viernes, 24 de junio de 2016

Las cunas de la maternidad

Comenzamos cada día nuestra labor pasando visita por la maternidad. Así, la primera mañana en Bebedjiá, la obstetricia fue la primera impresión que nos llevamos del hospital. Había una mujer acostada en su camastro. Había parido esa misma noche y tenía a su hijo recién nacido acostado a su lado. La respiración del niño era muy rápida y superficial. Se lo llevaron a colocarle una mascarilla con oxígeno. En realidad, no tenemos oxígeno, si no un aparato que concentra el oxígeno del aire. Está en el quirófano. Al poco rato, murió.

En otra de las camas, había una mujer que también había parido esa misma noche, pero no había ningún recién nacido acostado a su lado. Había nacido muerto.

En las dos semanas y pico que llevo en el Hospital de St. Josepf en Chad, de promedio, han nacido unos cuatro niños al día. Alrededor de veinte. La mitad han nacido muertos.

Algunos han sido abortos tardíos. Otros, niños a término de su edad gestacional que han muerto por sufrimiento fetal durante el parto. Estos últimos, las mujeres habían llegado al hospital ya con el feto muerto dentro de su vientre, tras muchas horas, a veces días, de trabajo de parto en sus casas o en centros de salud.

La maternidad da mucho trabajo. Continuado. A todas horas. Anita, la ginecólogo que me ha acompañado en este viaje, no tiene descanso. Muchas noches la han llamado o se ha tenido que levantar para vigilar a alguna parturienta pero, curiosamente, después de dos semanas no habíamos tenido que realizar ninguna cesárea. Anita no se había estrenado con la cirugía obstétrica.

Una cesárea supone una cicatriz en el útero. Una cicatriz es una zona de debilidad. No hay cultura en Chad de control de la natalidad. En realidad, no hay ningún control de la natalidad. Las consultas por infertilidad son de mujeres que tienen varios hijos y que están preocupadas porque hace dos años que no se quedan embarazadas. El papel social de las mujeres, asumido por ellas, es parir y parir y parir. Parece que sea el objetivo de sus vidas.

No tenía mucho sentido haber indicado cesáreas, dado que los partos que habían presentado alguna dificultad ya venían los bebés muertos. No había prisa por sacarlos. No había riesgo de que el niño sufriera algún daño en el canal del parto. No había niño. Y, cuando la mujer se volviese a quedar embarazada unas semanas más tarde y llegase el momento del parto, se elevaba la posibilidad de que se le rompiera el útero. Una ruptura uterina es muy grave. Supone la muerte de la mujer por hemorragia si no se consigue quitarlo inmediatamente y quitar un útero de gran tamaño, que acaba de albergar un niño dentro, tampoco es fácil. Tiene sentido tratar de evitar cesáreas innecesarias. Es una manera de evitar riesgos futuros.

El 19 de junio era domingo. Se preveía tranquilo. Pasamos visita sin madrugar y gastamos el día en enredar por el recinto del hospital, pues llovió fuerte durante todo el día. Se cumplían dos semanas sin que hubiésemos tenido que hacer ni una cesárea. Había una mujer de parto desde la tarde anterior. Era su segundo embarazo. El primero, había terminado en cesárea y el niño no había sobrevivido. En este, aún no había nacido y ya estaba muerto. El parto no progresaba. Anita quería evitarle la segunda cesárea, pero la familia insistía en que quería que la operásemos para sacar al feto muerto. Aquí las familias “mandan mucho”. No se puede operar a nadie sin el consentimiento de su familia, aunque el paciente sí haya dado el consentimiento. Eran las 7 de la tarde y Anita indicó la intervención. Pasamos a quirófano. No había prisa. La salud del bebé ya no corría peligro. Cuando estábamos terminando la operación, se asoma una matrona para avisarnos que ha llegado otra mujer y que el niño viene “en transversa” y con una mano asomando por la vagina. Esto sí corría prisa. Si el niño estaba vivo, había que sacarlo lo antes posible.

Pasamos a la segunda mujer al quirófano. Incisión y apertura muy rápidas, Con las manos y el bisturí. Sin perder tiempo en hacer hemostasia. Ya se hará luego. Apertura del útero. Sacar el bebé, cortar el cordón. No tenía buena pinta. Ese niño presentaba signos de haber tenido sufrimiento fetal. El parto había comenzado 24 horas antes y la mujer había llegado al hospital haría unos 24 minutos. Alex, el anestesista, trató de reanimarlo ayudado de la matrona. No hubo manera. A los pocos minutos de haber nacido, su corazón dejaba de latir.

Volvamos a la madre. La teníamos abierta sobre la mesa de quirófano. Antes de sacar al niño, ya nos habíamos dado cuenta de que el útero tenía un hematoma en la cara posterior. Mientras lo cerrábamos, el hematoma se iba haciendo más grande. Tantas horas de parto, su séptimo embarazo, el útero se había roto. Tratamos de parar el sangrado, pero el hematoma se hacía cada vez más grande y la mujer estaba presentando signos de shock por hemorragia. No quedaba otra que quitar el útero, mientras la matrona salía a pedir a los familiares sangre para la paciente. Ya habíamos perdido al bebé, queríamos evitar perder también a la madre.

Salimos tarde del quirófano aquella noche. Cenamos, cansados, las sobras de la comida (íbamos a comprar la cena a la hora en que “comenzó el baile”).

En el pase de visita, a la mañana siguiente, la maternidad estaba tranquila, como una playa cuando ha pasado la tormenta. En la maternidad colocan a las pacientes operadas en una sala aparte de las que han dado a luz de forma natural. En esa sala había dos mujeres. Nuestras dos pacientes de anoche, ya recuperada la segunda de la hemorragia. Había algo más en lo que no me había fijado hasta ahora. Estaban allí, al lado de las camas: eran las cunas vacías de los niños muertos.


En Bebedjiá, la noche de San Juan de 2016.



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