la Medina quedan los restos de una fortificación. Detrás de los cañones de bronce que asoman por las almenas, apuntando hacia el mar, hay un patio con buganvillas que alberga un restaurante. Cruzando la calle está el puerto. En el mercante no te dejan pasar. A su izquierda, se abre el acceso al puerto pesquero. Allí, a la entrada, asan sardinas en unas brasas. Más adelante, cerca del muelle, en la lonja se vende el poco pescado que llega a esa primera hora de la tarde a la que pasamos. Los barcos de pesca son grandes y están pintados de blanco y azul.

Seguimos nuestro paseo. Después del puerto está la Academia de la Armada Real de Marruecos y más allá, los muchachos, niños y adolescente, todos varones, gritan y ríen y juegan y se tiran al mar desde las piedras del malecón para matar el tiempo y el calor. Pasado el puerto está la mezquita, hermosa, estilada y reluciente, sobre un acantilado.

Esto, y la avenida donde se levantan dos torres que llaman gemelas –qué cósas–, Zara, Mango, Oysho, y todas las franquicias de la aldea global, es lo que he visto de Casablanca en estos dos días. Además de un patio cerrado donde hemos desayunado, y otro donde hemos terminado la cena con un té moruno.



Lo primero que hice al llegar fue buscar el café de Rick, y lo he encontrado, pero era de cartón piedra, como los decorados de película. No existió nunca tal café en el Protectorado perteneciente a la Francia Libre durante la Segunda Guerra. Una mujer norteamericana, que estuvo destinada en Casablanca, se sorprendió de que nadie hubiese tenido la idea de abrir un local con el mítico nombre y lo inauguró ella en 2003, con la contribución de un grupo de amigos a los que embarcó en la aventura.

Todos tenemos en la memoria la imagen del cartel de la película, en el que Humphrey Bogart, sobre un fondo anaranjado y amarillo, que no se sabe si quiere evocar al fuego, está a punto de besar a Ingrid Bergman, que le clava los ojos con una de esas miradas que muy pocas veces nos clava alguien en la vida. Entre la silueta de sus torsos está impreso el bimotor que espera para despegar.


También nos espera a nosotros esta noche un avión, pero yo no soy Bogart, Rick Blan y Lisa Lund nuca existieron, e Ingrid no está.

En el aeropuerto de Casablanca, el 5 de junio de 2016.




sábado, 4 de junio de 2016

Esperando "visa" para un sueño.

Miré el teléfono, leí el mensaje de Alfonso, que transcribía la respuesta de Vincent desde Djamena, miré a Marisol y a Javier que venía desde el aparcamiento del hospital. Estábamos los tres en la puerta de Rehabilitación. Habíamos bajado las cuatro pesadas maletas desde el despacho para cargarlas en el coche. Javier también lo había leído en el grupo de whatsapp y su cara mostraba decepción.

–La vez que yo fui pasó lo mismo. Al final lo resolvió el obispo. ¿No podemos llamar al obispo?

Cruce de mensajes y una llamada. Teníamos toda la tarde absolutamente planificada y cronometrada para llegar a tiempo al mostrador de facturación, pasar el control policial, llegar al embarque. Había que parar en casa a por mi equipaje, un par de compras de última hora, sacar dinero, comer algo, recoger a Bárbara del trabajo… Habíamos quedado a las 5 en el hall de la T4 con Anita.

No había visado. Vincent había mandado a alguien a la Policía esa mañana. Estaba désolé porque había un problema con la oficina del Director de Inmigración que no les querían explicar.

–Intentaré llamar al obispo –dijo antes de colgar. El tono voz de Alfonso al otro lado del teléfono también sonaba a decepción.

–¿Qué hacemos con las maletas? –estaban ya cargadas en el coche después de habernos peleado con la bandeja del maletero y los asientos traseros para que encajasen. –¿Las subimos al despacho? ¿Las dejo en mi casa?

–Ya que estamos aquí, es mejor dejarlas en el despacho –opinó Marisol.

Me quedé pensando un segundo. Si Alfonso lograba hablar con el obispo y se resolvía el visado, perderíamos la oportunidad de volar hasta, al menos, cuatro días después, si quedaban plazas en el vuelo del martes.

–Nos la vamos a jugar. Hay que apostar porque volamos. Si, al final, no hay visado, nos vamos a tomar unas copas.

No habían pasado ni cinco minutos desde el mensaje que dio lugar este rato de incertidumbre previo a tomar una decisión. Me sonó el móvil: Anita, la ginecóloga que me iba a acompañar en este viaje, estaba en su casa ultimando los preparativos antes de salir hacia el aeropuerto. Tenía el mismo parecer que yo.

Cerramos el coche, pasamos por casa a por el pasaporte y la maleta de cabina, y pedimos una rosca y una cerveza en la terraza de La Marcela. Allí, repartimos los papeles.

Anita llama a Vincent, tratando de aclarar la situación. Alfonso, por su lado, trata de localizar al obispo. Yo, al teléfono con la línea aérea, informándome de las posibilidades de cambio de billetes. Cada uno de los tres en un lugar diferente de Madrid. Marisol, levantándose a mover el coche de la segunda fila, al aparecer los municipales.

–El vuelo del martes se ha anulado, señor. No hay otro vuelo hasta dentro de una semana.

–Me dice Vincent que el funcionario de Inmigración que tenía que firmar los visados estaba en La Meca. Su sustituto había parado todos los expedientes pendientes de tramitar.

– Pregúntale si no hay ninguna manera de conseguir el visado. Quizás el sustituto está esperando que le engrasaran la tinta del bolígrafo para firmarlo.

–Hoy ya no. La oficina de Inmigración en Djamena está cerrada. A lo mejor puede arreglarse mañana. Van a hablar con un funcionario amigo suyo.

–¿Podemos embarcar sin el visado?

–En la base de datos de la línea aérea no nos consta que necesiten visado para entrar en el Chad, señor, pero eso deben hablarlo con su consulado–. Esta vez me atiende una mujer con un fuerte acento marroquí a la que me cuesta entender.

–¿Mañana? ¡Llegamos mañana! ¿No podemos esperar en el aeropuerto a que nos den el visado?, le dije
–la voz con acento italiano de Anita se atropella al teléfono. – Y me ha dicho Vincent con mucha convicción que no nos aconseja volar a Chad sin visado. Que podemos tener una experiencia muy desagradable con la policía. Nos recomienda que nos quedemos en París hasta que se solucione.

–¿París? ¡Pero nosotros no volamos vía París…!

Marisol pide otra rosca. Esta vez de jamón. Yo, otra cerveza, y hago otra llamada. Alfonso sigue sin contactar con el obispo. Decidimos seguir con el plan establecido: recogemos a Bárbara, quedamos todos en la T4.




En el aeropuerto hemos ido dejando el turno a los demás pasajeros mientras esperamos noticias sobre nuestro visado. El mostrador de facturación está a punto de cerrar. La mujer que nos atiende, está alterada y cansada, con ganas de irse a su casa.

–El vuelo está cerrado, señor. Lo siento.

Una maleta de otro pasajero se cuela por error. Paran la cinta. Avisan a Seguridad. Hay bastante confusión.

Ahora, mientras escribo, el sol del atardecer se cuela por la ventanilla y me deslumbra reflejándose en la pantalla del portátil. Estoy en algún lugar sobre el Atlántico, que se ve brillar entre los parches de nubes. A mi derecha hay un chico de raza negra que habla algo de español, pero es de pocas palabras. A mi izquierda, un marroquí que trabaja para una casa comercial de material quirúrgico ortoprotésico. El avión comienza a descender. Se ven campos de cereales a punto de ser segados, fincas de regadíos, autopistas…


El visado estará listo para el sábado. El siguiente vuelo a Djamena no sale hasta el domingo. La burocracia chadiana nos ha regalado un fin de semana en Casablanca.

En Casablanca, el 3 de junio de 2016.

miércoles, 1 de junio de 2016

Un viaje largo.


            En unos días emprendo un viaje largo. A otra cultura, a otro continente y, de alguna manera, a otro tiempo.

            Hay un hospital en el centro de África que, por esos hilos invisibles que tiene el tejido de la vida, ha resultado estar cosido a la mía. Quiero contaros la historia de esta “tela de araña”, hasta aquí y hasta ahora. A mi manera de contar las cosas.

            Hace alrededor de dos años, Alfonso viajó a ese hospital por primera vez. Los motivos (los hilos invisibles) que le llevaron allí, son parte de otra historia. O de la misma, quién sabe. Pero no puedo tirar para atrás hasta el principio de los tiempos, que no es plan de aburrir al personal más de lo estrictamente necesario.

            El hospital tiene nombre: Saint Joseph. Se encuentra en una población del sur de Chad llamada Bebedjia. Aquello es, a nuestros ojos occidentales, un desastre; un caos de organización, falto de medios, de recursos, de personal, de infraestructuras. No se parece en mucho a lo que entendemos aquí por hospital. Aún así, es lo que tienen, es lo que hay. Solo había un médico autóctono, chadiano, que recientemente ha dejado de trabajar allí. El resto de los médicos “fijos” son extranjeros y son dos. Una mujer lleva todo el peso de la asistencia quirúrgica y obstétrica: sor Elisabeth. Es italiana y religiosa comboniana. Otra mujer, sor Lourdes, mejicana, atiende la Pediatría y la Medicina Interna. Un puñado de enfermeros chadianos hacen a su vez de anestesistas, cirujanos, supervisores de hospitalización, matronas… Muy pocos medios diagnósticos. Un quirófano mal dotado.

             Hay, además, otras personas de paso. Cooperantes. Yo seré una de ellas. Estamos por allí unas semanas, unos meses, y regresamos a nuestras vidas. Mientras, echamos una mano, tapamos un hueco, cubrimos una “necesidad” que no lo es tal, pues al marcharnos deja de ser cubierta y deja de ser necesaria. No les queda otra que seguir.

           En este momento, tenemos desplazado a un matrimonio de médicos mejicanos –Álex, anestesiólogo y Sylvia, médico de familia, que estarán hasta agosto. Antes estuvo Carmen seis meses. Antes de Carmen, Javier, Pilar y Chema un mes. Antes de ellos, Alfonso y Rosa otro mes… Hay también algún oftalmólogo de Ilumina África, y una farmacéutica de Fundación El Alto. Y así se va capeando el temporal en St. Joseph. Es más que nada, pero no es gran cosa.


            –A Elisabeth le han concedido una estancia un mes en el Hamlin Fistula Hospital de Etiopía. Nos pregunta si podemos mandarle un cirujano que la sustituya en junio. ¿Quieres ir tú?

            Así me recibió Alfonso una mañana de marzo al entrar en la sala de reuniones del Servicio de Cirugía del hospital en el que trabajo. No recuerdo haberme quedado pensando demasiado rato en la respuesta.

            –Mmmm… ¿Por qué no? Sí. Voy.

            –Tienes tres meses para aprender francés –terció Javier.

            Nadie aprende un idioma en tres meses. Es obvio. Incluso, contando con la buena voluntad, mejor disposición, e indiscutible savoir-faire de Ángela, nuestra maestra, que ayuda a los niños ingresados en Pediatría del Hospital de Fuenlabrada a no perder el ritmo del colegio y a no perder la sonrisa. Es un servicio que ofrece la Consejería de Educación de Madrid en los hospitales públicos.  Los maestros son funcionarios, pero el dar y sostener sonrisas no está entre las competencias de la Amministración. Eso corre por cuenta de las personas. Ángela se ofreció altruistamente a darme clase. Sin embargo, tampoco pensé que el idioma fuera a ser un problema. De repente, tenía un objetivo, un plan: aprender todo el francés que me fuera posible y sustituir a sor Elisabeth. Me gustaba el plan. Solo puse una condición: que viniera un ginecólogo conmigo.   

            Viajar a un país del centro de África, con otra cultura desconocida para mí, otro idioma que tampoco hablo, a atender unas enfermedades con las que no estoy familiarizado, a un hospital con muy escasos medios, y sin que esté allí la cirujana que lo dirige desde hace años, ya suma una lista suficiente de retos. Hacerlo, además, en solitario podría rozar la temeridad.

             Se acercaba mayo, había que cerrar con antelación la planificación del trabajo de los meses de verano en el servicio de Cirugía del Hospital de Fuenlabrada, y mis compañeros necesitaban saber si yo iba a viajar para organizarse si mí. El ginecólogo no aparecía y el viaje estaba en el aire. Me puse una fecha tope. Si el 1 de mayo no hay ginecólogo, no voy.

                  –De acuerdo– respondió Alfonso, consciente de que no podíamos demorar más tiempo la decisión. Había mucho que organizar. –Pero no seas tan estricto –añadió–. Nos damos de margen hasta la vuelta del puente. Si el día 3 no hay ginecólogo, abortamos la misión.

            El día 1 de mayo era domingo y me fui a ascender el pico Peña Prieta. Es la cumbre más alta de la provincia de Santander, y la más alta del macizo de Fuentes Carrionas, en la montaña palentina. Había nevado mucho pocos días antes y disfruté de una ruta invernal preciosa, con el cielo limpio, claro, sin una nube. Fui solo. Hay rutas que se pueden hacer en solitario. Dificultades razonables, lugares muy transitados donde no faltará ayuda o compañía en el momento necesario. Otras, no. Es imprescindible la colaboración de dos o más personas para instalar medidas de seguridad (instalar cordadas, reuniones…) y poderse socorrer en caso de accidente o lesión. Haberme ido solo a Chad hubiese sido como tratar de subir al Almanzor un día de entre semana de invierno, sin crampones, sin piolet, sin abrigo… y solo.

            El día 2 de mayo es festivo en Madrid y yo tenía guardia. Hice el viaje de regreso la noche anterior. Esa mañana recibí el mensaje de Rosa: “Tienes ginecóloga. Se llama Anita”.



            No tengo muy claro qué voy a poder hacer en Bebedjia casi con solo mis propias manos. La cooperación nos plantea muchos dilemas y preguntas sin respuesta a los que nos hemos implicado alguna vez en ella. Probablemente no sea mucho, ni muy imprescindible, y me encuentre con bastantes situaciones que me resulten frustrantes, ante la impotencia de tener que dejar que alguien pierda un brazo, o una pierna –o la vida…– por la falta de medios, algunos relativamente sencillos, con los que contamos en los países occidentales.

            Lo que sí que tengo claro, lo que sé con certeza, lo que ya he experimentado, lo que tiene para mí mucho más valor que mi viaje y que todos los viajes que lleguemos a realizar, es lo que está pasando aquí, en nuestro hospital, entre nuestros compañeros de trabajo: médicos y enfermeros algunos; administrativos, gobernantes, celadores, servicios comunes, mantenimiento, la mayoría. Sus familias, los colegios de sus hijos, los vecinos de Fuenlabrada, sus asociaciones (clubes deportivos, grupos de teatro, de músicos, academias de pintura…), instituciones (el Ayuntamiento, el propio hospital). Es un proyecto que nace de una ilusión colectiva que no sabíamos que existía. Estaba en nuestra sangre y en nuestros corazones. Se ha destapado, se ha desbordado y se contagia. Le hemos puesto un nombre que suena como un eslogan. Es EnganCHADos. Es largo de explicar. Lo haré otro día. Cuando vaya teniendo hueco. Mientras tanto, os iré contando el viaje.


En Fuenlabrada, el 31 de mayo de 2016.




domingo, 7 de febrero de 2016

Viva Rusia


Salgo a informar a la familia del paciente al que acabo de operar de una hernia. Es un hombre al que va a hacer un año que operé de un cáncer de colon. De eso está bien. Se ve que tiene confianza en mí y me ha pedido que sea yo quien le opere ahora de una hernia inguinal que le ha aparecido hace unos meses.

La sala de espera es como un bar cuando no hay partido. A la hora del vermú. Abarrotada de gente que habla en voz muy alta. Ruido. La sala de espera tiene mucho ruido. Debe de ser que los españoles ahuyentamos el miedo haciendo ruido. Has de repetir los nombres de los pacientes varias veces por la megafonía y pedir silencio. A lo mejor, deberíamos poner fútbol, igual que a los niños se les ponen los dibujos en la tele para que se queden quietos callados. Si eso no funciona, servir vermú.

Esta vez no me ha hecho falta gritar. Está su mujer. Me reconoce en cuanto asomo la cabeza por la puerta. La invito a pasar al cuarto en el que informamos a las familias. En otros países del norte de Europa no se informa a las familias. No es costumbre y probablemente no sea legal. El paciente y sus problemas son suyos, no de terceros. Será él quien informe a quien le dé la gana y de lo que le parezca. Al fin y al cabo, es su salud y es su vida. En España, no. Somos una sociedad hiperprotectora –me  dice el corrector del Word que esta palabra no existe, pero vaya que sí–.

"Viva Rusia" es el "grito de guerra" de David de Jorge, un tipo muy divertido, que hace un simpático programa de cocina en televisión que se llama "Robinfood". Cuando yo era bastante pequeño, teníamos una "cancioncilla de guerra", más que un grito, que rezaba "Viva viva Buda; churrimini westinghouse". Pero Buda es más de la India, y eso queda un poco lejos de Rusia. Aunque no tanto...

La página del blog tiene unas ventanas en las que te informan de las “estadísticas”. Allí puedes ver cuántas veces lo han abierto, qué publicaciones y dónde. Hay algo de magia en esto del Internet. En un apartado, sale un mapamundi en el que se colorean de verde los lugares en los que te leen. Cuanto más lecturas, más intenso es el tono del color. Me hace gracia ver que tengo lectores en países lejanos. Eso lo da la globalización. Algunos, deduzco que son amistades del Facebook o familiares y amigos que residen por allí. Otros ¡vaya usted a saber!

Esta mañana me he metido en ese apartado después del café y –¡oh sorpresa!–, en el último mes me ha leído tanta gente en Rusia como en España. ¡Cincuenta y seis entradas desde Rusia! ¿Pero quién coño me leerá a mí en Rusia? Pues nada, que voy a hacer como en la radio: “aprovecho para saludar desde aquí a mis lectores rusos”. Y, de paso, a todos los demás. Y daros las gracias. Supongo que si me leéis es porque os gusta. Yo no me gano la vida con esto. Es un entretenimiento (a veces, una necesidad). Pero me alegro de que haya gente a la que le guste lo que escribo.

Volvamos a la sala de espera del quirófano.

Pasa la mujer, cierro la puerta y se abre el silencio. Le cuento. Todo ha ido bien. Le explico las recomendaciones. Hay calma en su rostro. Es algo rutinario esta vez, nada grave.

Cuando la acompaño de nuevo hacia el ruido, se gira hacia mí para despedirme y, esbozando una media sonrisa, termina su adiós con –“y siga escribiendo, doctor…”

Se ve que también me leen más cerca. 
Pues la he obedecido.

miércoles, 6 de enero de 2016

Noches blancas de hospital…


Así empieza una estrofa de la canción de Navidad de José Luis Perales.

Esta noche mágica de Reyes me toca que sea noche de hospital aunque, este año, muy blancas no están siendo las navidades. Esta mañana me he cruzado a los Magos por un pasillo. De la planta de Pediatría ha salido una niña tras ellos, en su búsqueda, vestida con pijama, tirando del brazo de su abuela.

–¡Quería pediros una cosa!

El rostro de la niña mostraba reverencia y respeto, y tenía que esforzarse para que se oyera su voz. Los magos la escuchaban con atención.

–Dinos –dijo Melchor.

–Que esta noche los regalos, que no los llevéis a Logroño, que los traigáis aquí a Fuenlabrada.
Por el rabillo del ojo pude ver la sonrisa cariñosa, tierna y triste a la vez de la abuela de la niña.
No quise decir nada, pero yo he visto llegar a los Magos a Logroño. Venían en helicóptero. Atravesaban volando toda la ciudad y aterrizaban en el campo de fútbol de Las Gaunas. Después, en una limusina, recorrían las calles hasta El Espolón. Desde allí, subidos al escenario del quiosco de la banda de música, saludaban a los niños. Esta noche tienen que volar hacia aquí. Estaré atento por si oigo el batir de las aspas del rotor cuando se posen en el aparcamiento. Ahora hay sitio. Los coches de los que quedamos de guardia ocupan poco espacio.

Andamos todos con prisas en estos días. Resulta divertido quedarte parado en mitad de las prisas de los demás y observarles. En la planta de juguetes de El Corte Inglés, por ejemplo. Entonces, aprecias que hay mucha gente que zigzaguea y dribla entre los expositores con el teléfono pegado a la cara. Llegan retazos de sus conversaciones.

– ¿De qué color lo quería?

– ¿Cómo se llamaba la muñeca?

–Creo que voy a cogerle un Yoda de peluche.

Todos los del teléfono en la oreja son hombres, y me río porque yo he hecho lo mismo o estoy a punto de hacerlo.

Tengo una sonrisa en el corazón mientras escribo, porque me estoy acordando de la magia de todas y cada una de estas noches y, en especial, de estos últimos años.

El año pasado la magia vino en una bolsa grande de tela de rafia de cuadros azules y tenía nombre de mujer. El anterior, en la sonrisa de un bebé que lograba zafarse por fin del respirador y de la muerte. En el otro más atrás…

Siento la ilusión de saber que esta noche también habrá magia y me tocará de cerca, aunque aún no sé cómo. Eso la hace más mágica aún.

Por ahora lo único blanco que hay en esta noche de hospital es mi bata. Y mi amiga, esa que viste con capa oscura que le cubre el rostro, no anda por aquí. Solo he visto una estrella y… ¡Espera! ¡Se escucha un ruido! Como las hélices de un helicóptero… ¡Ahora vuelvo!


Feliz Noche de Reyes.
Solo he visto una estrella y…

viernes, 1 de enero de 2016

En la fábrica tengo un Kalashnikov pero normalmente no lo uso.


De todos los tópicos y rituales de la Nochevieja, uno que me faltaba por cumplir era correr la San Silvestre vallecana. Durante muchos años he pasado el 31 de diciembre fuera de Madrid o, si no, he tenido guardia.

La gente corre disfrazada
Ayer pude, por fin, participar en esta “ceremonia” que tenía pendiente y me resultó muy divertido. Divertido ver el buen humor de la gente que corre disfrazada de las cosas más variopintas (personajes de Super Mario Bross, de la Guerra de Las Galaxias…) o tocada con gorros de todo tipo, más frecuente el de Papá Noël. Divertido por el ambiente festivalero que tienen todas las carreras, pero más esta que se celebra en la noche más festiva del año. Divertido por el “subidón” que te entra en la línea de salida, formada por dos arcos con un escenario elevado en el medio donde un grupo toca rock, como en la proa del camión de Blade Runner, desde la que se ve toda la subida de Concha Espina rellena de puntitos naranjas. Divertido porque es mejor que las calles estén preñadas por eventos como este que cuando las tomamos por el cabreo o la indignación de turno. Divertido por las personas que se paran a vernos pasar, algunos con carteles de ánimo para sus familiares y amigos, y porque los niños estiran el brazo a nuestro paso para que les choques la mano.

Para quien no lo sepa, la carrera sale del Bernabéu y llega al estadio del Rayo. Arranca cuando aún es de día y transcurre por el Madrid iluminado de Navidad. Baja por Serrano hasta la Puerta de Alcalá. Tuerce hacia Cibeles y sigue Paseo del Prado abajo hasta Atocha. Luego, recorre toda la Avenida de la Ciudad de Barcelona y entra en Vallecas subiendo la Avenida de La Albufera. Las luces de los árboles, de los edificios emblemáticos de Madrid, de los cables luminosos que cruzan las calles por lo alto y las llenan de colores. La música de los grupos que tocan en Atocha, la arenga del guitarrista de la cuesta arriba de Vallecas dándonos ánimos. Empezar de día, terminar de noche... Alegoría del año que se acaba.  

Hay otro ritual al que no me gusta faltar y es el de las uvas. En casa, en lugar de verlas por la tele, las hemos "tocado" en una copa con un tenedor. La Nochevieja pasada lo hice igual y no se me ha dado mal el 2015, así que este año he repetido el concierto casero. En realidad es porque no soporto la retransmisión de las campanadas por televisión: los chascarrillos faltos de ingenio repetidos año tras año, los mismos comentarios, la publicidad... No culpo a los presentadores –ni Quevedo en sus mejores días, habría tenido ingenio para ser original en un lance tan monótono– pero me aburren mucho. 

Nunca he estado en la Puerta del Sol el día 31, pero sí el 30, en las “Preuvas”, en otra ocasión. Este año quise repetir, pero no pudimos pasar. Habían cortado las calles por exceso de aforo. Habíamos quedado en la calle Toledo para irnos entonando con unas cervezas, hicimos escala para apuntalar el estómago con un “bocata” de calamares y, al llegar a la entrada de la calle de Esparteros, donde la plaza de La Santa Cruz, una barrera de policías ya había cerrado el paso por exceso de aforo y desviaba a la gente hacia la Carrera de San Jerónimo y Alcalá, sugiriendo que quizás por allí aún estuviese abierto.


También la noche del 30, las calles estrechas del centro de Madrid estaban llenas de gente, en una particular carrera para acceder a Sol. Nosotros, con las uvas en la mano y la sidra en botella de plástico escondida bajo el abrigo, fuimos rodeando por donde nos iban dejando pasar, hasta que decidimos establecer el campamento delante del último control policial en la calle de de la Victoria. 

se ve la fachada de un bar
castizo con un sugerente nombre
Desde allí, mirando a donde termina la calle atravesada por la de La Cruz, se ve la fachada de un bar castizo con un sugerente nombre “Fatigas del Querer”. A esa distancia del reloj de Sol no se escuchaban las campanadas, pero no nos importó. Golpeando con una llave la verja que rodeaba un árbol y, ayudados por la tecnología del móvil de Javier, tocamos el carillón, los cuartos y dimos las campanadas, atragantándonos con las uvas, los lacasitos y las nubes de azúcar. Son las fatigas –y los logros– de querer.




Feliz Año 2016 desde las "preuvas"



P.D. El titulo de la publicación se lo he tomado prestado a mi amigo Alberto Sanjuanbenito. No tiene nada que ver. O sí. Pero eso es otra historia.