lunes, 21 de octubre de 2013

Luis


No tengo especial manía por las peluquerías. No soy cliente fijo de ninguna, ni tengo peluquero "de cabecera". Generalmente, voy a la más barata que tengo cerca de casa, que es una peluquería de mujeres. Me fijo tan poco, que ni si quiera recuerdo el nombre de la  franquicia a la que pertenece. Asomo la nariz y le pregunto a la encargada si hay mucha cola. Si tengo que esperar, me voy y vuelvo otro día.

-¿Quiere que le corte el pelo alguien en particular?

-No. Me da igual.

Una vez me cortó Vanesa, y me gustó. Así que, a la siguiente vez que volví, respondí:

-Sí, Vanesa.

-Lo siento, Vanesa está muy liada. Hoy no va a poder. Si quiere a Vanesa, lo mejor será que llame por teléfono para pedir cita.

-Creía que no se podía pedir cita…

-Y no se puede. Pero para Vanesa, sí.

Ahí se acabó mi relación con Vanesa. Que me lo corte quien sea.

Otra vez me tocó a Felipe. Era un chico regordete y gay. Simpático, hablador, y muy amanerado. Tenía unos dedos cortos que parecían salchichas, las cara redonda, los ojos pequeños y vivaces, y llevaba el pelo rapado a maquinilla. Como mucho, al dos.

Realmente, no me tocó. Me eligió el.

-¡Yo le atiendo!- Casi gritó apenas asomé por la puerta del local. No es que me importe demasiado, pero siempre he tenido la sensación de que le gusto a los chicos (a los chicos a los que les gustan los chicos, se entiende).

Lo de Felipe fue toda una experiencia. En serio. Nadie. Nadie jamás de los jamases, me ha lavado el pelo como me lavaba Felipe. ¡Qué tío! Esperaba a que el agua estuviese a la temperatura justa. El chorro de la ducha con la presión adecuada, tirando a flojito. Me mojaba la cabeza con parsimonia y extendía el jabón con cuidada suavidad por toda la cabeza, eternizándose en un masaje que terminaba en las sienes y remataba en la nuca. Despacio y con cariño. Recreándose. Con la punta de los dedos sin apretar casi, moviéndolos en círculos… Cerré los ojos y le dejé hacer. ¡Tuve la tentación de volver al día siguiente, solo para que me lavara la cabeza!

Con Felipe sí repetí. No estaba tan solicitado como Vanesa. Igual es que no se esmeraba de la misma manera con la cabeza de las señoras… No lo sé. El caso es que duró poco. Dos o tres veces, no más. Me contó que vivía en Fuenlabrada y que quería abrir su propia peluquería en Chueca. Me pareció de lo más apropiado por su parte. Cuando volví a preguntar por él, ya no trabajaba allí. Quise suponer que habría hecho realidad su sueño, pero preferí no indagar. Si me planto en una peluquería de Chueca a que me den un masaje en la cabeza, podría haber dado lugar a algún tipo de malentendido.

Esta mañana me he cortado el pelo. Tenía que hacer un recado por Madrid y terminé antes de lo que había previsto la hora del tíquet de la O.R.A., que ahora no se llama así. Se llama S.E.R., que no sé qué significa (tampoco sé lo que significaba lo otro). Había una peluquería de Marco Aldany en frente de mi coche y aproveché. Hace días que quiero cortármelo y no encuentro el momento (y echo de menos los dedos de Felipe, ¡ay!).

Había una fotografía gigante de un rubio macizo y bronceado, con barbita de tres días en el escaparate. "Hombres 9,99 €". Perfecto para tiempos de crisis. Y si me dejan como al de la foto, ni te cuento.

-Hola buenos días. ¿Tengo que esperar mucho para que me corten el pelo?

-Hola buenos días.- Me respondió la mujer del mostrador detrás de la caja. No le pregunté su nombre. Rubia también, aunque teñida. Pelo liso, por los hombros. Delgada. Sonrisa correcta, aparentaba algo más de cincuenta.

-No. No mucho. Unos diez minutos.

-Vale. Espero.

Me senté en un silloncito y me puse a ojear El Mundo. No suelo leer ya la prensa, porque me pone de mal humor. El titular de la portada: "Una empresa de chorizos vincula el escándalo de los ERE con el de UGT-A". ¡Bordado! Hoy el periódico abre con páginas de humor (es que ya no queda otra que reírse…). A la cuarta página, y cuando empezaba a sentir nauseas, aparece Luis.

Metro ochenta, por lo menos. Ancho de hombros. Cachas, pero sin pasarse. Vaqueros y camiseta. Acento cubano. Pelo muy corto ensortijado. Moreno. Y con esa sonrisa blanquísima que sólo los negros tienen.

-¿Está esperando para cortarse el pelo?

-Sí.

-Pues venga conmigo.

-¿Me lo va a cortar usted?

-Sí.

Le seguí escaleras abajo. El local era enorme y no me había dado cuenta de que tenía, además, otra planta en el sótano.

-Siéntese aquí, por favor.- Me señaló el sillón de barbería, delante del espejo. No había otro, y no había nadie más. Sesión privada de peluquería, pensé. La bacía quedaba detrás del sillón, a un par de metros.

-¿Cómo quiere que le corte? ¿A maquinilla, a tijera o con ambas?

Me dejó descolocado. Nunca sé cómo responder a esa pregunta. En serio. No sé cómo explicar cómo quiero que me corten el pelo. Me parece la pregunta más subjetiva. ¿Corto? ¿Qué entenderá el peluquero por corto? ¿Me meterá la maquinilla al uno? ¿No muy corto? Salgo igual casi que entré, pero con diez euros menos… Ahora, que lo de darme a elegir el instrumental, resultó una novedad. En las peluquerías de barrio, hace muchos años, la pregunta era "¿A navaja, o a tijera?" La última vez que me hicieron esa pregunta fue este verano en la de Oscar. Sí, sé que se escribe Óscar, pero es que en Cangas, yo toda la vida he escuchado nombrar al peluquero con el acento cambiado. La peluquería de Oscar, es mi única peluquería "fetiche". Allí me corto el pelo todos los veranos que he ido a Cangas desde que era muy niño. Entonces, me acompañaba mi abuelo. Le recuerdo con un gesto entre solemne y socarrón, mientras Oscar padre me invitaba a sentarme en el sillón sobre un taco de periódicos, para compensar mi estatura de chiquillo. Cuando mi abuelo faltó, fue mi padre quien me llevaba. Me encanta que me lo corten a navaja. El ris-ras que hace la cuchilla contra el pelo y los movimientos acompasados de los brazos del peluquero, alternando las pasadas de la hoja en una mano con el peine en la otra.

Fui sincero:

-Nunca sé explicar cómo quiero que me corten el pelo- le espeté con una sonrisa de timidez. Es un tipo de sonrisa que viene muy bien para estas situaciones. Tengo una amiga que la utiliza con frecuencia, así como bajando un poco la cabeza y mirando con ojitos hacia arriba, y que me desarma cuando lo hace. A mí no me sale igual. Tampoco pretendía desarmar al peluquero.

-Así, más o menos. Por aquí- Me cogí el pelo entre los dedos, mirándome al espejo, mostrándole la medida del corte.

-No sé, corto, pero que no me quede de punta- añadí. -Me peino con la raya a la derecha y no uso gomina.

Luis se estaba rompiendo de risa por dentro. Lo vi en sus ojos. Pero el gesto, incólume. ¡Muy profesional!

-¿Y a tijera o a maquinilla...? Siempre me lo corto a tijera.

-Entonces, lo quiere con el mismo estilo, pero un poco más corto- sentenció.

-Será así- pensé. Tampoco era cuestión de entablar un debate sobre semántica. Se puso manos a la obra.

-Normalmente, me lavan la cabeza antes de empezar a cortarme el pelo- le dije (yo, añorando a Felipe, claro).

-Yo prefiero lavar el pelo al cliente cuando termino de cortarle. Si es que luego no va a ir a su casa a ducharse, es muy molesto estar con los pelitos, que le pican a uno, por el cuello de la camisa todo el día.

-Sí, pero lo que me dicen otros peluqueros es que es mejor cortar el pelo mojado que seco.

-Es mejor para el peluquero, porque es más fácil. Pero no para el cliente. Yo prefiero cortar el pelo en seco, porque así sé cómo va a quedar.


Son apasionantes las conversaciones en las peluquerías. Allí siguió explicándome Teoría del Arte del Corte de Pelo, mientras mechones del mío iban tapizando la sábana que me cubría los hombros.

-Depende del tipo de pelo, también. Y de la parte de la cabeza. Por arriba, se lo voy a mojar.

Pasé un rato divertido escuchándole. Cumplió su palabra y me lavó la cabeza. El agua fría y el enjabonado rutinario. Al terminar, me acompañó hasta la caja. Nos dimos la mano y, yo a él, una propina. Me había caído muy simpático el cubano.

-Me llamo Daniel. ¿Y usted?

-Luis.

-Me ha gustado mucho cómo me ha dejado. Muchas gracias.

-Es que Luis es mucho Luis-, sentenció la rubia de la caja.

-Sí-, pensé yo. -Pero nunca nadie me ha lavado la cabeza como Felipe.



miércoles, 9 de octubre de 2013

El pupitre.



Hay cuadernos en los cajones, un semicírculo graduado, un estuche… Al fondo, en la pantalla, el cañón del ordenador proyecta la fotografía de la clase. Todos los niños sonrientes. Mi hija entre ellos.

Es simpático verme sentado en un pupitre, la silla pequeña. No es nostalgia. Es la divertida sensación de sentirme proyectado en la infancia.

Maite sigue hablando. Es la tutora de Arancha y es una mujer agradable. Sonrío. Mientras la escucho y escribo estas notas, parece que estoy tomando apuntes. Debe pensar que soy muy aplicado.

-Me estoy enrollando y no voy pasando las diapositivas que preparado- la oigo decir. Y lo apunto.

Me está cayendo bien esta mujer de pelo corto, moreno pintado de gris, con raya a la derecha.

-Como ya voy siendo mayor me puedo permitir manías. Una es que no soporto el desorden. Seguro que en casa os dirán vuestros hijos: ¡Qué pesada es Maite con el tema del orden!

Vuelvo  de nuevo mi mente al aula. Al fondo hay un póster en el que dos manos hacen un cuenco con tierra, del que brota una pequeña planta.

Paula emplea dos horas al día en jugar con niños. Sus hijos y otros. Estaría disfrutando de estar sentada en una de estos pupitres, pero no en la reunión. En el aula con el resto de los niños.

-No responsabilicéis de lo que os pasa a agentes externos: "Me he dejado el libro por culpa de mamá…"- Maite sigue con su charla. 

Esta frase se lo digo yo a mis hijas a diario. Me sale otra sonrisa.

Hay margaritas de colores, hechas con cartulina, pegadas en el corcho a mi espalda.

-El control de naturales estaba "chupado".

Me río otra vez. ¡Me encanta el colegio!

-¿En la tercera pregunta, donde dice que explique las características de la estrellas, hay que explicar? Y donde dice definir, ¿hay que definir?- Imita Maite las preguntas de los niños.

-¿Queréis tener hijos solidarios? Supongo que sí. ¿Verdad?- Nos explica el lema del "Bocadillo Solidario": Es un error no hacer nada porque se crea que se haga poco.

Apunta su e-mail en el encerado. Tiene letra redonda, cuidada, bonita. Escribe recto. Lleva un pañuelo azul, estampado de hojas blancas, colgando del cuello. Como una estola, anudada con una vuelta a la altura del ombligo. Una camisa blanca larga le cubre hasta los muslos el pantalón negro.

Entonces vibra el teléfono encima del pupitre. Es mi hija.

-Papá. ¿a qué hora termina la reunión? Es que me cierran la papelería y tengo que comprar, y es para mañana…- Voz quejosa.

Me salgo fuera.

-María, no sé a qué hora termina la reunión.

-Jo, papá. Es que necesito seis DIN A3, bueno-solo-necesito-tres-pero-le-dije-a-Ángela-que-le-compraba-yo-las-suyas-y-dos-planos-mudos-físicos-y-uno-politico-de-España-pero-tienen-que-ser-mudos. 

Ahhhh (pausa para tomar aire).

-¡Y es que cierran en veinte minutos!

-María: no tengo una bola de cristal para adivinar que tienes que ir a la papelería. ¿Me lo dices ahora? He dejado la cartera en casa.

-¡Papaaa!

-Coge mi cartera. Te espero en la papelería.

-Pero eso es una bobada. Si voy a tener que ir yo, que vayamos los dos.

-Deja de protestar, y haz lo que te digo. No saqué dinero y tengo que pagar con tarjeta, y tú no puedes pagar con mi tarjeta.

Ocho menos cinco. Papelería. María llega sofocada. Ha venido corriendo. Yo la espero en el mostrador con dos mapas físicos de España (mudos), uno político (mudo, insisto), y seis DIN A3 (pero tres son para Ángela).

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Seis menos cuarto. Un sol radiante en este octubre primaveral que estamos disfrutando. Hace calor, y más si llevas desde las cinco caminando (colegio-catquesis, catequesis-casa, casa-colegio...). Ahora recojo a Arancha para llevarla a padel. 

-Papá, me tienes que preguntar los verbos.

-¿Qué verbos? ¿Los de inglés?

-No. En español. Lo de pretérito perfecto del indicativo y eso.

-¿Te referes a las conjugaciones de los verbos?

-Eso.

Ya tengo entretenimiento para el paseo. Suena el móvil. Llaman desde mi casa.

-Papá, ¿este pastel de chocolate que hay en la nevera es nuestro?- Es Jimena.

-Sí, claro.

-¿Puedo comer un poco?

-Por supuesto.- (A Cristina le haría ilusión escuchar esta conversación, pienso)

-¡Mariaaaa! ¡Que síííí, que podemos comer!

-Está muy bueno, Jimena. Y si lo mojas en colacao, más.

-¡Es lo que voy a hacer...!- La "veo" sonreír a través del teléfono.


Ser padre está siendo la mejor aventura de mi vida.



domingo, 29 de septiembre de 2013

The letter


Benito was thoughtful as he took the envelope. It was a cold morning in early March. He could see the side of the Cogolla from the window of his office, covered in white. It had snowed heavily the previous evening. The Orbayo only had melted the snow from the streets.

"Manuel Fernandez Riesgo Family (Trascastro). Comercios del Médico. Cangas del Narcea." The envelope was stamped letterhead Oviedo Military Command.

It was common for people in the villages to direct mail to Cangas stores. The service could not reach each of the houses scattered around those steep hills, connected by dirt roads transitable only on foot or horseback. On Saturday, market day, down the people in the villages. The church square is carpeted with potatoes, beans, cabbage, fabas, cottage cheese, eggs, tomatoes, peppers... cages with rabbits and chickens that rattled more than the voices of the market women. The "countrywomen" bustled with roman scales, sitting on stools behind bags and blankets that transform the floor in makeshift stalls counters. The people, who lived deep in the quiet week routine, dressed in bustle. "Countrymen" down the cattle market in La Vega: a meadow at the edge of the river, two hundred yards from the church down the street. If they could sell the calf or gocho, they rose to High Street to spend the profit on snuff, tillage tools, fixtures for home, oil for lamps... There were main shops of Cangas. Among them, Comercios del Médico (the Physician's Store). The business name came from its founder: a physician also called Benito, who started it along with Manuela, his wife. The peasants draw on the visit to collect mail and upload it to the dorps.

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Manolin was a robust man, sly gesture and face bread. As his soul. Noble character. Temperamental sometimes. He rested his arms behind the desk of bar he owned, watching with hawk eyes the tables full of kids, laughing and shouting carefree sometimes, drinking tankards, portions of sausage, pieces of meat pie. Business was going not bad though, suspicious because of the life and approaching retirement, he did not hide the displeasure that this clientele gave him. Nearby University Campus, surrounded by student dormitories, the place had become a meeting point to start the night out drinking on a full stomach. Much had struggled since, as almost a child, he left a remote village high in the mountains of Asturias, in the municipality of Cangas del Narcea, called Trascastro .

When that whippersnapper smugly nerd glasses talked to him, tired of the noise of the kids, he felt annoyed.

- Are you from Asturias?

The student did assume the fatherland of the owner because of the name of the bar and the menu supply. Madrid was plagued with Asturias gastronomic embassies.

- No.  I'm galician.

- Galician? Where from?

- From Lugo .

Boy's insistence was getting him cranky, but he continued ignoring the sullen pose.

- What part of Lugo?

- Do you know Galicia?

- A little. But you have no galician accent . If you are from there, it must be about Ibias or thereabouts.

The big man could not suppress a wry twisted smile.

- I am from Cangas. - He said at last.

- I thought. - Smiled the student. - Just Cangas village?

- From a dorp.

- My mother is from Cangas. She is the daughter of Benito "the doctor ". The "phisisian's trade", you know.

Manuel opened his eyes. He turned pale. His lip trembled. Upon hearing Benito's name, he began to mourn .
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The Northern Army was going to Teruel. On Christmas Eve 1937, the Republican troops had entered into the city and, after several days fighting house to house, they rendered it. This forced to change the plans of "The Nationals" and deviate from the initial target: Guadalajara. Franco could not afford the propaganda effect of losing a capital of a province.

Manuel was traveling with eleven soldiers crammed into a truck, trying to ease unsuccessfully the unbearable cold. The war surprised him newcomer to military service. No, he belonged to the Army Corp "Galicia". A muddy road was heading to Teruel. Vehicles moved slowly at night. They were scared. They did not speak. Some were able to sleep despite the constant chatter and noise of the engines. Manuel looked down. His mind was far away. In the green Naviego's valley. In the eyes of his mother in front of the door, when he letf home a lifetime ago. The shy kiss that Mary gave him the evening before. In the rustling of the leaves of the chestnut trees caressed by the wind. He was seventeen. The most far away he had been from home was to accompany his father to the cattle market. They left at night to arrive early to Cangas after walking seven hours, taking turns in grabbing the halter tied to the head of a calf. His father told him stories of trasgus, xanas and vaqueiros, to help him forget the fatigue. Now his father was not with him, and chest twinge not relived with homesickness that prevaded his memories.

The roar of the explosion stunned him. He felt lifted the truck. The clay shrapnel caused him a terrible pain in the face. The shell had exploded next to the last truck in the convoy, making a hole and throwing it into the ravine. His body rolled out of the vehicle slamming into the rocky ground. He heard his father 's voice trying to reassure him. And nothing more. Everything went off.
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After hesitating for a minute, Benito opened the envelope. It was an official letter. The content could be important. The snow had become impassable the pathways and, in winter, the most remote houses were supplied to survive isolation. It could pass weeks until a neighbor of the doprs near Trascastro walked down to Cangas. He knew almost every family in the council where he was born. Many had sons mobilized in the fight. Others cast the mountain with the Maquis. Some, also in the mountains, hidden from stale petty quarrels that had wanted coward revenge charged with delation. He knew Fernandez Riesgo family. They had the only son mobilized. It was a very humble family, like all. The loss of a child entailed a loss in life resources, added to the tragedy of grief. He feared the worst.

He left on the desk the typewritten sheet, ended with the sign of the Military Governor, and lit a cigar. Squinting in the smoke. He finished his coffee slowly. He went to the rack, took his hat and umbrella, climbed down the stairs putting on his coat, got outside and walked home of Tomás.

- Good morning, Tomás.

- Good morning, Don Benito .

- Bring the car, please. We're going to Oviedo. I'll wait in the cafe of El Paseo .

- Right now.

Tomás turned to get the coat and they walked along a stretch dodging puddles.

- Rain has stopped. Hopefully, the road will be practicable. - Benito said.

Yesterday, the bus came without problem. The snow did not cacht on too much on asphalt and has been finished to melt in the rain.

- Hope we were lucky. See you later.

They separated to reach the Paseo and Benito took refuge from the cold behind the cafe's door, waiting for Tomás. A few minutes later, the car crossed, Bridge of Hell on te Oviedo's way. They would spent in the trip more than three hours by that bad bumpy road in 1938.

They arrived past two in the afternoon, without other mishap that routine checkpoints. They surrounded the Campo de San Francisco, and fell to Pelayo barracks, where the Military Command was located. Benito was identified by the soldier guarding the barrier. Once in the building, he asked to see the Military Governor. Another soldier walked into a room on the first floor and asked him to wait. Sitting in a chair, he missed time staring absently his fingers that held the letter he had opened in the morning.

- Don Benito Alvarez?

- Yes.

Follow me, please. Aranda Colonel will see you now.

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The student watched in silence Manolín excited face. Uncomfortable and embarrassed, he waited for the man to calm down. The man pressed his face with his hands and wiped her eyes. Containing the feeling, he exclaimed:

-So you're the grandson of Don Benito!

-Yes-, he answer, not hiding his surprise for that reaction.

- Due to your grandfather, I'm here. In this world.

The boy did not quite understand. His grandfather had run a small family banking. He knew some business, owned to people of Cangas in Madrid, that had been able to start due to his grandfather credits granted without no more guarantee that the word and the confidence in the honesty, tenacity and sacrifice of male villagers whom he knew personally, that wanted to get ahead and make a living in the city. Loans that other banks had denied before for lack of guarantees. Manuel interrupted his thoughts:

- Your grandfather saved my father's life. He saved my life before I was born. Before he married my mother. When he was seventeen or eighteen.

The student listened dumbfounded.

- During the civil war, my father was sent to the front of Teruel. The truck they were overturned by a bomb. Only he survived. He was unconscious on the floor. When he woke up, walked home in the opposite direction. He was arrested near Zaragoza and charged with desertion. He was moved to Oviedo and they subjected him to a military court. He was sentenced to death. He wolud be shoot.

The tears stopped. The boy did not know what to say.

- Your grandfather went to Oviedo and brought him back to home. I do not know how he did it. But I came into this world, because of him.

Silence. Manuel gulped.

- I still have the letter notifying the death sentence.

The boy looked at him in silence with a lump in his throat. A chill ran down his face.

- What's your name?

- Daniel, I said. -My grandfather Benito was a great person.


viernes, 27 de septiembre de 2013

El café


Se detuvo delante del escaparate de Prada. Quedó ausente un instante, perdida la mirada más allá del reflejo del ejemplar de La Reppublica que llevaba doblado en la mano junto con un clavel que se solapaba con la flor de cerezo del estampado de un vestido gris, al otro lado del cristal. Respiró hondo.

-Estoy loca- se dijo, sacudiendo la cabeza y esbozando una sonrisa que se superpuso a la del maniquí.

Caminó los pocos metros que le faltaban hasta el café. No quiso intentar reconocerle a través del cristal. Le avergonzaba que la descubriera. No le pareció mal que Sandro la hubiera citado allí. Era un lugar muy turístico, pero siempre le había gustado la decoración clásica del Greco, con las paredes repletas de cuadros y las sillas isabelinas tapizadas de terciopelo. Además, le quedaba cómodo para acercarse en metro, sin hacer transbordo, desde la estación de Anagina.

Respiró hondo y empujó la puerta.

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Berta había decidido separarse un año antes. Su marido terminó resultándole tremendamente aburrido. Cuando empezó a verlo como un mueble más de la casa, supo que tenía que sacarle de su vida. No fue fácil. Estas cosas nunca son fáciles. Enrique era un hombre bueno. Le tenía cariño y sus hijos le adoraban. Pero era tremendamente tedioso, desganado, carente de iniciativa, abrumado por preocupaciones exageradas. No era feliz a su lado.

No llevaba mal la soledad. Tampoco se sentía sola. Vivía con sus hijos y, entre estos y el trabajo, tenía ocupado prácticamente todo su tiempo, sin opción a pensar mucho. Lo único que echaba de menos era el sexo. No quería ninguna relación de compromiso. No era tan fácil como podría parecer. Le avergonzaba planteárselo a sus amigos solteros y más a los casados.  Berta no veía nada malo en ello, pero temía que no lo comprendiesen. O que interpretaran otra cosa.

Una tarde frente al ordenador, armada de valor o de inconsciencia (aún no estaba muy segura), se creó un perfil en una página de encuentros. Su bandeja de entrada se lleno de moscones en pocos minutos. Que hubiera dejado claro que solamente buscaba alguien con quien irse a la cama sin ningún compromiso, había influido, quizás, en el éxito de su convocatoria. Se sintió divertida sorteando proposiciones de todo tipo de personajes. Tomó la precaución de no revelar datos personales y de no subir su fotografía. Finalmente, entabló amistad con un hombre separado, licenciado en derecho, con pinta de normal: Sandro.

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Sandro llevaba un año separado. Su mujer se había enamorado de otro hombre. No era fácil digerirlo. Pasó muchas noches llorando de rabia y de tristeza. Echaba terriblemente de menos a sus hijos. Cada vez que los dejaba en casa de su madre, una losa le aplastaba el corazón. Tenía buenos amigos, que trataban de animarle y hacerle compañía, pero se sentía terriblemente solo. Al final, todos tenían su vida y él se quedaba en casa abrumado, tirado en el sofá, con una copa de güisqui en una mano y el mando a distancia en la otra. Insomne.

Una de tantas noches sin dormir, sentado frente al ordenador, se creo un perfil en una página de citas. No tenía la conciencia de estar buscando algo en concreto. Lo hizo más por aburrimiento y curiosidad, que por convencimiento. Mientras rellenaba los campos con sus gustos y aficiones, o se describía así mismo, no pensaba. Se entretuvo varias noches más en curiosear los perfiles de otras personas. Cuando leyó el de Sandra, le sorprendió su sinceridad.

-¡Qué tía! ¡Qué valor!- se dijo sin aguantarse la sonrisa.

Tardó un rato en decidirse.

-Bueno. Lo peor que puede pasarme es que termine echando un polvo y, bien mirado, no me vendría nada mal.

Pinchó el link de mensajes. "Hola. Me llamo Sandro. Me gustaría quedar contigo".

Enter. Ya.

Se fue a dormir. Eran las tres de la madrugada de otro martes más.

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Al salir del juzgado encendió el teléfono. Lo apagaba siempre que entraba en la sala de audiencias. Cruzaba distraído el puente de Humberto I cuando escuchó el sonido de haber recibido un e-mail.

"Hola Sandro. Gracias por escribirme. ¿Cuándo te viene bien? Esta semana podría quedar esta noche o mañana. Si no puedes, tendíamos que mirar otro día. Podríamos tomar algo a partir de las ocho. ¿Qué te parece?"


Llegó dando un paseo hasta su casa. Un pequeño piso abuhardillado en el número 31 de la vía de la Fontanella di Borghese, que alquiló cuando se vio obligado a salir de su hogar. Pequeño, pero alegre y acogedor. Una gran terraza orientada al sur le permitía disfrutar del relente de la mañana con la taza caliente de capuccino entre las manos, mientras paseaba los ojos por los tejados, entre de la cúpula del Panteón y el monumento a Víctor Manuel II, en lo alto de la colina capitolina. Nada propenso a la melancolía, vitalista, inquieto, de carácter divertido, le estaba costando digerir la situación. Por eso no dudó en cerrar el trato con la casera sin regatear en la renta, cuando se lo enseñó. ¡Qué mejor estímulo para empezar el día que admirar la luz del amanecer reflejada en las cúpulas de Roma! Pasó una semana encerrado, con el rodillo en la mano y gotas de pintura hasta el pelo, coloreando las paredes y el techo. Verde, rojo, azul celeste… Hasta fucsia. Un arcoiris de tonos alegres, también en los muebles, dio color al apartamento con el deseo de contagiar a su corazón encogido.

Abrió una cerveza, calentó los restos de lasaña de la cena y se sentó frente al portátil, bajo el toldo verde.

-Mañana no me viene bien- escribió. -Podría ser esta tarde…

-Hola :-) - Berta estaba al otro lado del chat.

-Hola- Un rato de silencio.

-Es la primera vez que entro en una de estas páginas. Me da un poco de corte.

-Yo también. Pero viendo tu anuncio, no pareces muy cortada.

Al otro lado de la pantalla, Berta se puso como la grana.

-He leído tu perfil. ¿Eres abogado?- Cambió de tema.

-Sí. Pero yo no he podido ver el tuyo. Está en blanco.

-Ya. Me daba cosa poner nada personal.

-¿A qué te dedicas?

-Soy enfermera.- Una pausa. -Tienes razón. Mi mensaje resulta un poco provocativo. Y me estoy arrepintiendo de haber sido tan sincera. Me separé hace un año. No me siento sola y no tengo tiempo para aburrirme. No quiero complicarme la vida con ninguna relación de pareja, y no la necesito. Pero es verdad que echo de menos un poco de sexo de vez en cuando. Lo que pasa es que tengo el chat lleno de tíos de todo tipo y condición que me dicen algunos cada burrada…. En buen plan, la verdad. Algunos con mucha gracia. Pero me asusta un poco.

-Ya. Me imagino.

-Tú eres el primero con el que voy a quedar.

-¿Y eso?

-No lo sé. Me gustó la sencillez de tu mensaje. Quizás fue eso. Ninguna gracia, ningún piropo soez, nada de hacerte el ocurrente…

-Cuéntame algo de ti. ¿Cómo eres? No has puesto foto.

-Tengo 44 años. Dos hijos. Juego al paddel.

-¿De qué color son tus ojos?

-Azules :-)

-¿Y tu pelo?

-Rubio.

-¡Fiuiuu!  :-)

-Soy bastante normalita :-)

Berta no le preguntó por su aspecto. En el perfil había una foto de un hombre apuesto. Moreno, unos ojos color café que quitan el sueño (o hacen soñar), que sonreían. Mezcla de dulzura y picardía en la mirada. Labios carnosos, torcido el gesto en discreta socarronería, aquel tío estaba buenísimo. Y lo más peligroso: resultaba muy interesante. Tardó un segundo en desear conocerle.

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Paseó la vista por las mesas. Allí estaba. Tamborileaba con los dedos en la mesa, sentado delante de una cerveza. Se puso en pie cuando la vio acercarse y la recibió con una sonrisa.

-¿Berta?

-Sí. Hola.

Se saludaron con un beso en la mejilla. Ella se sentó en frente de él.

-¿Qué quieres tomar?

-Lo mismo.

Sandro avisó con un gesto al camarero. Se sentían incómodos.

Berta fue la que rompió el hielo. Natural, simpática y extrovertida fue saltando de un tema de conversación a otro. El trabajo, los hijos, aficiones, anécdotas, risas...

-¿Quieres cenar algo?- preguntó Sandro. -Vivo cerca y tengo algo de comida preparada.

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Vaciaron la botella en las dos últimas copas de vino y se sentaron en el sofá, abandonando los platos vacíos en la mesa. Sandro, animado por la bebida, seguía hablando y hablando...

-¡Dios mío!- pensó Berta. ¿Es que no se va a decidir nunca?

Dejo la copa en la mesa, se incorporó y se sentó a horcajadas sobre las rodillas de Sandro. Rodeó su cuello con los brazos y le ahogó la voz con un beso en los labios.

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Abrió los ojos. No sabía donde se encontraba. La ventana abierta dejaba pasar la luz de las farolas y el murmullo del tráfico. Las sábanas revueltas al pie de la cama. El tanga negro de lunares blancos perdido entre ellas. Sandro dormía boca abajo a su lado. Ahora recordó todo. Recogió su ropa, se dirigió en silencio al baño y salió de la casa después de vestirse.

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Abrió los ojos. No sabía donde se encontraba. La ventana abierta dejaba pasar la luz del sol que le templaba la cara. Las sábanas revueltas al pie de la cama. Ahora recordó todo. Se había quedado dormido. El güisqui le había arrastrado a un profundo sueño. Calentó café.

El portátil estaba encendido, abierto el navegador por la página de inicio donde le pedían los datos para dar de alta su perfil. Solo había rellenado la primera casilla con su nombre. El resto del formulario estaba vacío. No había llegado a crearse ningún perfil. Salió a la calle después de darse una ducha y se dirigió paseando hasta El Greco. Necesitaba airearse. Se quedo petrificado cuando se acercaba al café. Unos pocos metros mas allá de la puerta, delante del escaparate de Prada, una mujer rubia, parada en la acera, miraba hacia el cristal. Se acercó hasta ella un tanto perplejo, confuso. Le dolía la cabeza aún de la resaca.

-¡No puede ser!- pensó.

La mujer, ensimismada en el escaparate o en sus pensamientos, no se percató de aquel hombre que se detuvo a su lado.

-Disculpe. ¿Es usted Berta?

Ella se sobresaltó. El periódico se le cayó de la mano. Abierto en el suelo dejó al descubierto el clavel rojo que escondía en su doblez. Sandro se agachó a recogerlo y se lo tendió. Periódico y clavel. Mirándola a la cara. Divertido. Sus manos se rozaron.

La mujer fijó la mirada de sorpresa en esos ojos color café que quitan el sueño (o hacen soñar).

-Lo siento- dijo recobrando la lucidez. ¿Nos conocemos? No recuerdo haberle visto antes.

-Yo sí. En mis sueños.

-Este tío me está tomando el pelo. ¿De qué me conoce?- pensó ella. Un escalofrío recorrió su espalda.

Mezcla de dulzura y picardía en la mirada. Labios carnosos, torcido el gesto en discreta socarronería, Sandro añadió:

-El tanga negro de lunares blancos le sienta a usted muy bien.

Berta se puso como la grana.







domingo, 22 de septiembre de 2013

Waslala



Era una bahía cerrada, amplia. Con forma de concha. El sol  enorme y naranja le calentaba el rostro. Le gustaba bañarse en esas aguas templadas donde los peces se movían entre sus pies, hasta rozarle la piel.

Después del baño, se sentó en la playa mirando hacia el mar. Entornó los ojos. Mojado. A contraluz, observaba a los pelícanos pescar. Dos, tres pasadas rápidas, y caían en picado sobre el agua. Luego remontaban el vuelo con una cola agitándose entre el pico. Nunca había visto pelícanos al natural. Todo era nuevo para él. La flor naranja del malinche, la arena negra volcánica, la silueta majestuosa del Mombacho, los mangos dulzones que caían de los árboles, la yuca, la papaya, los cocos pelados a machete, los alacranes que dormían en sus zapatos, los chanchos paseando sueltos por las calles, las vacas muy flacas… Y los niños. Los niños de ojos grandes asombrados, corriendo descalzos por la selva, riendo, arrastrando de un mecate una caja por el suelo. No necesitaban pilas para el coche de juguete. Era una infancia corta. Pasaban a ser hombres y mujeres sin adolescencia. No podían permitírselo. La vida tenía prisa porque valía poco.

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Habían salido de Granada en la camioneta de Santiago, el cura canadiense de la congregación del Sagrado Corazón. Delgado, alto, con gesto sereno, sonrisa perpetua y mirada pícara. Tomaron la panamericana hacia el norte, cruzando Managua, y la abandonaron en Sébaco, en el desvío a Matagalpa. Ahí se acabó el asfalto y avanzaban muy despacio. Cayó la noche. No era prudente seguir. Podían asaltarles y no llevaban armas. Dos horas después de dejar la panamericana, Santiago paró el carro a la puerta del Centro de Salud de La Dalia. Una farola en la fachada, sobre la puerta, rompía la oscuridad pintándola de amarillo. Bajo la luz, fumaba un hombre con los ojos humedecidos por el alcohol.

El médico era un joven haciendo las prácticas. Era obligado dos años de medicina rural para obtener el título. Aquella noche tenía trabajo. Un muchacho de diecinueve años yacía en una camilla plegable de lona (les llamaban "tijeras") con una herida de bala en el pecho y un cable de suero en su brazo. Así saldaban las discusiones. No parecía grave, pero no podía trasladarlo. El conductor de la ambulancia se negaba a hacerlo de noche. También temía ser asaltado por aquella carretera de tierra que atravesaba la selva. Quizás corriera más riesgo de un accidente: el conductor era el hombre que se tambaleaba a la puerta del edificio de una planta y arrastraba las palabras.

El médico les dejó pasar allí la noche. Dormitaron en unas tijeras escuchando los quejidos del muchacho. Al amanecer, retomaron el camino. Tardaron dos horas en cubrir los sesenta kilómetros que quedaban hasta Waslala.

Calles de tierra, casas de madera o de concreto con palenques a la puerta para atar a los caballos, hombres cabalgando con sombrero de alas y cartuchera y pistola al cinto. Se sintió transportado en el tiempo.

Chepe y Santiago hablaban en susurros. Chepe era alto y fuerte. Brazos nervudos, ojos claros, pero largo chele y ensortijado. Curtido por el sol. De Mansilla de las Mulas, había viajado como cooperante hacía años a Nicaragua y ya no pudo volver. Se enamoró. De la tierra, de sus gentes, de los olores, de los colores… Y de una mujer. Iris.

Parecían preocupados. Habían mantenido esa actitud reservada todo el viaje. Le sugirieron que se quedara en Waslala a pasar la noche, en la casa del cura, que les acogió y les sirvió el almuerzo. Rechazó la propuesta. Había venido para conocer el lugar de origen de aquel grupo de refugiados a los que estaba ayudando en su asentamiento en las faldas del volcán Mombacho, cerca de Granada, y no iba a quedarse en el camino. Continuaron después de comer. Hasta la comarca de  Los Naranjos. Un jinete les siguió un trecho, a lo lejos, desde lo alto de las colinas. Los hombres se percataron de ello. Más cuchicheos.


Llegaron a media tarde. La selva era muy frondosa allí. Más que la que había recorrido a caballo en la frontera de Costa Rica, cerca de San Juan del Sur, acompañando a Leonel a vacunar a los niños que vivían en cabañas desperdigadas por el monte. Era un paisaje hermoso. Verde intenso, roto por el vuelo colorido de los papagayos.

En el porche de aquella casa, sentados en mecedoras, por fin pudo estar a solas con él.

-¿Que es lo que está pasando, Chepe? ¿Por qué tanto misterio?

-Eh… Bueno... Esta gente no son hermanas de la caridad, vos sabés. Son gente arrecha. Formaron parte de la guerrilla, de los "compas". Entregaron las armas cuando la propuesta de pacificación de la Chamorro. Pero hay cuentas pendientes. Los “re-contras” les buscan para saldarlas. Por eso se fueron hacia el sur y se asentaron en Granada.

-¿Quieres decir que esta noche nos pueden pegar un tiro?

-Sí.- Se hizo un silencio. -No sé si ha sido buena idea que hayás venido.

Chepe hablaba frunciendo los labios. Como los franceses.

-Ya estoy aquí, Chepe, así que dejémonos de babosadas. Habría venido igual si me hubierais hablado claro. De hecho, me imaginaba algo así.

-Bueno, no creo que pase nada. Además, estaremos protegidos. Han montado puestos de guardia. Y tampoco entregaron todas las armas, solo las que estaban rotas.- Se iluminó su cara con una sonrisa mientras le guiñaba un ojo. -¿Vos creés que son dundos?

Amaneció el día siguiente con los chillidos de los monos a lo lejos y un concierto de pájaros. Nada más rompió el silencio de aquella noche. Admiraba el espectáculo desde la misma mecedora en la que habían mantenido la conversación la tarde anterior.

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Desde que se trasladara a Nandaime para atender a los refugiados, volvía todos los viernes a San Juan del Sur a darse un descanso. Dejaba la mochila en la casa y bajaba hasta la playa. Se alojaba en el que había sido el domicilio de Gaspar García de Laviana, un sacerdote asturiano que llegó de misionero en 1969. Impotente en su denuncia de las grandes injusticias sociales que vivió y, después de una profunda reflexión personal, cambió la sotana por el fusil y se unió a la guerrilla sandinista durante la Revolución, implicándose hasta llegar  a convertirse en comandante. Murió en combate el 11 de diciembre de 1978 cuando su unidad cayó en una emboscada cerca de Cárdenas.

Aquella tarde de viernes, meditaba sobre el viaje reciente a Waslala. No había tenido la sensación de peligro que sus compañeros percibían y le manifestaron. Quizás porque aquel no era su mundo, aquella no era su guerra. Aunque no podía evitar meterse en todos los charcos. Era inherente a él.

-¡Español! ¡Qué hacés! ¡Te venís!

El grito de Leonel le sacó de su ensimismamiento. Se giró y le vio con ambos brazos sacados por la ventanilla del carro. Con una sonrisa que le tapaba la cara, sostenía una botella en cada mano: Coca-Cola y Flor de Caña.

Le devolví la sonrisa, me puse en pie y me dirigí hacia él. Después de todo, igual sí. Igual sí era un poco mi guerra también.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

La carta


Benito se quedó pensativo cuando cogió el sobre. Era una mañana fría de primeros de marzo. Podía ver la ladera de La Cogolla desde la ventana de su despacho, cubierta de blanco. Había nevado mucho la tarde anterior. El orbayo solo había fundido la nieve de las calles.



"Famila de Manuel Fernández Riesgo (Trascastro). Comercios del Médico. Cangas del Narcea." El sobre llevaba estampado el membrete de la Comandancia Militar de Oviedo.


Era frecuente que la gente de las aldeas dirigiera el correo a las tiendas de Cangas. El servicio no podía llegar a cada una de las casas desperdigadas por aquellos montes abruptos, comunicados por caminos de tierra solo transitables a pie o en caballo. Los sábados, día de mercado, bajaba la gente de las aldeas. La plaza de la iglesia se alfombraba de patatas, fréjoles, berzas, fabas, requesón, huevos, tomates, pimientos… Jaulas con conejos y gallinas que alborotaban más que las voces de las verduleras. Las "paisanas" trajinaban con las balanzas romanas, sentadas en taburetes detrás de sacos y mantas que convertían el suelo en mostradores de puestos improvisados. El pueblo, que vivía la semana sumido en la quietud de la rutina, se vestía de bullicio. Los hombres bajaban el ganado al mercado de La Vega: un prado al la orilla del río, a doscientos de metros de la iglesia, calle abajo. Si conseguían vender el ternero o el gocho, subían a la calle Mayor a gastar el beneficio en tabaco, herramientas para la labranza, enseres para la casa, petróleo para las lámparas… Allí se situaban los comercios principales de Cangas. Entre ellos, el del Médico. El nombre del negocio venía de su fundador, un galeno llamado también Benito, que lo abrió junto con Manuela, su mujer. Los paisanos aprovechaban la visita para recoger el correo y subirlo a la aldea.

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Manolín era un hombre robusto, de gesto socarrón y cara de pan. Como su alma. Noble de carácter. Algo temperamental a veces. Se firmaba con los brazos detrás de la barra del bar que regentaba, acechando con mirada de halcón las mesas llenas de chavales que reían despreocupados y vociferaban a veces, trasegando jarras de cerveza, raciones de embutido, trozos de empanada. No le iba mal el negocio aunque, desconfiado a causa de la vida y próximo a la jubilación, no disimulaba el desagrado que su clientela le producía. Cerca de la Ciudad Universitaria y, rodeado de residencias de estudiantes, el local se había vuelto punto de encuentro donde empezar la noche de copas con el estómago lleno. Mucho había luchado desde que, siendo casi un niño, salió de una aldea perdida en lo alto de los montes de Asturias, en el concejo de Cangas del Narcea, llamada Trascastro.
Cuando aquel mequetrefe con aires de suficiencia y gafas de empollón se dirigió a él, harto del ruido de la chavalería, se le hincharon las narices.
-¿Es usted asturiano?
El nombre del bar y la oferta de la carta hicieron suponer al estudiante el origen del dueño. Madrid estaba plagado de embajadas gastronómicas de Asturias.
-No. Soy gallego.
-¿Gallego? ¿De dónde?
-De Lugo.
La insistencia del muchacho le estaba poniendo de mal humor. El chico, ignorando el gesto hosco, sigue.
-¿De qué parte de Lugo?
-¿Conoces Galicia?
-Algo. Pero usted no tiene acento de gallego. Y si lo es, del interior. Cerca de Ibias o por ahí.
El hombrón no pudo reprimir una sonrisa que torció en socarrona.
-Soy de Cangas.- Dijo al fin.
-Ya me pareció.- sonrió el estudiante. -¿Del mismo Cangas?
-De una aldea.
-Mi madre es de Cangas. Es hija de Benito "el médico". El del comercio.
Manuel abrió los ojos. Quedó pálido mirando al chico. El labio le temblaba. Al escuchar el nombre de Benito, se echó a llorar.
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El Ejército del Norte se dirigía a Teruel. En la Nochebuena de 1937, las tropas republicanas habían entrado en la ciudad y, tras varios días de combate casa por casa, consiguieron rendirla. Esto obligó a los nacionales a modificar sus planes y desviarse del objetivo inicial: Guadalajara. Franco no podía permitirse el efecto propagandístico de perder una capital de provincia.
Manuel viajaba con otros once soldados apretados en un camión, tratando de aliviar, sin conseguirlo, el frío insoportable. El inicio de la guerra le sorprendió recién incorporado al servicio militar. Ahora formaba parte del Cuerpo de Ejército de Galicia. Se dirigían a Teruel por una embarrada carretera. Los vehículos avanzaban despacio en la noche. Estaban asustados. No hablaban. Alguno había conseguido dormirse a pesar del traqueteo continuo y el ruido de los motores. Manuel miraba al suelo absorto. Su mente estaba muy lejos. En el verde del valle del Naviego. En la mirada de su madre al despedirse a la puerta de casa, hacía una eternidad. En el beso tímido que le dio María la tarde anterior de su marcha. En el murmullo de las hojas de los castaños acariciados por el viento. A sus 17 años, lo más que se había alejado de casa había sido para acompañar a su padre al mercado de ganado. Salían de noche, para llegar temprano a Cangas tras caminar siete horas, turnándose en agarrar el ronzal atado a la cabeza de un tenero. Su padre le contaba historias de xanas y trasgus, de vaqueiros, que le ayudaban a olvidar el cansancio. Ahora no estaba su padre con él, y la punzada del pecho no se aliviaba con la nostalgia que invadía sus recuerdos.
El estruendo de la explosión le aturdió. Sintió elevarse el camión. La metralla de barro le produjo un dolor terrible en la cara. El obús había explosionado al lado del último camión del convoy, abriendo un socavón y lanzándolo hacia el barranco. Rodó su cuerpo fuera del vehículo golpeándose contra el suelo pedregoso. Escuchó la voz de su padre tratando de tranquilizarle. Y nada más. Todo se apagó.
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Tras dudar un minuto, Benito abrió el sobre. Era una carta oficial. El contenido podía ser importante. La nevada había vuelto intransitables los caminos y, con el invierno, las casas más alejadas se aprovisionaban para sobrevivir al aislamiento. Podrían pasar semanas si que algún vecino de las aldeas cercanas a Trascastro bajase a Cangas. Conocía a casi todas las familias del concejo que le vio nacer. Muchos tenían hijos movilizados en la contienda. Otros, echados al monte con los maquis. Algunos, también en los montes, escondidos de mezquinas añejas rencillas que habían querido cobrarse cobarde venganza con la delación. Conocía a la familia Fernández Riesgo. Sabía que tenían al único hijo varón movilizado. Era una familia muy humilde, como todas. La pérdida de un hijo acarreaba un quebranto en los recursos de vida, que se sumaba a la tragedia del duelo. Se temió lo peor.
Dejó sobre el escritorio la cuartilla mecanografiada, rematada con la firma del Gobernador Militar, y encendió un cigarro. Los ojos entrecerrados por el humo. Apuró el café despacio. Se fue al perchero, cogió el sombrero y el paraguas, bajó las escaleras poniéndose el abrigo, salió a la calle y se dirigió a casa de Tomás.
-Buenos días, Tomás.
-Buenos días, don Benito.
-Traiga el coche, por favor. Nos vamos a Oviedo. Le espero en el café de El Paseo.
-Ahora mismo.
Se giró para coger el abrigo y caminaron juntos un trecho sorteando los charcos.
-Ha parado de llover. Esperemos que la carretera esté practicable.- comentó Benito.
-Ayer llegó el coche de línea sin problema. La nieve no cuajó mucho en el asfalto y se ha terminado de derretir con la lluvia.
-A ver si hay suerte. Hasta ahora.
Se separaron al llegar al Paseo y Benito se refugió del frío tras la puerta del café a esperar a Tomás. Unos minutos más tarde, el coche cruzaba, camino de Oviedo, el Puente del Infierno. Les esperaban más de tres horas de viaje por aquella carretera mal bacheada de 1938.
Llegaron pasadas las dos de la tarde, sin otro contratiempo que los rutinarios controles militares. Rodearon el Campo de San Francisco y bajaron hasta el Cuartel de Pelayo, donde se ubicaba la Comandancia Militar. Benito se identificó ante el soldado que custodiaba la barrera. Una vez en el edificio, solicitó ver Gobernador Militar. Otro soldado le acompañó hasta una sala en la primera planta y le pidió que esperase. Sentado, en una silla, dejó pasar el tiempo mirándose abstraído los dedos que sostenían la carta que había abierto por la mañana.
-¿Don Benito Álvarez?
-Sí.
Sígame, por favor. El coronel Aranda le recibirá ahora.
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El estudiante miraba en silencio el rostro emocionado de Manolín. Incómodo y desconcertado esperó a que el hombre se calmase. El hombre se apretó la cara con las manos y se secó los ojos. Conteniendo el sentimiento exclamó:
-¡Así que tú eres nieto de don Benito!
-Sí- respondió sin disimular la sorpresa por aquella reacción.
-Gracias a tu abuelo estoy yo aquí. En este mundo.
El chico no terminaba de comprender. Su abuelo había dirigido una pequeña banca familiar. Sabía que algunos negocios de cangueses en Madrid habían podido empezar gracias a créditos que su abuelo había concedido sin más garantía que la palabra y la confianza en la honradez, tesón y espíritu de sacrificio de hombres de las aldeas a los que conocía en persona, que querían progresar y ganarse la vida en la capital. Créditos que otros bancos les habían negado antes por falta de avales. Manuel interrumpió sus reflexiones:
-Tu abuelo le salvó la vida a mi padre. Le salvó la vida antes de que yo naciera. Antes de que se casara con mi madre. Cuando tenía diecisiete o dieciocho años.
El estudiante escuchaba atónito.
-Durante la guerra, a mi padre lo mandaron al frente de Teruel. El camión en el que iban volcó por una bomba. Solo sobrevivió él. Quedó inconsciente en el suelo. Cuando se despertó, echó a andar en dirección contraria a casa. Cerca de Zaragoza fue detenido y acusado de deserción. Lo trasladaron a Oviedo y le hicieron un Consejo de Guerra. Le condenaron a muerte. Le iban a fusilar.
Las lágrimas le interrumpieron. El chico no sabía qué decir.
-Tu abuelo- continuó - fue a buscarlo a Oviedo y se lo trajo de vuelta a casa. No sé cómo lo hizo. Pero si yo vine a este mundo, fue gracias a él.
Un silencio. Manuel tragó saliva.
-Aún conservo la carta que notificaba la sentencia de muerte.
El chico lo miraba en silencio con un nudo en la garganta. Un escalofrío le recorrió el rostro.
-¿Cómo te llamas?
-Daniel- dijo. -Mi abuelo Benito era una gran persona.